5

Las pesadillas de Aryanna olían a colonia cara y ojos azules que la perseguían incluso dormida.

Se incorporó en la cama con un jadeo ahogado, el camisón empapado en sudor pegándose a su piel como una segunda epidermis. El reloj digital de la mesita de noche marcaba las 3:00 AM en números rojos que parecían sangrar en la oscuridad. Su corazón golpeaba contra sus costillas con la violencia de un animal enjaulado, y sus manos temblaban mientras apartaba el cabello húmedo de su frente.

En el sueño, Silvain la había perseguido por pasillos interminables de la mansión. No corría, nunca corría. Simplemente caminaba con esa elegancia depredadora que le era característica, mientras ella tropezaba y caía, sus gritos tragados por las paredes que se cerraban a su alrededor. Y cuando finalmente la alcanzaba, sus manos frías como el mármol se cerraban alrededor de su garganta mientras susurraba: "Eres mía. Siempre lo has sido."

Aryanna se llevó las manos al cuello, sintiendo aún la presión fantasma de esos dedos. Solo fue un sueño, se repitió, pero las palabras sonaban huecas incluso en su propia mente.

La luz de su teléfono parpadeó en la mesita de noche.

Durante un momento, consideró ignorarlo. Pero algo en ese destello azulado en la oscuridad la inquietó de una forma que no podía nombrar. Con dedos temblorosos, alcanzó el dispositivo.

Un mensaje nuevo. Enviado a las 3:02 AM.

De Silvain.

"¿No puedes dormir? Yo tampoco. Estoy pensando en ti."

El teléfono resbaló de sus manos, cayendo sobre las sábanas revueltas. Aryanna lo contempló como si fuera una serpiente venenosa. El corazón que apenas comenzaba a calmarse volvió a acelerarse, bombeando adrenalina pura por sus venas.

¿Cómo lo sabía?

¿Cómo podía saber que había despertado exactamente dos minutos antes?

Su mirada voló hacia la cámara visible en la esquina del techo, su lente oscuro apuntando directamente hacia la cama. Pero incluso con cámara, ¿cómo podía saber que había despertado de una pesadilla específicamente? ¿Acaso la observaba en tiempo real a las tres de la mañana?

O tal vez, susurró una voz insidiosa en su mente, hay más que esa cámara.

Aryanna salió de la cama con movimientos bruscos, casi frenéticos. Sus pies descalzos tocaron el suelo frío de madera mientras comenzaba a inspeccionar la habitación con una minuciosidad que rayaba en la paranoia. Pasó las manos por debajo de los muebles, revisó detrás de los cuadros, examinó los enchufes eléctricos.

Nada.

Se obligó a respirar. Estás siendo ridícula. Es solo una coincidencia.

Pero entonces su mirada cayó sobre la lámpara de la mesita de noche. Una pieza elegante de cristal y metal que había admirado su primera noche allí. Se acercó lentamente, como si el objeto pudiera morderla. La levantó con cuidado, girándola en sus manos.

Y entonces lo vio.

Un pequeño dispositivo negro del tamaño de un botón, apenas visible, insertado en la base de metal de la lámpara. No era decorativo. No formaba parte del diseño original.

Era un micrófono.

El objeto cayó de sus manos, estrellándose contra la mesita con un ruido que pareció ensordecedor en el silencio de la noche. Aryanna retrocedió, su espalda golpeando contra la pared, mientras la comprensión la golpeaba como un puñetazo en el estómago.

Él no solo la veía. La escuchaba.

Cada palabra murmurada en la oscuridad. Cada suspiro. Cada llanto ahogado. Cada pesadilla donde gritaba su nombre con terror.

Todo.

Silvain lo había escuchado todo.

Las náuseas la asaltaron con fuerza y tuvo que correr al baño, cayendo de rodillas frente al inodoro. Pero su estómago estaba vacío, solo produciendo arcadas secas que le quemaban la garganta. Se quedó allí, temblando, con la frente apoyada contra la porcelana fría, mientras las lágrimas finalmente brotaban.

¿Qué clase de hombre hacía esto? ¿Qué clase de monstruo vigilaba y escuchaba a una mujer en la intimidad de su habitación?

Y la pregunta más aterradora: ¿qué más había?

El desayuno se servía a las siete de la mañana en el comedor principal. Aryanna llegó con cuatro horas de insomnio grabadas en ojeras profundas y una furia que había tenido tiempo de fermentar hasta convertirse en algo corrosivo.

Silvain ya estaba sentado a la cabecera de la mesa, impecable en un traje gris oscuro que probablemente costaba más que el funeral de su padre. Leía el periódico con esa calma infuriante que lo caracterizaba, una taza de café humeante junto a su mano.

Alzó la vista cuando ella entró, y su rostro se iluminó con algo que podría confundirse con afecto genuino si uno no conociera mejor.

—Buenos días, Aryanna. Te ves cansada. ¿Dormiste mal?

La pregunta fue como echar gasolina al fuego.

—Tú sabes exactamente cómo dormí —escupió ella, manteniéndose de pie junto a la puerta—. Lo escuchaste todo, ¿verdad?

Silvain dejó el periódico con movimientos deliberados, plegándolo con precisión antes de dirigirle toda su atención. Su expresión no mostró ni sorpresa ni culpa. Solo una curiosidad casi académica.

—Veo que encontraste el micrófono.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir? —La voz de Aryanna subió de volumen—. ¿No vas a negar que me espías como si fuera una criminal?

—No eres una criminal, Aryanna. Eres mi responsabilidad.

—¡No soy tu puta responsabilidad! ¡Soy tu empleada!

—Eres mucho más que eso y lo sabes.

La forma en que lo dijo, con esa certeza tranquila, como si estuviera declarando un hecho irrefutable, la desarmó momentáneamente. Silvain se puso de pie, rodeando la mesa con pasos medidos. Aryanna quiso retroceder pero se obligó a mantenerse firme.

—Esta casa tiene enemigos, Aryanna. Más de los que imaginas. —Su voz era razonable, casi gentil—. Hombres que harían cualquier cosa por llegar a mí. Y tú, ahora que vives aquí, eres un objetivo potencial.

—Eso es ridículo.

—¿Lo es?

Silvain sacó una tablet del bolsillo interior de su saco, deslizando el dedo por la pantalla antes de girársela. Aryanna miró las imágenes que aparecían allí: fotografías de hombres desconocidos, tomadas desde diferentes ángulos, merodeando afuera de las puertas de la mansión. En una, uno de ellos miraba directamente hacia las ventanas del segundo piso con unos binoculares.

—Estos hombres han estado vigilando la propiedad durante la última semana —explicó Silvain, su tono casi profesoral—. No son periodistas. No son curiosos. Son profesionales. Y no sabemos qué quieren exactamente, pero sé que no es nada bueno.

Aryanna sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Tomó la tablet con manos temblorosas, examinando las fotografías más de cerca. Los hombres tenían ese aire indefinible de peligrosidad, la postura de quienes estaban acostumbrados a la violencia.

—¿Por qué no llamaste a la policía?

—La policía en este país es un chiste, y lo sabes. —Silvain recuperó la tablet—. Prefiero manejar la seguridad con mis propios métodos. Métodos que incluyen saber en todo momento que estás a salvo dentro de estas paredes.

—Eso no justifica invadir mi privacidad de esa manera.

—¿Prefieres estar vulnerable? —preguntó él, y había un filo en su voz ahora—. ¿Prefieres que me quede de brazos cruzados mientras alguien entra y te hace daño? Porque puedo retirar toda la vigilancia si eso es lo que quieres, Aryanna. Puedo dejarte completamente sola.

La amenaza implícita flotó entre ellos como humo tóxico. Silvain no estaba ofreciendo libertad. Estaba ofreciendo abandono. Y ambos sabían que ella no podía permitirse ninguna de las dos cosas.

Aryanna sintió cómo la furia se desvanecía, reemplazada por algo peor: culpa. ¿Por qué me siento culpable?, se preguntó con desesperación. Él es quien está mal. Él es quien invade mi vida.

Pero las palabras no salieron. En su lugar, bajó la mirada, odiándose por su propia debilidad.

—Solo quiero un poco de privacidad —murmuró finalmente.

Silvain se acercó más, tan cerca que pudo oler esa colonia cara que la perseguía incluso en sueños. Sus dedos se deslizaron bajo su barbilla, levantando su rostro con una gentileza que contrastaba brutalmente con la conversación que acababan de tener.

—Te protejo, Aryanna. Eso es todo lo que hago. ¿Tan terrible es eso?

Ella no respondió. No confiaba en su voz.

—Hoy es el funeral —continuó Silvain, su pulgar acariciando su mejilla en un gesto que podría ser tierno o posesivo, dependiendo de cómo se mirara—. Quiero acompañarte.

—No es necesario.

—Insisto. No deberías estar sola en un día como este.

Ya estoy sola, quiso gritar ella. Estoy más sola que nunca, rodeada de cámaras y micrófonos y un hombre que no sabe dónde termina la protección y comienza la obsesión.

Pero asintió. Porque era más fácil. Porque ya no tenía fuerzas para pelear.

Porque parte de ella, una parte pequeña y asustada, no quería estar sola ese día.

El Panteón Francés se extendía bajo el sol implacable de mediodía como una ciudad de mármol para los muertos. Aryanna caminaba por los senderos de grava con pasos que parecían pertenecer a otra persona, consciente del peso de la mano de Silvain en la parte baja de su espalda.

Un gesto que podría ser de apoyo. O de posesión.

Los asistentes al funeral eran pocos. Algunos vecinos del antiguo barrio, un par de compañeros de trabajo de su padre, la directora de la escuela de Sofía. Todos miraban a Silvain con esa mezcla de curiosidad y deferencia que los muy ricos inspiraban. Asumían que era su pareja. Él no hacía nada por corregir esa impresión.

Cuando bajaron los ataúdes, Silvain la abrazó contra su costado, su brazo rodeando su cintura con firmeza. Aryanna lloró contra su pecho, odiándose por encontrar consuelo allí, por permitir que este hombre que la vigilaba como un carcelero fuera también el único ancla que la mantenía de pie.

Su madre estaba allí, traída en silla de ruedas por una enfermera que Silvain había contratado. Camila Salvatierr no había dicho una palabra desde el accidente, su mirada perdida en algún punto más allá del mundo visible. Pero cuando Silvain se acercó para presentarse, algo cambió en sus ojos.

Terror.

Terror puro y visceral.

—Él no es bueno —susurró Camila, su voz oxidada por el desuso, aferrándose al brazo de Aryanna con una fuerza sorprendente—. Aléjate de él.

Aryanna se quedó helada. —¿Mamá?

Pero Camila ya se había ido de nuevo, su mirada vaciándose, su agarre aflojándose hasta que sus manos cayeron inertes sobre su regazo. La enfermera la alejó con disculpas murmuradas, dejando a Aryanna con un millón de preguntas y ninguna respuesta.

Silvain no comentó nada. Simplemente volvió a colocar su mano en la cintura de Aryanna, guiándola de regreso al auto.

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La mansión estaba silenciosa cuando regresaron. Silvain la acompañó hasta su habitación, besando su frente con una ternura que la hizo estremecer antes de retirarse.

Aryanna cerró la puerta y se recargó contra ella, exhausta hasta los huesos. El vestido negro le pesaba como plomo. Se lo quitó mecánicamente, dejándolo caer al suelo antes de buscar algo cómodo que ponerse.

Fue entonces cuando vio el sobre.

Blanco. Inmaculado. Colocado con precisión en el centro de su almohada.

Con manos temblorosas, lo abrió.

Una fotografía cayó sobre la cama.

Aryanna se miró a sí misma dormida, capturada en blanco y negro con una claridad artística que la hizo sentir violada. Estaba de lado, una mano bajo la mejilla, el cabello desparramado sobre la almohada. Vulnerable. Inconsciente.

El ángulo era imposible. Ninguna de las cámaras que había encontrado podría haber tomado esa foto. Lo que significaba que había más. O peor, que él había estado allí. En su habitación. Mientras dormía.

Con dedos entumecidos, volteó la fotografía.

La caligrafía era elegante, masculina, inconfundible.

"Eres hermosa incluso cuando duermes. Me cuesta tanto mantenerme alejado."

El sobre resbaló de sus manos. La fotografía flotó hasta el suelo.

Y Aryanna finalmente entendió que la jaula no tenía barrotes visibles porque no los necesitaba.

Los barrotes eran los ojos de Silvain. Y estaban en todas partes.

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