5

—No baje detrás de mí.

Aryanna se detuvo con una mano en el barandal.

Silvain Beaumont iba dos escalones adelante, aún con la marca de su bofetada en la mejilla. No intentó cubrirla. No se había mirado al espejo. O quizá sí y había decidido usarla como si fuera una advertencia para cualquiera menos para ella.

—¿Ahora también decide mi orden en las escaleras?

—Si baja detrás de mí, mi madre asumirá que la estoy escondiendo.

—¿Y si bajo delante?

—Que está intentando provocarla.

Aryanna miró hacia el vestíbulo. Desde arriba alcanzaba a ver una silueta femenina junto a la mesa central de flores. Alta, recta, vestida de beige claro, inmóvil en medio de la mansión como si no hubiera llegado de visita, sino a reclamar un trono.

—Entonces bajaré a su lado.

Silvain giró apenas la cabeza.

—No es necesario.

—Para usted no.

Aryanna bajó el siguiente escalón.

—Tampoco soy una niña a la que se manda a su cuarto mientras los adultos hablan.

—No conoce a mi madre.

—No necesito conocerla para saber que vino a mirarme por encima del hombro.

—Eso sería lo más amable que puede hacer.

La respuesta le tensó el estómago.

Silvain siguió bajando. Aryanna caminó a su lado. Notó cómo Laurent, desde el pie de la escalera, los veía descender sin mover un músculo. Margot estaba cerca de la entrada del pasillo, con las manos cruzadas al frente y los labios apretados. Bruno permanecía junto a la puerta principal, demasiado quieto para ser parte del decorado.

Y en el centro, Isolde Beaumont levantó la mirada.

Aryanna había conocido mujeres capaces de humillar con un gesto. Ninguna lo hacía con tanta limpieza.

Isolde no la examinó de pies a cabeza. Eso habría sido vulgar. La miró solo a los ojos, y de algún modo Aryanna sintió que ya había decidido cuánto valía su ropa, su apellido, su dolor y la maleta pequeña en la habitación azul.

—Silvain —dijo ella.

Su voz era suave. No cálida.

—Madre.

Isolde se acercó dos pasos. Su perfume llegó antes que ella: flores blancas, polvo caro y algo metálico debajo.

—Qué curioso. Laurent me dijo que estabas ocupado.

—Lo estoy.

—Sí, veo en qué.

Aryanna sostuvo la mirada sin bajar la barbilla.

Silvain se colocó apenas más cerca de ella. No la tocó, pero el gesto no se le escapó a nadie. Menos a Isolde.

La mujer sonrió.

—¿No me la vas a presentar?

—No vine a organizar una recepción.

—Qué descortés. Sobre todo considerando que esta joven ya duerme en una habitación que no le corresponde.

Aryanna sintió que Margot bajaba los ojos.

Silvain respondió con una calma muy fina:

—La habitación la decidí yo.

—Eso me preocupa más.

Isolde por fin dirigió toda su atención a Aryanna.

—Entonces usted es Aryanna Salvatierra.

—Sí.

—Esperaba a alguien más pequeña.

—No sé qué le prometieron.

Laurent hizo un movimiento casi imperceptible. Tal vez una advertencia. Tal vez una oración muda.

Isolde dejó escapar una risa breve, sin alegría.

—Tiene voz.

—También contrato.

Silvain la miró de reojo.

Aryanna no se arrepintió.

Isolde pareció disfrutarlo.

—Qué interesante. Silvain no suele traer a casa mujeres que hablan de papeles tan pronto.

—No me trajo. Firmé un acuerdo de trabajo.

—Por supuesto.

La forma en que dijo aquello convirtió el trabajo en una mancha.

Aryanna sintió el impulso de contestar, pero Silvain habló antes.

—Aryanna no está aquí para ser interrogada.

Isolde miró la marca en la mejilla de su hijo.

—No parece que la joven necesite defensa. De hecho, diría que ya encontró una manera bastante directa de comunicarse.

El silencio se abrió como una herida.

Margot palideció. Bruno miró hacia la puerta. Laurent cerró los ojos un segundo.

Aryanna sintió un golpe de vergüenza en el pecho, no por la bofetada, sino por que esa mujer la hubiera visto. Por que algo tan íntimo, tan impulsivo, tan cargado de rabia y calor, hubiera quedado expuesto en manos ajenas.

Silvain no la delató. Tampoco negó.

—Si vino por eso, llegó tarde —dijo él—. Ya fue atendido.

Isolde arqueó una ceja.

—¿Atendido? Qué palabra tan doméstica.

Aryanna apretó los dedos vendados.

—Lo golpeé yo.

Silvain giró hacia ella de inmediato.

Pero Aryanna ya estaba mirando a Isolde.

—No fue un accidente. Tampoco fue elegante. Pero fue mío. Si va a usarlo para humillar a alguien, hágalo bien.

Durante un segundo nadie respiró.

Isolde la observó con una atención nueva. Ya no era una empleada recién llegada. Era una pieza que había hecho ruido en el tablero.

—Qué valiente.

—No. Estoy cansada.

—Eso se parece mucho cuando una no ha aprendido la diferencia.

Silvain dio un paso al frente.

—Basta.

Isolde no apartó los ojos de Aryanna.

—No he empezado.

—Precisamente.

La madre miró por fin a su hijo.

—El problema, Silvain, es que tú siempre confundes interrupción con control. Si traes a una desconocida a mi casa...

—¿Tu casa?

La pregunta fue baja.

Aryanna sintió que el vestíbulo entero se tensaba.

Isolde sonrió sin mover apenas la boca.

—Corrijo. A la casa de la familia.

—Esta casa está a mi nombre.

—Las escrituras nunca han impedido que algo pertenezca a los Beaumont.

Aryanna escuchó en esa frase una jaula más antigua que la suya.

Silvain también. Su mandíbula se endureció.

—Isolde —dijo Laurent, con cautela—. Quizá sería mejor hablar mañana.

—Qué ternura, Laurent. Sigues creyendo que el tiempo mejora las indecencias.

Después caminó hacia Aryanna.

Silvain reaccionó de inmediato, pero Aryanna levantó una mano apenas, sin mirarlo.

No se escondió detrás de él.

Isolde lo notó. Eso pareció molestarle más que cualquier insulto.

—Dígame, señorita Salvatierra. ¿Qué le ofreció mi hijo para que aceptara instalarse aquí la misma noche que firmó?

—Un salario.

—Qué respuesta tan limpia.

—La verdad no siempre tiene que ensuciarse para sonar real.

Los ojos de Isolde bajaron a su mano vendada.

—¿Y esa herida? ¿También forma parte de sus funciones?

Aryanna sostuvo el impulso de mirar a Silvain.

—No.

—¿Entonces ya empezó a tocar lo que no debe?

Silvain habló:

—Madre.

Aryanna entendió algo en ese instante: Isolde no necesitaba conocer la llave para saber dónde hundir el dedo. En esa casa todos parecían hablar alrededor de secretos como si las paredes pudieran ofenderse.

—Tocaría menos cosas —dijo Aryanna— si no las dejaran en mi ventana.

Isolde quedó inmóvil.

Silvain la miró con una furia silenciosa.

Laurent abrió los ojos.

Margot tragó saliva.

Isolde, en cambio, sonrió.

—En su ventana.

—Sí.

—Qué casa tan hospitalaria.

Aryanna sintió que acababa de decir demasiado.

Silvain se acercó.

—No tiene que responder más.

Aryanna lo miró.

—Y usted no tiene que decidir cuándo me quedo callada.

—Esa frase puede costarle caro en esta familia —dijo Isolde.

—Ya he visto cuánto cobra.

La sonrisa de Isolde desapareció.

Por primera vez, Aryanna vio algo debajo de su elegancia. No ira explosiva. Algo peor: cálculo.

—Acompáñeme.

Silvain se interpuso antes de que Aryanna pudiera preguntar a dónde.

—No.

Isolde ni siquiera lo miró.

—No era una invitación para ti.

—No irá a ninguna parte contigo.

Aryanna sintió una punzada de irritación absurda. Porque una parte de ella quería agradecer que se interpusiera. Otra parte quería empujarlo por decidir otra vez.

—¿A dónde? —preguntó Aryanna.

Isolde señaló el pasillo lateral.

—A ver dónde debería dormir una empleada de esta casa.

Silvain dijo:

—No.

Aryanna dijo:

—Sí.

Ambos se miraron.

La tensión entre ellos fue tan visible que incluso Isolde pareció alimentarse de ella.

—No necesito que me proteja de una habitación —dijo Aryanna.

—No conoce lo que está aceptando.

—Entonces explíquelo.

—Aquí no.

—Aquí es donde todos parecen saber más que yo.

Silvain la miró como si quisiera sujetarla de los hombros y sacudirle la terquedad. No lo hizo. Ese control, en vez de calmarla, le aceleró el pulso.

Isolde dio media vuelta.

—Venga, señorita Salvatierra. Veamos cuánto le dura la dignidad cuando se le muestra el lugar que le corresponde.

Aryanna caminó detrás de ella.

Silvain la siguió.

—Yo no dije que vinieras —murmuró Isolde.

—Y yo no pedí permiso.

El recorrido fue corto, pero incómodo. Pasaron del mármol brillante del vestíbulo a un corredor menos iluminado, más estrecho, donde el silencio ya no parecía lujo, sino disciplina. Isolde abrió una puerta al final.

La habitación era pequeña. Una cama individual, un armario antiguo, una ventana alta, paredes desnudas. Limpia, sí. Correcta. Fría. El tipo de lugar diseñado para que nadie olvidara que estaba ahí solo para servir.

—Este es el cuarto asignado al personal interno femenino —dijo Isolde—. Discreto, funcional, apropiado.

Aryanna entró.

Tocó el borde de la cama. La colcha era áspera.

—No está mal.

Silvain se quedó en el umbral.

—No dormirás aquí.

Aryanna giró hacia él.

—¿Por qué?

—Porque yo lo decidí.

—Esa razón ya empieza a parecerle suficiente solo a usted.

Isolde observaba con una calma deliciosa.

—Quizá la señorita prefiere entender su posición. Algo que tú pareces empeñado en confundir.

Silvain no la miró.

—Aryanna subirá a la habitación azul.

Aryanna sintió que la rabia le subía por el pecho.

—No soy un mueble que se cambia de cuarto.

—Entonces deje de discutir como si la estuvieran guardando en una bodega.

—¿Y cómo quiere que discuta? ¿Agradecida porque la jaula tiene mejor vista?

Silvain entró en la habitación.

El espacio se volvió ridículo para los tres.

—No llame jaula a una habitación que elegí para mantenerla lejos de problemas.

—El problema está frente a mí.

La frase le salió antes de calcularla.

Silvain se quedó quieto.

Isolde sonrió otra vez, pero esta vez había veneno satisfecho.

—Qué encantadora. Ya aprendió a herirte en menos de una noche.

Silvain no apartaba los ojos de Aryanna.

—Suba.

—No.

—Aryanna.

—No me ponga en la habitación azul para demostrarle algo a su madre.

La frase dio en el centro.

Silvain no respondió de inmediato.

Ella bajó la voz, pero no la fuerza.

—Si quiere que trabaje aquí, deme un lugar de empleada. Si quiere otra cosa, tenga el valor de decirlo delante de todos.

El silencio se llenó de electricidad.

Isolde dejó de sonreír.

Silvain respiró despacio, como si estuviera conteniendo una respuesta que podía arruinarlo todo.

—No sabe lo que está pidiendo.

—Estoy pidiendo claridad.

—No. Está pidiendo que nombre algo antes de tiempo.

Aryanna sintió que el aire se volvía denso.

—¿Algo?

Silvain dio un paso hacia ella.

Isolde seguía en la puerta, demasiado atenta.

Laurent apareció al fondo del corredor, probablemente enviado por ninguna casualidad.

Silvain bajó la voz.

—Esta noche está agotada. Está herida. Está furiosa. Y aun así se planta frente a mí como si no tuviera miedo.

—No tengo miedo de usted.

—Sí lo tiene.

Aryanna quiso negarlo.

No pudo.

Silvain se acercó otro poco.

—Y hace bien.

La frase no debería haberle provocado nada parecido a un escalofrío. Pero lo hizo.

Isolde aplaudió una vez, despacio. El sonido fue breve y cruel.

—Magnífico. La tragedia, el contrato, la habitación privilegiada y ahora esta tensión indecorosa en un cuarto de servicio. Te superas, hijo.

Silvain giró hacia ella.

—Vete.

—No.

—Vete de mi casa.

Isolde lo observó como si acabara de confirmar justo lo que vino a buscar.

—Con gusto. Pero antes debo darte una noticia.

Silvain se quedó inmóvil.

Aryanna sintió que la amenaza cambiaba de forma.

Isolde sacó unos guantes de su bolso y se los puso con calma, dedo por dedo.

—La cena de mañana no se cancela.

—Sí se cancela —dijo Silvain.

—No. Lucien ya confirmó. Y yo también.

Silvain apretó la mandíbula.

—No traerás a nadie aquí.

Isolde miró a Aryanna.

—No seas vulgar, Silvain. No voy a traer a cualquiera.

Aryanna sintió que algo se cerraba alrededor de su garganta.

Isolde avanzó hasta quedar frente a su hijo.

—Mañana viene Céline Rousseau.

El nombre no significó nada para Aryanna, pero el silencio de Silvain sí.

Isolde sonrió con una precisión impecable.

—Y será delicioso verla sentada a la mesa mientras le explicas por qué tu nueva empleada duerme a unos pasos de tu habitación.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App