Mundo ficciónIniciar sesiónClaudia regresó a la cocina, se sirvió un vaso de agua y se dirigió a la mesa. Arrastró la silla con una mano y luego se sentó. Bebió el contenido del vaso, intentando desaparecer aquel nudo que tenía atragantado en la garganta.
—Todo es tu culpa, si hubieses cumplido con tu promesa, todo sería distinto. —murmuró. El pasado volvió a ella junto con el dolor que aunque creía haber superado, siempre la terminaba lastimando... —¿Cómo puedes hacerme esto? Todo este tiempo esperando quedar embarazada para que nuestra familia creciera, y tú, miserable, tienes una amante. —No empieces. —replicó él—. Ya te he dicho que no tengo otra mujer. Claudia sintió una fuerte opresión en el pecho que le impedía respirar con normalidad. Se apoyó en el mesón de la cocina para no desvanecerse. —Tranquilízate mujer, que si le ocurre algo al niño será por tu culpa. —Eres, eres —balbuceó con la voz entrecortada—, un imbécil, cómo... cómo te atreves a culparme de lo que le ocurra a nuestro hijo, cuando el único que traicionó nuestra promesa de cuidar de él, fuiste tú. Thiago vio como de pronto comenzó a palidecer y su respiración se fue volviendo cada vez más superficial. Empezó a echarle aire con las manos, buscando tranquilizarla, pero no pudo. —¿Qué tienes? —preguntó, nervioso. —No... puedo, no consigo respirar. —Estaba sufriendo un ataque de pánico. Desesperado ante aquella situación, sacó el teléfono de su bolsillo y con manos temblorosas, marcó a emergencia. —Cálmate mi amor, por favor. —la ayudó a sentarse en la silla. La ambulancia llegó en cuestión de segundos. Los paramédicos la colocaron sobre la camilla y la trasladaron al interior del vehículo. Ya dentro, le ajustaron la máscara de oxígeno para estabilizarla. Thiago subió tras ellos. Claudia observó el reflejo intermitente de la luz roja en la ventanilla de la ambulancia, aparecía y desaparecía con cada giro. Comenzó a sentirse mareada. Nada de aquello debía estar ocurriendo, y menos cuando faltaba tan pocos días para el nacimiento de su bebé. Las lágrimas se deslizaron por su rostro. No podía creer que la hubiera engañado de esa forma. Thiago había sido su primer novio desde la secundaria, habían ido a la misma universidad, estudiaron la misma carrera –Derecho Penal– trabajaban juntos en el mismo bufete. ¿Cómo pudo, luego de siete años, hacerle algo así? ¿Cómo pudo meterse con Verónica, una mujer no solo mayor que él, sino también su jefa? Cuando la ambulancia llegó a la clínica, ingresaron a Claudia de emergencia, era necesario ver la condición actual del bebé que estaba próximo a nacer. Mientras le hacían el ecosonograma para ver cómo se encontraba la criatura,l médico notó el ritmo anormal en los latidos del bebé. —Esto no de ve nada bien. Preparen el quirófano. Debemos intervenir de inmediato —ordenó el médico. Aquella decisión era impostergable. Tres horas después, el Dr. Lárez salió del quirófano, Thiago se acercó angustiado hasta la entrada del consultorio para saber cómo estaban Claudia y el bebé. —¿Doctor cómo están mi mujer y mi hijo? —preguntó visiblemente preocupado. —Fue una operación algo delicada, la vida de ambos estuvo bastante comprometida. Realmente es un milagro que ambos estén con vida; sin embargo —hizo un breve silencio, lo miró con preocupación y luego continuó diciendo— es posible que halla secuelas en el bebé. Deberán ponerlo en control pediátrico, con um especialista. —No entiendo exactamente a lo que se refiere. El médico sonrió levemente. —Pero están bien, ¿verdad? —insistió. —Sí, aparentemente. Como le dije, fue una operación bastante delicada. —afirmó—. En este momento, su esposa se encuentra en la sala de recuperación y el niño, en el área de cuidado neonatal. Hubo que ponerlo en una incubadora, ya que faltaban algunas semanas para su nacimiento. Thiago se frotó el rostro con ambas manos, un gesto claro de frustración. Lo que estaba ocurriendo era su culpa, aunque le costara admitirlo. —Debería darle gracias a Dios de que ambos estén vivos. —dijo colocándole la mano sobre el hombro—. Con su permiso, debo descansar. —Gracias doctor, gracias por salvar a mi bebé y a mi esposa. El hombre volteó a verlo y le sonrió. Thiago se dirigió directamente al área neonatal. Desde el ventanal de vidrio vio a su hijo dentro de la incubadora. Era tan pequeño y se veía tan frágil, tan vulnerable que fue imposible no sentir el deseo de protegerlo. —Vas a estar bien, campeón, te lo aseguro. —exhaló un suspiro. Por instantes, la alegría de ver a su hijo lo invadió por completo; pero al recordar que su relación con Verónica había quedado al descubierto, sintió una opresión en el pecho. Claudia había sido su primer amor, eso era innegable. La pasión intensa que sintió por ella en un comienzo –la misma pasión que un día lo llevó a jurar ante un altar, amarla por siempre– se había ido apagando, poco a poco, hasta casi desaparecer. Sin darse cuenta, Claudia dejó de ser la amante para convertirse en la amiga, en la compañera segura, en la presencia constante que ya no despertaba sobresaltos. Y, como suele suceder, cuando dos dejan de encontrarse, siempre aparece un tercero dispuesto a llenar el vacío. Thiago buscó en Verónica lo que ya no encontraba en ella: lujuria, exceso, pasión desmedida. ¡El deseo de la carne, había triunfado nuevamente! Regresó a la sala de espera mientras aguardaba a que subieran a Claudia a la habitación. Quería verla, asegurarse de que estaba bien, compartir con ella la dicha de ser padre. Y, aun así, algo en su interior no terminaba de encajar. Su mente divagaba, traicionera, llevándolo de un sentimiento a otro. Por momentos se aferraba a la imagen de su familia, a esa felicidad que debería bastarle; pero, casi de inmediato, surgía el anhelo de estar con su amante, y entonces todo perdía sentido. La situación entre Thiago y Claudia empeoró con el paso de los días. A pesar de que antes de salir de la clínica habían hablado y habían prometido luchar por su matrimonio, las mentiras de él continuaban. La promesa de tener una verdadera familia, esa que ellos mismos no habían tenido durante su infancia, se esfumó en el aire. Finalmente, cuando Santiago cumplió seis meses, la discusión entre Thiago y Claudia alcanzó un punto sin retorno. Acorralado por sus propias mentiras, él terminó confesando que “las amaba a las dos”. Claudia lo escuchó sin interrumpirlo. Aquellas palabras, lejos de sonar sinceras, le resultaron grotescas, inverosímiles. No eran una verdad incómoda, sino la forma más cruel de justificar su traición. Enardecida y exhausta de tantas mentiras, Claudia tomó las maletas de Thiago y las arrojó a la calle. —Vete, vete ahora mismo. Vete con tu maldita amante —escupió con dolor. Aunque le doliera aceptar aquella triste verdad: él ya no la amaba, solo permanecía a su lado por su hijo. Thiago se fue con su amante y entre ellos no volvió a existir posibilidad alguna de reconciliación. El sueño de formar una familia quedó reducido a cenizas. El olor de las galletas quemándose la obligó a volver al presente. Claudia reaccionó sobresaltada y retiró la bandeja del horno. Aun así, el dolor seguía ahí, intacto, como si el tiempo no hubiera pasado.






