Mundo de ficçãoIniciar sessãoCuando la tragedia destruye su mundo, Aryanna acepta un trabajo que cambiará su vida para siempre. Después de perder a su padre y hermana en un accidente devastador, Aryanna Salvatierr se ve obligada a firmar un contrato con Silvain Beaumont, un magnate francés tan seductor como peligroso. Lo que comienza como un simple trabajo de empleada doméstica se convierte rápidamente en una trampa de obsesión, manipulación y deseo prohibido. Silvain no busca solo una empleada. Busca posesión absoluta. Y Aryanna, atrapada por sus propias circunstancias desesperadas, descubrirá que el precio de la salvación puede ser su propia libertad. Pero cuando Matías Orozco, el arquitecto contratado para remodelar la mansión, entra en escena, Aryanna encuentra un escape temporal de las garras de Silvain. Un hombre que la ve como persona, no como propiedad. Un hombre que podría ser su salvación... o la chispa que encienda la furia destructiva de un obseso. Entre secretos oscuros, pasiones prohibidas y juegos de poder, Aryanna deberá decidir: ¿luchar por su libertad o rendirse a la oscuridad que la consume? Una novela de romance oscuro, obsesión y redención que te mantendrá sin aliento hasta la última página.
Ler mais—No toque esa caja.
Aryanna Salvatierra cerró la mano sobre la tapa de cartón antes de que el hombre pudiera levantarla.
Él la miró como se mira a alguien que ya perdió el derecho a enojarse. Tenía el traje arrugado, una carpeta bajo el brazo y la paciencia de quien cobra desgracias a domicilio.
—Señorita Salvatierra, no estoy aquí para discutir.
—Entonces no discuta. Suelte las cosas de mi hermana.
El hombre dejó la caja, pero no retrocedió. Detrás de él, dos empleados revisaban la sala con la incomodidad fingida de quien sabe que está haciendo algo miserable, pero igual necesita terminar antes de la comida.
La casa olía a café recalentado, humedad y flores marchitas. Habían pasado nueve días desde el funeral. Nueve días desde que Aryanna dejó de contar las llamadas perdidas, las condolencias mal escritas y las visitas que prometían volver, pero desaparecían después de dejar un recipiente con comida.
En el sillón, Teresa Salvatierra permanecía envuelta en una bata gris, mirando el mismo punto de la pared desde hacía una hora. No lloraba. Eso era peor. El llanto todavía era un movimiento. Su madre parecía haberse quedado en pausa dentro de un cuerpo que respiraba por costumbre.
—La orden incluye bienes embargables —dijo el hombre de la carpeta—. Si usted se niega a colaborar, tendremos que solicitar apoyo.
Aryanna soltó una risa seca. Le raspó la garganta.
—¿Apoyo? ¿Para llevarse una licuadora y tres sillas?
—Para ejecutar una orden.
—Mi papá está muerto.
El hombre parpadeó, apenas.
—Lo lamento.
—No lo parece.
—No vine a parecer nada, señorita. Vine a cumplir un procedimiento.
Aryanna bajó la mirada a la caja. Encima había una libreta con calcomanías de lunas torcidas, estrellas moradas y una frase escrita con plumón negro: propiedad privada de Emilia, ladrones serán mordidos.
Su hermana tenía diecisiete años y una confianza absurda en que el mundo podía arreglarse con amenazas ridículas.
Aryanna tragó saliva.
No iba a llorar ahí. No frente a ese hombre. No frente a esos dos empleados que ya habían envuelto en plástico el espejo de la entrada, como si la casa también hubiera muerto y estuvieran retirando sus órganos.
—Esa caja no vale nada —dijo.
—Todo se registra.
—No.
—Señorita Salvatierra…
—Dije que no.
Uno de los empleados dejó caer algo en la cocina. El golpe hizo que Teresa se sobresaltara. Por primera vez en toda la mañana, su madre giró la cabeza.
—Ary…
La voz le salió pequeña, desgastada.
Aryanna levantó una mano sin mirarla.
—No pasa nada, mamá.
Mentira.
Todo pasaba.
La funeraria había cobrado más de lo que prometió. El hospital había enviado una cuenta que parecía escrita por alguien sin sangre. El seguro del auto se había negado a pagar por una cláusula que nadie encontraba antes, pero que ahora todos sabían señalar con el dedo. Y el banco, en un acto de eficiencia casi ofensiva, había decidido recordarles que la hipoteca no hacía duelo.
El hombre abrió su carpeta.
—Le repito que no es personal.
Aryanna dio un paso hacia él.
—Cuando uno entra a una casa donde todavía hay flores de funeral y empieza a tocar las cosas de una niña muerta, sí es personal.
El hombre apretó la mandíbula.
—Tiene hasta el viernes para realizar un primer pago. De lo contrario, la propiedad entrará en proceso.
—¿Qué propiedad? —preguntó ella—. ¿Esta casa? ¿También piensa llevársela en cajas?
Él no respondió.
No hizo falta.
Aryanna sintió que el suelo se movía apenas. No se cayó porque ya había aprendido una cosa en esos nueve días: el cuerpo aguanta más de lo que una quiere permitirle.
El celular vibró sobre la mesa.
Otra llamada desconocida.
La ignoró.
Volvió a vibrar.
El hombre miró la pantalla.
—Quizá debería contestar.
—Quizá debería irse.
—Aryanna…
Esta vez fue Teresa quien habló. Su madre estaba de pie, una mano aferrada al respaldo del sillón. Parecía haber envejecido veinte años desde el accidente. El cabello, antes siempre recogido con cuidado, le caía sin orden sobre los hombros.
—Déjalos.
Aryanna giró hacia ella.
—No.
—Tu papá no querría esto.
La frase le entró como una astilla debajo de la uña.
—Papá no querría que se llevaran las cosas de Emilia.
Teresa cerró los ojos.
—Tu papá no está.
El silencio que siguió no tuvo piedad.
Aryanna quiso contestar. Quiso decirle que ya lo sabía, que lo sabía cada vez que abría la puerta y él no entraba cargando pan dulce, cada vez que el teléfono sonaba y no era su voz, cada vez que veía el asiento vacío en la mesa. Quiso decirle que Emilia tampoco estaba, que la casa tampoco, que ellas tampoco del todo.
Pero no dijo nada.
Porque su madre no había hablado con crueldad. Había hablado desde un lugar donde ya no quedaban fuerzas ni para elegir bien las palabras.
El celular vibró por tercera vez.
Aryanna lo tomó con rabia.
—¿Bueno?
—¿Señorita Salvatierra? —dijo una voz masculina.
No era del banco. No era de cobranza. No era ningún tono que perteneciera a su vida.
La voz hablaba un español impecable, pero tenía un filo extranjero en ciertas consonantes. Suave. Controlado. Demasiado tranquilo para llamar a una casa que se estaba desarmando.
—¿Quién habla?
—Laurent Dupré. Llamo en nombre del señor Silvain Beaumont.
Aryanna frunció el ceño.
El nombre no le dijo nada, pero la forma en que el hombre lo pronunció hizo que sonara como si debería inclinarse un poco.
—No conozco a ningún Silvain Beaumont.
—Él sí conoce su situación.
Aryanna se apartó de la mesa. Los empleados seguían esperando. El hombre de la carpeta observaba con ese interés discreto de las personas que oyen la palabra dinero antes de que se pronuncie.
—¿Mi situación?
—El accidente. Las deudas. La negativa del seguro. La hipoteca.
Aryanna sintió un frío lento subirle por los brazos.
—¿Quién le dio mi número?
—El señor Beaumont desea hacerle una propuesta laboral.
—¿Una propuesta laboral? —repitió ella, y se le escapó una risa sin humor—. ¿Hoy?
—Sí.
—¿Mientras me embargan la sala?
Hubo una pausa mínima del otro lado.
—Precisamente por eso.
Aryanna miró la caja de Emilia. Luego a su madre. Luego al hombre de la carpeta.
—No estoy buscando trabajo.
—Permítame corregirlo con respeto, señorita Salvatierra. Está buscando tiempo. El trabajo es la forma menos humillante de obtenerlo.
Aquello la hizo quedarse inmóvil.
No por la frase. Por la exactitud.
—No vuelva a llamarme.
—El auto está afuera.
Aryanna caminó hasta la ventana.
Había un coche negro estacionado frente a la casa. No pertenecía a la colonia, ni a esa calle, ni a una realidad donde la pintura de la fachada se estaba descarapelando desde antes de que su papá muriera.
Junto al auto, un hombre de traje oscuro esperaba con ambas manos al frente.
Aryanna bajó la cortina de golpe.
—¿Me está vigilando?
—El señor Beaumont anticipó que usted rechazaría una llamada de un desconocido.
—Y decidió mandar un coche. Qué considerado.
—Decidió no permitir que un mal día la obligara a aceptar peores opciones.
Aryanna apretó el teléfono hasta que le dolieron los dedos.
—No sabe nada de mis opciones.
—Sé que el viernes es demasiado tarde.
La llamada terminó.
Durante unos segundos, Aryanna no se movió.
El hombre de la carpeta carraspeó.
—Señorita, necesitamos continuar.
Ella bajó el celular.
—No van a tocar esa caja.
—Ya le expliqué…
—Y yo ya le contesté.
Él suspiró, cansado de su resistencia como si fuera una mancha difícil.
—Puede conservar objetos personales sin valor comercial. Pero necesitaremos registrar el resto.
Aryanna entendió la concesión como lo que era: una migaja para que dejara de estorbar.
Tomó la caja de Emilia y la sostuvo contra el pecho.
—Registre lo que quiera.
Teresa la miró.
—¿Quién era?
Aryanna no supo qué responder.
Nadie.
Alguien.
Una puerta abierta por manos equivocadas.
—Un trabajo —dijo al fin.
Su madre parpadeó.
—¿Qué trabajo?
—No sé.
—No vayas.
La respuesta le salió demasiado rápida. Demasiado viva. Como si Teresa hubiera regresado solo para advertirle.
Aryanna la miró con una mezcla de cansancio y ternura rota.
—Mamá, no puedo pagar ni la luz.
—Eso no significa que tengas que subirte al coche de un extraño.
—No me voy a subir.
Pero mientras lo decía, volvió a mirar la ventana.
El coche seguía allí.
El hombre de traje también.
Y en la mesa, junto al florero con claveles vencidos, había tres sobres sin abrir. Banco. Hospital. Funeraria.
Aryanna dejó la caja en el sillón, junto a su madre.
—Cuídala.
Teresa le agarró la muñeca.
—Aryanna.
La mano de su madre estaba helada.
—Solo voy a escuchar.
—Eso dicen todas las personas antes de firmar algo que las cambia.
Aryanna no respondió.
Salió antes de arrepentirse.
La calle estaba demasiado clara. El sol de la tarde caía sobre los autos estacionados, las banquetas rotas y las ventanas cerradas de los vecinos que seguro estaban mirando por alguna rendija.
El hombre junto al coche inclinó la cabeza.
—Señorita Salvatierra.
—No voy a ninguna parte con usted.
—Lo comprendo.
—Lo dudo.
—El señor Beaumont la espera en el café de la esquina. Lugar público. Diez minutos. Después, si usted desea, este coche la traerá de vuelta.
Aryanna soltó aire por la nariz.
—Qué generoso.
El hombre abrió la puerta trasera.
—No. Generoso habría sido pagar sus deudas sin pedirle nada.
Ella se quedó mirando el interior del auto. Olía a cuero, metal limpio y distancia. Una parte de su cuerpo quiso retroceder. Otra, más cansada, más práctica, más asustada, pensó en el viernes.
Subió.
El trayecto duró menos de tres minutos. Pudo haber caminado. Tal vez por eso le molestó más. Porque el lujo del coche no la llevaba lejos, solo le demostraba que incluso para cruzar tres cuadras existía una forma de sentirse inferior.
El café estaba casi vacío. Dos mesas ocupadas, una cafetera siseando detrás de la barra y un televisor sin volumen pasando noticias que nadie veía.
Silvain Beaumont estaba sentado al fondo.
Aryanna lo reconoció sin haberlo visto nunca.
No por la ropa. No por el reloj. Ni siquiera por la belleza incómoda de su rostro, esa clase de rasgos que parecían demasiado tranquilos para ser amables.
Lo reconoció porque todo en él actuaba como si el lugar le perteneciera sin necesidad de tocar nada.
Levantó la mirada cuando ella entró.
Aryanna sintió, con irritación inmediata, que él no la observaba como los demás hombres. No la recorrió. No sonrió. No fingió sorpresa.
La midió como si ya la hubiera estado esperando desde antes de que su vida se rompiera.
—Señorita Salvatierra —dijo.
Su voz era más baja que la del teléfono. Más peligrosa también.
Aryanna no se sentó.
—Tiene diez minutos.
Silvain señaló la silla frente a él.
—Tiene menos opciones que eso.
Ella apretó la correa de su bolso.
—Si esta es su forma de convencerme, debería contratar a alguien más.
—No estoy intentando convencerla.
—¿Entonces?
—Estoy intentando evitar que tome una decisión desesperada frente a hombres mediocres.
Aryanna sintió que la rabia, por fin, le calentaba la sangre.
—Los hombres mediocres al menos tocan la puerta antes de entrar a una vida ajena.
Silvain la miró unos segundos. Algo casi imperceptible cambió en su expresión. Interés, tal vez. O advertencia.
—Siéntese.
—No trabajo para usted.
—Todavía no.
El silencio cayó entre ambos con una precisión desagradable.
Aryanna debió irse.
Debió girar, caminar hasta su casa y decirle a su madre que había sido una estupidez. Debió cerrar la puerta, abrazar la caja de Emilia y esperar al viernes con la dignidad intacta y los bolsillos vacíos.
Pero el hombre frente a ella abrió una carpeta negra y deslizó un documento sobre la mesa.
Arriba, impreso con letras limpias, estaba su nombre completo.
Aryanna Salvatierra.
Su estómago se cerró.
—¿Qué es eso?
—Una oferta.
Ella miró el documento sin tocarlo.
—¿Para qué?
Silvain apoyó una mano sobre la carpeta. Dedos largos. Uñas impecables. Ningún gesto de prisa.
—Para trabajar en mi casa.
Aryanna alzó la vista.
—¿Como qué?
—Empleada interna.
La palabra cayó mal. No por el trabajo. Aryanna no despreciaba ningún oficio. Su padre le había enseñado eso. Cayó mal por la forma en que él la dijo: sin vergüenza, sin rodeos, como si acabara de poner una llave sobre la mesa.
—No tengo experiencia.
—Aprenderá.
—¿Y por qué yo?
Por primera vez, Silvain sonrió apenas.
No fue una sonrisa amable.
—Porque necesita el dinero.
Aryanna empujó el documento hacia él.
—Entonces busque a alguien que también necesite perder la dignidad.
Silvain no tocó la carpeta.
—La dignidad no impedirá que embarguen su casa.
Ella se inclinó sobre la mesa.
—Y usted cree que eso le da derecho a hablarme así.
—No. Me da la certeza de que escuchará hasta el final.
Aryanna quiso odiarlo con limpieza. Habría sido cómodo. Pero había algo peor que la crueldad en Silvain Beaumont: la exactitud. Cada frase caía donde más dolía porque él había estudiado el mapa antes de entrar.
—¿Qué ofrece? —preguntó, odiándose un poco por hacerlo.
Silvain deslizó una segunda hoja.
La cifra la obligó a leer dos veces.
Era más de lo que habría ganado en meses. Tal vez en un año.
—Esto es absurdo.
—Es suficiente.
—Es sospechoso.
—También.
Aryanna levantó la mirada.
—Al menos lo admite.
—No acostumbro mentir cuando la verdad resulta más eficiente.
—Qué tranquilizador.
—No estoy aquí para tranquilizarla, Aryanna.
Su nombre en su boca sonó demasiado cercano.
Ella se puso de pie de inmediato.
—No me llame así.
Silvain también se levantó.
No invadió su espacio, pero el aire cambió. Como si el café se hubiera vuelto más pequeño.
—Entonces firme y podrá decidir cómo quiere que la llame.
Aryanna sintió el golpe de esa frase en el pecho.
—¿Y si no firmo?
Silvain cerró la carpeta con calma.
—Entonces volverá a su casa, verá cómo se llevan lo poco que queda de su familia y el viernes descubrirá que algunas puertas se cierran sin hacer ruido.
Ella lo miró con asco.
—Usted no está ofreciendo un trabajo.
Silvain sostuvo su mirada.
—No.
Aryanna dio un paso atrás.
—Está ofreciendo una jaula.
Él no negó nada.
Solo inclinó la cabeza, casi con cortesía, y dijo:
—La diferencia, señorita Salvatierra, es que la mía viene con llave… y todavía no he decidido si voy a dársela.
―De Esteban Salvatierra.Aryanna no habló.La frase no cayó.Se quedó colgando del cable del teléfono fijo, suspendida entre la sala y el pecho de todas, como una lámpara vieja que nadie sabía si prender o quitar del techo.Teresa se llevó una mano a la boca.Emilia dio un paso hacia Aryanna, pero se detuvo antes de tocarla. Céline, por primera vez en mucho rato, dejó la taza sobre la mesa sin hacer ruido.―Repita eso ―dijo Aryanna.Marianne respiró al otro lado de la línea.―Silvain no aprendió esa frase de mí. La escuchó de tu padre.Teresa hizo un sonido pequeño.No era llanto todavía.Era algo antes.Aryanna apretó el auricular.―¿Cuándo?―Hace años. Antes de que todo se rompiera.Emilia cerró los ojos.―Qué precisi&o
―Porque si Silvain quiere quitar su apellido de mi camino, necesito decidir si eso me libera… o si por primera vez me deja verlo sin la cadena delante.Emilia dejó el teléfono sobre la mesa.No lo arrojó.Eso ya era grave.Céline se sentó despacio, con una mano en la taza y la otra sobre la frente, como si la mañana hubiera decidido cobrarle renta.―Qué inconveniente ―dijo.Teresa miró a Aryanna.―¿Qué cosa?Céline levantó los ojos.―Que el hombre haga algo correcto sin pavonearse en la puerta. Me desordena el desprecio.Emilia soltó una risa seca.―A mí me desordena el estómago.Aryanna seguía de pie, con el teléfono en la mano y el mensaje de Paula abierto.Silvain fue notificado del uso indebido del apellido Beaumont. Respondió que autoriza, si t&uacut
―Abra ese correo aquí, delante de mí, porque si alguien quiere usar el apellido Beaumont para ensuciar mi trabajo, hoy va a aprender que yo ya sé distinguir un nombre de una cadena.Daniel Ríos se quedó inmóvil con el sobre en la mano.Lidia Mendoza no.Ella tomó el sobre, lo puso sobre la mesa de trabajo y le señaló una silla al muchacho con la barbilla.―Siéntese antes de que se desmaye encima de una caja musical sin cabeza. Ya tenemos suficiente tragedia estética.Daniel obedeció.Aryanna no se sentó.Miró el sobre como si pudiera manchar la madera por proximidad. El taller olía a pegamento, cera y tamales de mole. Una mañana perfectamente normal, arruinada por un hombre nervioso, un correo anónimo y el apellido que ella estaba intentando sacar de cada rincón donde no había sido invitado.―No t
―Si quieren hablar de restaurar después del encierro, que empiecen restaurando su programa sin usar mi nombre como cerradura.Lidia guardó silencio al otro lado de la llamada.No porque no hubiera entendido.Porque, probablemente, estaba sonriendo de esa forma suya que no abría la boca, pero sí afilaba el ambiente.―Se lo diré igualito ―respondió al fin.―No ―dijo Aryanna.Emilia levantó la cabeza.Céline también.―Dígaselo más seco ―añadió Aryanna―. Si lo repite igual, va a sonar a frase de cartel y ese hombre ya tiene demasiada hambre de cartel.Lidia soltó una risa corta.―Ahora sí estamos trabajando.Teresa se sentó despacio, todavía con una mano sobre el pecho.―¿Qué sigue?Lidia respondió antes de que Aryanna repitiera la pregunta:―Voy al cen
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