Mundo ficciónIniciar sesiónLa línea entre protección y posesión es invisible hasta que ya la cruzaste.
Aryanna lo descubrió tres días después del funeral de su madre, cuando finalmente reunió el coraje suficiente para enfrentar lo que llevaba carcomiendo su cordura desde que cruzó el umbral de la mansión Beaumont.
Los micrófonos.
Estaba sentada en el escritorio de caoba de su habitación, con las manos entrelazadas sobre el regazo para evitar que temblaran, cuando Laurent tocó a la puerta con esos nudillos precisos que ya reconocía como parte de la coreografía diaria de aquella casa.
—Monsieur Beaumont la espera en su oficina, mademoiselle Salvatierr.
Claro que me espera, pensó Aryanna mientras se ponía de pie, alisando las arrugas inexistentes de su blusa blanca. Probablemente escuchó cada palabra que practiqué frente al espejo esta mañana.
La oficina de Silvain ocupaba toda el ala norte del segundo piso. Ventanales del suelo al techo ofrecían una vista panorámica de los jardines impecablemente cuidados, donde fuentes de piedra escupían agua cristalina en patrones geométricos que probablemente habían costado más que la antigua casa de Aryanna en su totalidad.
Silvain estaba de pie frente a uno de esos ventanales, con las manos en los bolsillos de un pantalón gris oscuro que se ajustaba a su figura con la precisión que solo el dinero obsceno podía comprar. No se dio la vuelta cuando ella entró, pero Aryanna supo que la había escuchado. Silvain Beaumont era el tipo de hombre que registraba cada respiración en un radio de cien metros.
—Siéntate —dijo sin voltear, su acento francés convirtiendo la palabra en algo que sonaba más a caricia que a orden.
—Prefiero estar de pie.
Eso sí lo hizo voltearse. Sus ojos azules la recorrieron con esa intensidad que hacía que Aryanna sintiera como si estuviera siendo catalogada, archivada, poseída con la mirada.
—Como prefieras. —Una sonrisa pequeña curvó sus labios—. ¿Qué puedo hacer por ti?
Aryanna clavó las uñas en sus palmas. Ahora o nunca.
—Quiero que remuevas los micrófonos de mi habitación.
El silencio que siguió fue tan denso que Aryanna podría haberlo cortado con un cuchillo. Silvain ladeó la cabeza, estudiándola como un científico observaría un espécimen particularmente interesante.
—¿Perdón?
—Los micrófonos. —Aryanna levantó la barbilla, forzándose a sostener su mirada—. Sé que están ahí. Los encontré. Detrás del espejo, en la lámpara de la mesita de noche, probablemente en una docena de otros lugares que aún no descubro. Quiero que los quites.
Silvain se movió entonces, cruzando la distancia entre ellos con esos pasos silenciosos que lo hacían parecer más depredador que hombre. Se detuvo a menos de un metro de distancia, lo suficientemente cerca para que Aryanna pudiera oler su colonia cara, esa mezcla de cedro y algo oscuro que se le había metido en la nariz como un veneno dulce.
—No.
La palabra cayó entre ellos como una losa de concreto.
—¿No? —Aryanna parpadeó—. Silvain, no puedes... es mi privacidad. No tienes derecho a—
—Tengo todo el derecho. —Su voz seguía siendo suave, casi gentil, lo que de alguna manera lo hacía más aterrador—. Está en tu contrato. Cláusula siete, sección B: "El empleador se reserva el derecho de implementar medidas de seguridad que considere necesarias para la protección de su propiedad y personal."
—Soy una persona, no propiedad.
—Estás en mi casa. —Silvain extendió la mano, y Aryanna se tensó, pero él solo le apartó un mechón de cabello del rostro con una ternura que contradecía completamente el acero en su voz—. Bajo mi techo. Bajo mi protección. No negociamos tu seguridad, Aryanna.
Ella se apartó de su toque como si quemara.
—Entonces renuncio.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas, cargadas de una bravura que no sentía. Silvain no se inmutó. De hecho, sonrió, y fue la cosa más fría que Aryanna había visto en su vida.
—Interesante. —Regresó a su escritorio, abrió un cajón y sacó una carpeta que Aryanna reconoció con un vuelco en el estómago: su contrato—. ¿Leíste la cláusula diecinueve antes de firmar?
No. Estaba desesperada, destrozada, necesitaba el dinero.
Silvain no esperó su respuesta. Abrió la carpeta y comenzó a leer con esa voz modulada que usaba en sus juntas de negocios, la que convertía palabras en sentencias.
—"En caso de terminación del contrato por parte del empleado antes del período mínimo de seis meses, el empleado deberá pagar una compensación por ruptura de contrato equivalente a quinientos mil pesos mexicanos, más daños y perjuicios que el empleador considere pertinentes."
El mundo se inclinó bajo los pies de Aryanna.
—Eso... eso es ilegal. No puedes—
—Es completamente legal. —Silvain cerró la carpeta con un chasquido suave—. Lo revisó mi equipo de abogados. Los mejores del país, por cierto. Firmaste esto, Aryanna. Con tu nombre completo, tu huella digital y frente a un notario.
Quinientos mil pesos. Podría vivir cien vidas y nunca tener esa cantidad. Las deudas de su padre ya la habían dejado en la ruina. Esto la enterraría viva.
—Estás... —Su voz se quebró—. Me estás atrapando.
Silvain rodeó el escritorio y se acercó nuevamente, pero esta vez Aryanna no retrocedió. Estaba demasiado aturdida, demasiado furiosa, demasiado asustada para moverse.
—Te estoy protegiendo. —Sus dedos rozaron su mejilla, y Aryanna odió la manera en que su cuerpo reaccionó a ese toque, un escalofrío que no era completamente de miedo—. De un mundo que te devoraría sin pensarlo dos veces. De deudas que te ahogarían. De una vida que te habría destruido. Estás segura aquí, Aryanna. Conmigo.
—No quiero estar segura. —Las palabras salieron como un siseo—. Quiero ser libre.
Algo oscuro cruzó el rostro de Silvain, algo que desapareció tan rápido que Aryanna casi creyó haberlo imaginado.
—La libertad es una ilusión que los ricos venden a los pobres. —Se alejó, regresando a su posición frente al ventanal—. Tienes comida, techo, un salario que la mayoría de la gente en este país no verá en años. ¿Qué más quieres?
Quiero no sentir que me estoy ahogando cada vez que respiro en esta casa. Quiero no despertarme preguntándome si mis pesadillas son reales. Quiero no sentir tus ojos sobre mí incluso cuando no estás en la habitación.
Pero no dijo nada de eso. Solo dio media vuelta y salió de la oficina antes de que las lágrimas que quemaban detrás de sus ojos pudieran caer.
El jardín oeste era el único lugar de la mansión donde Aryanna podía respirar.
Tal vez porque las cámaras de seguridad estaban más espaciadas aquí, o porque el muro de buganvilias que separaba esta sección del resto de los terrenos creaba una ilusión de intimidad. O tal vez simplemente porque el sonido del agua corriendo en la fuente de mármol ahogaba sus pensamientos lo suficiente para que pudiera fingir, por un momento, que era una persona normal en un lugar normal.
Estaba sentada en el borde de la fuente, con los dedos rozando la superficie del agua, cuando escuchó pasos en la grava.
—¿Siempre te escondes en jardines o es un hábito nuevo?
La voz era masculina, pero cálida, sin ese filo que Silvain parecía llevar incorporado en cada palabra. Aryanna levantó la vista y encontró a un hombre que no reconocía.
Treinta y tantos, calculó. Cabello castaño que necesitaba un corte hacía al menos dos semanas, despeinado de esa manera que sugería que se había pasado las manos por él varias veces ese día. Ojos café que la miraban con curiosidad genuina, no con esa intensidad depredadora que ya asociaba con los hombres de esta casa. Llevaba jeans desgastados, una camisa de trabajo azul con las mangas enrolladas hasta los codos, y cargaba un tubo de planos bajo el brazo.
—No me escondo —mintió Aryanna—. Solo... necesitaba aire.
El hombre sonrió, y fue como ver el sol después de semanas de tormenta.
—Entiendo perfectamente. Esta casa puede ser un poco abrumadora. —Extendió la mano—. Matías Orozco. Arquitecto. Me contrataron para remodelar el ala oeste.
Aryanna estrechó su mano, notando las callosidades en sus palmas, tan diferentes de las manos suaves y cuidadas de Silvain.
—Aryanna Salvatierr.
—Lo sé. —Matías se sonrojó ligeramente—. Quiero decir, Ana me mencionó que había alguien nuevo en la casa. No muchas personas duran mucho tiempo trabajando para Beaumont.
Había algo en la manera en que lo dijo, un tono de advertencia disfrazado de conversación casual, que hizo que Aryanna lo mirara más de cerca.
—¿Tú has trabajado para él antes?
—Primera vez. —Matías dejó los planos en el borde de la fuente y se sentó, manteniendo una distancia respetuosa—. Pero tengo amigos en el sector. Las historias que cuentan... —Se detuvo, como si hubiera dicho demasiado—. Perdón. No debería chismear sobre mi cliente.
—No, está bien. —Aryanna se sorprendió al darse cuenta de que quería que siguiera hablando, que siguiera siendo normal y cálido y real—. ¿Qué tipo de historias?
Matías la estudió por un momento, algo que podría haber sido preocupación cruzando su rostro.
—Nada concreto. Solo que es... exigente. Perfeccionista. Le gusta tener control sobre cada detalle. —Hizo una pausa—. ¿Cómo es trabajar para él?
Como estar en una jaula de oro donde las barras son tan hermosas que casi olvidas que no puedes salir.
—Interesante —dijo en su lugar.
Matías rio, un sonido genuino que hizo eco en el jardín.
—Esa es la respuesta más diplomática que he escuchado en mi vida.
Y entonces, por primera vez desde que había pisado esta mansión, desde que había enterrado a su madre, desde que había firmado su vida en esa línea punteada, Aryanna rio también.
Fue una risa pequeña, oxidada por el desuso, pero real. Y se sintió como la primera bocanada de aire después de estar bajo el agua demasiado tiempo.
No vio a Silvain observándolos desde la ventana de su oficina en el segundo piso, con los dedos apretados alrededor de una copa de whisky hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
La cena esa noche fue diferente.
Normalmente, Aryanna comía en la cocina con Ana, o en su habitación cuando el peso de la casa se volvía demasiado. Pero Laurent apareció a las siete en punto con instrucciones precisas: Monsieur Beaumont requería su presencia en el comedor privado.
El comedor privado resultó ser una habitación que Aryanna ni siquiera sabía que existía, escondida en el ala sur de la mansión. Más pequeña que el comedor principal, pero infinitamente más íntima. Una mesa para dos, vestida con mantel de lino blanco y velas que proyectaban sombras danzantes en las paredes forradas de madera oscura.
Silvain ya estaba allí, de pie junto a una ventana, con una copa de vino tinto en la mano. Se había cambiado el traje de negocios por algo más casual—si es que "casual" podía aplicarse a pantalones de vestir negros y una camisa blanca con los primeros dos botones desabrochados.
—Gracias por venir. —Su voz era suave, casi tentativa, tan diferente del acero de esa mañana que Aryanna se detuvo en seco.
—No parecía una invitación.
Silvain sonrió, pero esta vez había algo genuino en ella, algo que podría haber sido disculpa.
—Tienes razón. Debí preguntarte. —Dejó su copa y sacó una silla para ella—. ¿Cenarías conmigo, Aryanna? Por favor.
Ella debió haber dicho que no. Debió haber dado media vuelta y regresado a su habitación. Pero había algo en la manera en que la miraba, algo vulnerable escondido detrás de esos ojos azules que normalmente eran tan impenetrables, que la hizo quedarse.
Se sentó.
La cena fue elaborada—cordero asado con hierbas que Aryanna no podía pronunciar, vegetales que probablemente costaban más que su salario semanal anterior, vino que sabía a terciopelo líquido. Pero Silvain apenas tocó su plato. En su lugar, hablaba.
Habló de París, de crecer en una mansión aún más grande que esta, rodeado de sirvientes pero sin nadie que realmente lo viera. De construir su imperio desde cero después de que su padre lo desheredara por elegir tecnología sobre tradición familiar. De noches en oficinas vacías, de sacrificar todo—amistades, relaciones, cualquier pretensión de vida normal—por el éxito.
—¿Y valió la pena? —preguntó Aryanna, sorprendiéndose a sí misma con la pregunta.
Silvain la miró, y por un momento, solo por un momento, vio algo quebrado en él.
—No lo sé. —Sus dedos rozaron los de ella sobre la mesa, un toque tan ligero que podría haber sido accidental—. Hasta hace poco, habría dicho que sí. Pero últimamente... —Se detuvo, sus ojos buscando los de ella—. Tú eres la primera persona en años que me hace sentir... algo.
El aire entre ellos se espesó. Aryanna debió retirar su mano. Debió recordar los micrófonos, el contrato, la jaula dorada. Pero había vino en su sangre y velas proyectando sombras amables, y Silvain la miraba como si fuera algo precioso en lugar de algo poseído.
—Silvain...
—Dame una oportunidad. —Se puso de pie, rodeó la mesa, se arrodilló junto a su silla como un caballero de cuentos antiguos—. Déjame mostrarte lo que podría ser esto entre nosotros. Sin contratos, sin cláusulas. Solo tú y yo.
Su mano subió, ahuecando su mejilla con una ternura que contradecía todo lo que Aryanna sabía sobre él. Se inclinó más cerca, sus labios a centímetros de los de ella, su aliento cálido contra su piel.
Esto está mal. Esto es manipulación. Esto es...
Pero su cuerpo no escuchaba a su mente. Su pulso se aceleró, sus labios se entreabrieron, y por un segundo eterno, quiso cerrar esa distancia tanto como quería huir.
Silvain se detuvo justo antes de que sus labios se tocaran.
—No así. —Su voz era ronca, cargada de algo que sonaba peligrosamente como necesidad genuina—. No hasta que me desees tanto como yo te deseo.
Se puso de pie, dejando a Aryanna temblando en la silla, confundida y frustrada y odiándose a sí misma por ambas cosas.
—Buenas noches, Aryanna.
Y se fue, dejándola sola en una habitación llena de velas y preguntas sin respuesta.







