Paul regresó a su celda, se recostó en la estrecha cama y dejó que los recuerdos de la conversación con Claudia volvieran a él. Por una razón que no lograba explicarse, no podía dejar de pensar en ella. No era sólo su belleza –evidente para cualquiera– lo que lo inquietaba, sino su forma de ser: fuerte, valiente, capaz de todo por su hijo. Aquella mujer había despertado en él una admiración profunda, incómoda incluso, como si removiera algo que creía extinto.
Hubiese querido permanecer junto a