Mundo ficciónIniciar sesiónCuando la tragedia destruye su mundo, Aryanna acepta un trabajo que cambiará su vida para siempre. Después de perder a su padre y hermana en un accidente devastador, Aryanna Salvatierr se ve obligada a firmar un contrato con Silvain Beaumont, un magnate francés tan seductor como peligroso. Lo que comienza como un simple trabajo de empleada doméstica se convierte rápidamente en una trampa de obsesión, manipulación y deseo prohibido. Silvain no busca solo una empleada. Busca posesión absoluta. Y Aryanna, atrapada por sus propias circunstancias desesperadas, descubrirá que el precio de la salvación puede ser su propia libertad. Pero cuando Matías Orozco, el arquitecto contratado para remodelar la mansión, entra en escena, Aryanna encuentra un escape temporal de las garras de Silvain. Un hombre que la ve como persona, no como propiedad. Un hombre que podría ser su salvación... o la chispa que encienda la furia destructiva de un obseso. Entre secretos oscuros, pasiones prohibidas y juegos de poder, Aryanna deberá decidir: ¿luchar por su libertad o rendirse a la oscuridad que la consume? Una novela de romance oscuro, obsesión y redención que te mantendrá sin aliento hasta la última página.
Leer másLa camioneta del forense olía a café quemado y muerte cuando se llevó los cuerpos de papá y Sofía.
Aryanna Salvatierr permaneció de pie en la acera de la Colonia Roma, observando cómo el vehículo blanco desaparecía entre el tráfico caótico de la Ciudad de México. Sus manos temblaban con violencia contenida mientras apretaba el teléfono contra su pecho, como si el dispositivo pudiera de alguna manera anclarla a una realidad que se desmoronaba segundo a segundo. El aire de la tarde olía a smog y tacos de carnitas del puesto de la esquina, una normalidad obscena que contrastaba con el hecho de que su mundo acababa de explotar en mil pedazos.
Cuarenta y ocho horas antes, su padre y su hermana menor habían salido rumbo a Cuernavaca para visitar a la tía Elvira. Cuarenta y ocho horas antes, Aryanna les había dicho que no podía acompañarlos porque tenía que trabajar el fin de semana. Cuarenta y ocho horas antes, su última conversación con Sofía había sido una discusión estúpida sobre quién había tomado su cargador de teléfono.
Ahora, los dos descansaban en bolsas negras de plástico dentro de la morgue del Hospital San Marcos, esperando a que alguien pagara por el privilegio de enterrarlos con dignidad.
La operadora del seguro había sido clara como el cristal: la póliza había vencido hacía dos meses. Ni un solo peso de cobertura. Aryanna había escuchado las palabras con una calma antinatural, como si estuviera flotando a tres metros de su propio cuerpo, observando a una extraña recibir la peor noticia de su vida con los ojos secos y la voz monótona.
Subió las escaleras del edificio de departamentos donde había vivido toda su vida. Cada escalón crujía con familiaridad, un sonido que antes la había reconfortado y que ahora parecía burlarse de su desgracia. La pintura verde desconchada de las paredes, los grafitis del tercer piso, el olor a comida y humedad que se filtraba por debajo de cada puerta, todo le recordaba lo lejos que estaba de poder resolver esta pesadilla con sus propios recursos.
Abrió la puerta del departamento 4-B con la llave que colgaba de un llavero en forma de corazón que Sofía le había regalado en su último cumpleaños. La sala estaba a oscuras a pesar de que apenas eran las cinco de la tarde. Su madre, Camila Salvatierr, permanecía sentada en el mismo lugar donde Aryanna la había dejado esa mañana: el sofá de tela desgastada frente a la televisión apagada, con la mirada perdida en algún punto infinito de la pared blanca.
—Mamá —dijo Aryanna con voz suave, acercándose con pasos cuidadosos—. Tenemos que hablar sobre el funeral. Necesito que me ayudes a tomar algunas decisiones.
Nada. Ni un parpadeo. Ni un movimiento. Camila se había apagado como una vela sofocada por falta de oxígeno. La mujer que había sido el centro gravitacional de esta familia, la que siempre tenía una solución para todo, la que hacía milagros con cien pesos y una lata de frijoles, ya no existía. En su lugar quedaba este cascarón vacío que respiraba por pura inercia biológica.
Aryanna se arrodilló frente a ella, tomó sus manos frías entre las suyas y apretó con fuerza, buscando alguna señal de vida detrás de esos ojos vidriosos.
—Por favor, mamá. Te necesito. No puedo hacer esto sola.
Silencio. Un silencio tan denso que Aryanna podía escuchar el latido frenético de su propio corazón, el rumor del tráfico en la calle, el televisor del vecino transmitiendo alguna telenovela de horario estelar.
Se levantó con las rodillas temblando y caminó hacia la cocina. El refrigerador la recibió con su zumbido patético y su interior casi vacío: un cartón de leche vencido, media cebolla envuelta en papel aluminio, tres huevos y la vergüenza cristalizada de no haber ido al supermercado en dos semanas porque cada peso contaba. Su salario como asistente administrativa en el consultorio dental del Doctor Ramírez apenas alcanzaba para mantener las luces encendidas y la renta pagada. Los ahorros que había acumulado durante tres años se habían evaporado en la cuota inicial del ataúd más barato que la funeraria Jardines del Recuerdo había podido ofrecerle.
Necesitaba veinticinco mil pesos más para cubrir el funeral completo. La hipoteca del departamento estaba vencida por dos meses: otros dieciocho mil pesos que el banco cobraría con intereses que crecían como hongos venenosos. Y ni siquiera quería pensar en las facturas de luz, agua, gas, que se acumulaban sobre la mesa del comedor como recordatorios físicos de su incompetencia para mantener a flote lo que quedaba de su familia.
El teléfono vibró en su bolsillo con la insistencia de una avispa atrapada. Aryanna lo sacó esperando otro mensaje del banco, otra amenaza amable disfrazada de "recordatorio de pago". Pero en lugar de eso, la pantalla mostraba un correo electrónico de un remitente desconocido.
Asunto: Oferta de empleo - Compensación inmediata - Confidencial
Sus dedos temblaron mientras abría el mensaje. La dirección de correo era genérica, sin ninguna firma corporativa reconocible, pero el contenido hizo que su respiración se detuviera en seco.
Estimada Srta. Salvatierr:
Nuestra empresa está buscando personal de confianza para trabajar en residencia privada ubicada en Bosques de las Lomas. El puesto de asistente doméstica requiere disponibilidad inmediata, discreción absoluta y residencia en las instalaciones de la propiedad.
La compensación mensual es de $50,000 pesos, más alojamiento, alimentación y beneficios adicionales incluidos.
Si está interesada en esta oportunidad, solicitamos su asistencia a entrevista personal mañana a las 10:00 AM en la dirección adjunta.
Cordialmente, Laurent Dubois Administrador de Residencia Beaumont
Cincuenta mil pesos. Aryanna leyó la cifra tres veces, luego cuatro, luego cinco, convenciéndose de que sus ojos agotados no estaban jugándole una broma cruel. Eso era más del triple de lo que ganaba actualmente. Con ese dinero podría pagar el funeral, la hipoteca, llenar el refrigerador y tal vez, solo tal vez, convencer a su madre de que valía la pena seguir respirando.
Pero algo en el correo olía mal. Demasiado conveniente. Demasiado perfecto. Demasiado justo en el momento exacto en que más lo necesitaba. ¿Cómo habían conseguido su información de contacto? ¿Por qué ella específicamente? ¿Por qué ahora?
Todas las alarmas en su cerebro gritaban que esto era una trampa. Una e****a elaborada. Tal vez tráfico de personas disfrazado de oportunidad laboral. México estaba lleno de historias de mujeres jóvenes que desaparecían después de responder a ofertas de empleo demasiado buenas para ser verdad.
Pero entonces miró hacia la sala, donde su madre seguía congelada en el tiempo, y pensó en el ataúd de pino donde su padre descansaría si no conseguía dinero antes del viernes. Pensó en Sofía, quien había muerto a los diecisiete años sin haber tenido la oportunidad de vivir nada todavía. Pensó en las facturas, en el banco, en el refrigerador vacío, en todas las formas en que la vida se había confabulado para asfixiarla lentamente.
Sus dedos se movieron antes de que su mente racional pudiera detenerlos.
Asistiré mañana a las 10:00 AM. Gracias por la oportunidad.
Presionó enviar y el mensaje desapareció en el éter digital, sellando un destino que aún no comprendía.
Al otro lado de la ciudad, en una mansión de tres pisos rodeada de jardines que costaban más mantener que el salario anual de diez familias, Silvain Beaumont leía el mismo correo electrónico con una copa de vino tinto en la mano. La pantalla de su laptop proyectaba un resplandor azulado sobre su rostro angular, acentuando la sonrisa lenta y peligrosa que se dibujaba en sus labios.
Laurent Dubois, su administrador de confianza, permanecía de pie junto al escritorio con las manos entrelazadas detrás de la espalda, esperando instrucciones con la paciencia de quien había aprendido hacía mucho tiempo que algunos hombres necesitaban tiempo para saborear sus victorias antes de articular sus siguientes movimientos.
—Respondió —dijo Silvain finalmente, con un acento francés apenas perceptible que hacía que cada palabra sonara como una caricia y una amenaza simultáneamente—. Más rápido de lo que esperaba.
—La desesperación acelera la toma de decisiones —respondió Laurent con voz neutral—. Especialmente cuando las alternativas son inexistentes.
Silvain tomó un sorbo lento de vino, saboreando el líquido como si fuera la anticipación misma. Había pasado tres semanas planeando esto. Tres semanas investigando cada detalle de la vida de Aryanna Salvatierr. Su trabajo mal pagado. Sus deudas crecientes. Su familia disfuncional. Y luego, como un regalo del destino mismo, el accidente que había convertido sus problemas financieros en una crisis existencial.
No había sido difícil asegurarse de que el seguro no cubriera los gastos funerarios. Una llamada estratégica a la compañía aseguradora, un pequeño "olvido" en el sistema de renovación automática, y voilà. La trampa estaba lista.
—Prepara todo para mañana —dijo Silvain, cerrando la laptop con un clic definitivo—. Quiero que la experiencia sea... perfecta. Acogedora. Segura. Que sienta que ha encontrado la salvación cuando cruce esa puerta.
—¿Y después? —preguntó Laurent, aunque ya conocía la respuesta.
La sonrisa de Silvain se ensanchó, revelando dientes blancos perfectos que parecían los de un depredador a punto de cerrar sus mandíbulas sobre una presa.
—Después, la haré mía. Lenta, meticulosamente, hasta que no pueda recordar cómo era la vida antes de mí.
Se levantó de su silla, caminó hacia el ventanal que daba a los jardines iluminados artificialmente y levantó su copa hacia la noche estrellada de la Ciudad de México.
—Bienvenida a tu nueva vida, Aryanna —murmuró al reflejo de su propio rostro en el cristal—. Espero que hayas dormido bien esta noche. Será la última vez que lo hagas sin pensar en mí.
Silvain no alzó la voz. Nunca lo hacía. El peligro real nunca necesita gritar.El amanecer llegó a la mansión Beaumont con una luz pálida que se filtró a través de las cortinas de gasa de la habitación trece, encontrando a Aryanna completamente despierta, con los ojos fijos en el techo mientras reproducía mentalmente cada segundo de la cena de la noche anterior. Las palabras de Silvain resonaban en su cerebro como un disco rayado: Veo todo lo que sucede en mi casa. Cada paso que das. Cada puerta que tocas.Un golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos a las seis de la mañana en punto. Laurent entró sin esperar respuesta, portando una bandeja de plata con café humeante y un sobre de papel grueso color crema.—Buenos días, señorita Salvatierr —dijo con su voz profesionalmente neutral—. El señor Beaumont solicita su presencia en su oficina a las siete. Las instrucciones de sus responsabilidades están en el sobre.Dejó la bandeja sobre el escritorio y se marchó antes de que Arya
El ala este de la mansión tenía veinte habitaciones, pero Silvain le había asignado específicamente la número trece.Laurent guió a Aryanna a través de un laberinto de pasillos alfombrados en tonos grises que absorbían el sonido de sus pasos como si la casa misma estuviera tragándose cualquier evidencia de su existencia. Las paredes estaban decoradas con pinturas abstractas que costaban más que un automóvil nuevo, marcos dorados que reflejaban fragmentos distorsionados de su rostro mientras pasaba. Aryanna contó siete puertas cerradas antes de que Laurent se detuviera frente a una de madera de caoba con el número trece tallado en una placa de bronce.—Esta será su habitación durante su estancia con nosotros —dijo Laurent con voz profesionalmente neutral, abriendo la puerta con una llave antigua que sacó del bolsillo de su chaleco—. El señor Beaumont ha sido muy específico sobre su comodidad.Aryanna entró y el aire se le escapó de los pulmones en un suspiro involuntario. La habitación
La mansión Beaumont no era una casa. Era una declaración de guerra contra la idea misma de la modestia.Aryanna descendió del taxi frente a las puertas de hierro forjado que se elevaban hacia el cielo como los barrotes de una jaula demasiado hermosa para ser reconocida como prisión. El conductor, un hombre de unos sesenta años con arrugas profundas alrededor de los ojos, la observó a través del espejo retrovisor con una expresión que oscilaba entre la envidia y algo que se parecía peligrosamente a la lástima.—¿Segura que este es el lugar correcto, mija? —preguntó con voz rasposa, como si el humo de mil cigarrillos hubiera pulido sus cuerdas vocales hasta dejarlas ásperas—. Este tipo de casas... a veces las personas que entran no salen de la misma forma.Aryanna sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral, pero lo ignoró con la determinación de quien ya había tomado una decisión y no podía permitirse el lujo de cuestionarla. Revisó la dirección en la pantalla de su teléfono por
La camioneta del forense olía a café quemado y muerte cuando se llevó los cuerpos de papá y Sofía.Aryanna Salvatierr permaneció de pie en la acera de la Colonia Roma, observando cómo el vehículo blanco desaparecía entre el tráfico caótico de la Ciudad de México. Sus manos temblaban con violencia contenida mientras apretaba el teléfono contra su pecho, como si el dispositivo pudiera de alguna manera anclarla a una realidad que se desmoronaba segundo a segundo. El aire de la tarde olía a smog y tacos de carnitas del puesto de la esquina, una normalidad obscena que contrastaba con el hecho de que su mundo acababa de explotar en mil pedazos.Cuarenta y ocho horas antes, su padre y su hermana menor habían salido rumbo a Cuernavaca para visitar a la tía Elvira. Cuarenta y ocho horas antes, Aryanna les había dicho que no podía acompañarlos porque tenía que trabajar el fin de semana. Cuarenta y ocho horas antes, su última conversación con Sofía había sido una discusión estúpida sobre quién h










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