—No soy una empleada cuando usted me usa para darle órdenes a su hijo.
Aryanna no supo de dónde le salió la voz.
Tal vez del cansancio. Tal vez de la rabia. Tal vez de esa parte suya que, después de enterrarlo casi todo, ya no tenía espacio para obedecer por reflejo.
Lucien Beaumont apareció en la entrada del comedor como si la casa se hubiera inclinado para dejarlo pasar.
Era alto, aunque la edad le había robado algo de firmeza al cuerpo. Llevaba un bastón oscuro con empuñadura de plata, no com