Mundo ficciónIniciar sesiónEl ala este de la mansión tenía veinte habitaciones, pero Silvain le había asignado específicamente la número trece.
Laurent guió a Aryanna a través de un laberinto de pasillos alfombrados en tonos grises que absorbían el sonido de sus pasos como si la casa misma estuviera tragándose cualquier evidencia de su existencia. Las paredes estaban decoradas con pinturas abstractas que costaban más que un automóvil nuevo, marcos dorados que reflejaban fragmentos distorsionados de su rostro mientras pasaba. Aryanna contó siete puertas cerradas antes de que Laurent se detuviera frente a una de madera de caoba con el número trece tallado en una placa de bronce.
—Esta será su habitación durante su estancia con nosotros —dijo Laurent con voz profesionalmente neutral, abriendo la puerta con una llave antigua que sacó del bolsillo de su chaleco—. El señor Beaumont ha sido muy específico sobre su comodidad.
Aryanna entró y el aire se le escapó de los pulmones en un suspiro involuntario. La habitación era más grande que todo su departamento en la Colonia Roma. Una cama king size con dosel de tela gris perlado dominaba el centro del espacio, cubierta con sábanas de un blanco tan inmaculado que parecían brillar con luz propia. Un escritorio de madera oscura estaba posicionado junto a un ventanal enorme que daba a los jardines traseros, donde Aryanna podía ver fuentes de agua danzando bajo la luz grisácea de la tarde. Un armario del tamaño de un cuarto completo se abría a la izquierda, vacío y esperando ser llenado con pertenencias que ella no poseía.
Pero fue el detalle en la esquina superior derecha de la habitación lo que hizo que su estómago se retorciera en un nudo apretado: una pequeña cámara de seguridad con luz roja parpadeante, apuntando directamente hacia la cama.
—¿Eso es una cámara? —preguntó Aryanna, señalando el dispositivo con un dedo tembloroso.
—Medidas de seguridad estándar —respondió Laurent sin inmutarse, como si estuviera comentando el color de las cortinas—. Hay cámaras en todos los pasillos, áreas comunes y habitaciones de la propiedad. El señor Beaumont valora la seguridad por encima de todo. Por supuesto, el baño privado no tiene vigilancia.
Señaló una puerta lateral que Aryanna no había notado inicialmente. La palabra "por supuesto" sonaba como una concesión generosa en lugar de un derecho humano básico.
—¿Me está diciendo que seré vigilada constantemente? —La voz de Aryanna subió una octava a pesar de sus esfuerzos por mantener la calma.
—Solo por razones de seguridad —repitió Laurent con la paciencia de quien había ensayado esta explicación muchas veces antes—. El sistema está monitoreado por personal de confianza. Su privacidad será respetada dentro de los límites razonables del contrato que firmó.
El contrato. Esa maldita pila de papel que había firmado sin leer completamente porque la desesperación había convertido su cerebro en papilla. Aryanna asintió lentamente, sintiendo cómo las paredes de la habitación lujosa se transformaban en los barrotes dorados de una jaula que acababa de cerrarse a su alrededor.
—El señor Beaumont solicita que se presente en el comedor para la cena a las ocho en punto —continuó Laurent, caminando hacia la puerta—. Viste casual elegante. Si necesita algo, puede usar el intercomunicador junto a la cama. Alguien atenderá inmediatamente.
Se marchó antes de que Aryanna pudiera formular otra pregunta, cerrando la puerta con un clic suave que resonó con una finalidad inquietante. Aryanna se dejó caer sobre la cama, hundiéndose en el colchón más cómodo en el que había estado jamás, y clavó la mirada en la cámara que la observaba como un ojo mecánico que nunca parpadeaba.
Las siguientes horas pasaron en una niebla extraña. Aryanna exploró el baño privado, maravillándose ante la tina de mármol lo suficientemente grande para tres personas, los grifos dorados, las toallas más suaves que había tocado. Pero cada lujo se sentía como un soborno, como si la casa estuviera tratando de comprar su complacencia con confort material.
A las cinco de la tarde, Laurent tocó a su puerta para presentarle al resto del personal. Ana resultó ser una mujer de unos cincuenta años con cabello gris recogido en un moño severo, ojos oscuros que no revelaban nada y una expresión permanente de desaprobación silenciosa. Trabajaba como cocinera y ama de llaves desde hacía quince años, según Laurent. Cuando Aryanna intentó hacer contacto visual y sonreír amablemente, Ana simplemente asintió con la cabeza y se marchó sin decir una sola palabra.
Roberto, el jardinero, era un hombre de unos sesenta años con piel bronceada por el sol y manos callosas que nunca dejaron de temblar ligeramente. Cuando Laurent lo llamó para presentarlo, Roberto mantuvo la mirada fija en sus botas sucias de tierra, murmuró algo ininteligible sobre las rosas del jardín oeste y huyó como si Aryanna fuera contagiosa.
—No hablan mucho —comentó Aryanna mientras observaba a Roberto alejarse prácticamente corriendo.
—El señor Beaumont valora la discreción —respondió Laurent—. Y ellos han aprendido el valor del silencio.
La forma en que lo dijo hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Aryanna. No había sido una explicación. Había sido una advertencia.
A las siete, Aryanna le pidió permiso a Laurent para regresar brevemente a su departamento. Necesitaba arreglar los asuntos del funeral con el dinero que Silvain le había adelantado, necesitaba ver a su madre, necesitaba respirar aire que no estuviera cargado con la sensación opresiva de ser observada constantemente. Laurent consultó con alguien por teléfono, probablemente Silvain, y luego asintió con una condición: debía regresar antes de las ocho para la cena.
El taxi la llevó de regreso a la Colonia Roma, y Aryanna sintió como si estuviera viajando entre dos universos completamente diferentes. Las calles llenas de baches, los vendedores ambulantes gritando sus mercancías, el olor a tacos y escape de autobús, todo le recordó quién era realmente: una mujer de veinticuatro años que no pertenecía al mundo de mansiones y cámaras de seguridad.
La funeraria aceptó el pago en efectivo sin hacer preguntas. Firmó los papeles necesarios, eligió el ataúd menos terrible que podía permitirse con treinta mil pesos, y programó el funeral para el sábado. Cada firma se sentía como otra capa de su antigua vida siendo enterrada junto con su padre y su hermana.
Su madre seguía exactamente donde la había dejado: sentada en el sofá, mirando la pared, existiendo sin vivir realmente. Aryanna se arrodilló frente a ella, tomó sus manos frías y las apretó hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
—Mamá, arreglé todo para el funeral. Papá y Sofía tendrán un entierro digno. Y conseguí un trabajo que nos va a sacar adelante, ¿okay? Solo necesito que resistas un poco más.
Los ojos de Camila se movieron ligeramente, como si reconociera la voz de su hija desde muy lejos, pero no respondió. Ni una palabra. Ni una lágrima. Nada.
Cuando Aryanna salió del departamento, Doña Remedios estaba esperándola en el pasillo, como si hubiera estado vigilando a través de la mirilla. La vecina era una mujer de setenta años con más arrugas que un mapa antiguo y más chismes que un programa de televisión matutino, pero su corazón era genuino bajo todas las capas de entrometimiento.
—Mija —dijo Doña Remedios, agarrando el brazo de Aryanna con dedos sorprendentemente fuertes—. Ese dinero que trajiste. ¿De dónde salió?
—Conseguí un trabajo nuevo —respondió Aryanna, tratando de sonar casual—. Bien pagado.
—Nada que pague así de bien es inocente —siseó la anciana, acercándose tanto que Aryanna podía oler el café en su aliento—. Ten cuidado, mija. Ese tipo de dinero siempre viene con precio. Y generalmente lo pagas con pedazos de tu alma que no puedes recuperar.
Las palabras se clavaron en el pecho de Aryanna como astillas de hielo, pero las empujó hacia abajo con el resto de sus miedos crecientes.
—Voy a estar bien, Doña Remedios. Solo es un trabajo.
La mujer la soltó con un resoplido de desaprobación.
—Eso es lo que dicen todas antes de que sea demasiado tarde.
Aryanna regresó a la mansión Beaumont a las siete y cuarenta y cinco. El taxi la dejó frente a las puertas de hierro forjado que se abrieron automáticamente, como si la casa hubiera estado esperando su regreso con la paciencia de una araña en el centro de su telaraña. Laurent la recibió en la entrada y la guió hacia el comedor, pero Aryanna se detuvo al pasar junto a la escalera que subía al segundo piso.
Algo la llamaba desde arriba. Una curiosidad mórbida mezclada con la necesidad de entender exactamente en qué tipo de lugar había aceptado vivir.
—Llegaré al comedor en un momento —le dijo a Laurent—. Solo necesito usar el baño.
Laurent la estudió con ojos calculadores durante un largo segundo, luego asintió lentamente.
—Hay un baño en el primer piso, señorita Salvatierr.
—Prefiero usar el de mi habitación —mintió Aryanna—. Dejé algo allí que necesito.
Laurent no dijo nada más, pero la forma en que la observó mientras subía las escaleras hizo que Aryanna sintiera como si acabara de cometer un error del cual aún no comprendía las consecuencias.
El segundo piso estaba menos iluminado que el primero. Los pasillos se estrechaban ligeramente, y las puertas estaban más separadas, como si cada habitación guardara secretos que necesitaban espacio para respirar. Aryanna caminó despacio, sus pasos amortiguados por la alfombra gruesa, pasando junto a puertas cerradas hasta que encontró una al final del pasillo que era diferente a las demás.
Era de metal en lugar de madera, con un sistema de cerradura electrónica en lugar de manija tradicional. Una luz roja parpadeaba junto al panel numérico, indicando que estaba sellada herméticamente. Aryanna colocó su oído contra la superficie fría, pero no escuchó nada del otro lado. Solo silencio. Un silencio tan absoluto que parecía tener peso propio.
—Oui, je comprends parfaitement —la voz de Silvain flotó desde algún lugar cercano, hablando en francés con fluidez que hacía que las palabras sonaran como música peligrosa—. Le projet avance exactement comme prévu. Elle est parfaite. Plus vulnérable que je ne l'avais imaginé.
Aryanna se congeló. No hablaba francés, pero reconoció las palabras "proyecto" y "perfecta". Estaba hablando de ella. Tenía que ser. El tono posesivo en su voz, la satisfacción apenas contenida, todo apuntaba a que ella era el tema de conversación.
—Non, elle ne soupçonne rien encore —continuó Silvain—. Mais elle le fera bientôt. Et pour ce moment-là, il sera trop tard pour qu'elle s'échappe.
Pasos. Acercándose. Aryanna se alejó de la puerta metálica y prácticamente corrió hacia las escaleras, su corazón golpeando contra sus costillas como un pájaro enjaulado tratando de escapar. Bajó al primer piso con las piernas temblando, pasó junto a su habitación y llegó al comedor exactamente a las ocho en punto.
Silvain ya estaba allí, sentado a la cabecera de una mesa de caoba que podía acomodar fácilmente a veinte personas pero que estaba puesta solo para dos. Vestía una camisa blanca de lino con los primeros botones desabrochados, revelando una V de piel bronceada que hizo que Aryanna apartara la mirada involuntariamente. Dos copas de vino tinto esperaban sobre la mesa, junto a platos de porcelana blanca y cubiertos de plata que probablemente costaban más que su renta mensual.
—Llegas justo a tiempo —dijo Silvain, levantándose con la gracia de un felino para jalar la silla a la derecha de la suya—. Siéntate, por favor. Ana ha preparado coq au vin. Espero que te guste la comida francesa.
Aryanna se sentó, consciente de que sus jeans y blusa simple estaban completamente fuera de lugar en este escenario de elegancia extrema. Silvain empujó una de las copas de vino hacia ella con dedos largos y elegantes.
—No bebo mucho —dijo Aryanna, aunque la verdad era que rara vez podía permitirse el lujo del alcohol.
—Esta noche beberás —respondió Silvain con una sonrisa que no era exactamente una sugerencia—. Considéralo parte de tu integración a esta casa. Aquí compartimos las cenas como civilizados.
Aryanna tomó la copa con manos temblorosas y dio un sorbo pequeño. El vino explotó en su boca con sabores complejos que no sabía que existían: frutas oscuras, especias, algo que sabía a tierra rica y antigua. Era probablemente el líquido más caro que había probado jamás.
Ana apareció con platos humeantes de pollo cocinado en vino tinto con champiñones y cebollitas perladas. El aroma era embriagador. Colocó la comida frente a ellos sin hacer contacto visual y desapareció como un fantasma.
—¿Cómo estuvo tu tarde? —preguntó Silvain, cortando su pollo con movimientos precisos—. Laurent mencionó que saliste.
—Arreglé los asuntos del funeral de mi padre y mi hermana —respondió Aryanna, sorprendida de lo fácil que era hablar con él a pesar del miedo constante que vibraba en su pecho—. Gracias al adelanto que me diste.
—Me alegra poder ayudar en un momento tan difícil —dijo Silvain, y por un segundo su expresión pareció genuinamente empática—. Yo también perdí a mis padres jóvenes. Un accidente automovilístico cuando tenía doce años. Quedé huérfano de la noche a la mañana.
La vulnerabilidad en su voz hizo que Aryanna lo mirara realmente por primera vez desde que se sentaron. Sus ojos azules ya no parecían fríos. Parecían... heridos. Como si estuviera compartiendo un dolor real que llevaba cargando durante más de dos décadas.
—Lo siento mucho —dijo Aryanna sinceramente—. No puedo imaginar perder a tus padres tan joven.
—Construí todo esto desde cero después de eso —continuó Silvain, haciendo un gesto vago hacia la mansión que los rodeaba—. Pasé de vivir en orfanatos estatales a crear un imperio tecnológico valorado en mil millones de dólares. La pérdida puede destruirte o puede forjarte en acero. Yo elegí la segunda opción.
Había algo hipnótico en la forma en que hablaba, en cómo cada palabra parecía elegida cuidadosamente para crear una narrativa de superación y fuerza. Aryanna se encontró inclinándose hacia adelante, absorbiendo su historia como si fuera agua en el desierto de su propio dolor.
—¿Cómo lo lograste? —preguntó—. ¿Cómo pasas del dolor a... esto?
Silvain sonrió, y esta vez la sonrisa alcanzó sus ojos.
—Encuentras algo por lo que vivir. Algo que quieras tan intensamente que el dolor se vuelve irrelevante en comparación. Para mí fue el éxito. Para ti... bueno, supongo que tendrás que descubrirlo.
La conversación fluyó con una facilidad que asustaba a Aryanna. Silvain hablaba de sus viajes por Europa, de cómo había aprendido seis idiomas por necesidad, de los errores que había cometido construyendo su primera empresa. Era encantador cuando quería serlo, creando una falsa sensación de intimidad y conexión que hacía que Aryanna olvidara momentáneamente las cámaras, las cláusulas restrictivas del contrato, la puerta metálica en el segundo piso.
Cuando terminaron de cenar, Silvain se recostó en su silla, estudiándola con una intensidad renovada.
—Hay reglas en esta casa, Aryanna —dijo con voz suave pero letal—. Y la primera es: nunca entres a habitaciones cerradas sin mi permiso explícito. Especialmente la del segundo piso.
El estómago de Aryanna se hundió hasta sus pies. Su rostro debió revelar su shock porque Silvain se inclinó hacia adelante, apoyando sus codos sobre la mesa, sus ojos azules clavándose en los suyos con la precisión de un bisturí.
—¿Fuiste allí esta noche, verdad? —preguntó, aunque claramente ya conocía la respuesta—. Después de que regresaste de tu departamento. Subiste al segundo piso en lugar de venir directamente al comedor.
—¿Cómo...? —Aryanna no pudo terminar la pregunta. Su voz se había convertido en ceniza en su garganta.
Silvain sonrió lentamente, y la expresión transformó su rostro de hermoso a absolutamente aterrador.
—Te dije que valoro la seguridad, Aryanna. Las cámaras están en todas partes. Veo todo lo que sucede en mi casa. Cada paso que das. Cada puerta que tocas. Cada secreto que intentas descubrir.
Se levantó de su silla y caminó hacia ella con pasos lentos y deliberados. Aryanna quiso retroceder pero estaba paralizada, atrapada entre el respaldo de su silla y la presencia abrumadora de Silvain acercándose como una tormenta inevitable.
Se detuvo justo detrás de ella, tan cerca que Aryanna podía sentir el calor de su cuerpo irradiando contra su espalda. Sus manos se posaron sobre los hombros de ella con una presión que era tanto reconfortante como amenazante.
—Así que aquí está tu primera lección —susurró Silvain junto a su oído, su aliento caliente contra su piel—. En esta casa, no hay secretos que yo no conozca. No hay movimientos que yo no vea. Y no hay escape de mi atención, sin importar cuánto lo desees.
Sus dedos se apretaron ligeramente sobre sus hombros antes de soltarla.
—Ahora vete a dormir, Aryanna. Mañana comienza tu verdadero trabajo. Y créeme, vas a necesitar toda tu energía para lo que tengo planeado.







