6

—No voy a servir esa cena.

Aryanna lo dijo antes de pensar si tenía derecho.

Seguía en el cuarto de servicio, con Silvain frente a ella, Isolde en la puerta y Laurent al fondo del corredor. La noticia de Céline Rousseau había dejado el aire cargado, como si alguien hubiera tirado vino sobre una herida abierta.

Silvain no apartó la mirada de su madre.

—Nadie le pidió que la sirviera.

Isolde soltó una risa baja.

—Qué protector. Casi conmovedor.

Aryanna giró hacia Silvain.

—No necesito que decida por mí.

—Esta vez no se trata de usted.

—Mentira.

La palabra salió seca. Todos la miraron.

Aryanna sintió el cansancio en los huesos, pero también algo más filoso. No llevaba ni una noche en la mansión y ya había una llave prohibida, una habitación equivocada, una madre que había llegado a medirla y una mujer llamada Céline que al parecer era lo bastante importante para tensarle la mandíbula a Silvain.

—No sé quién es ella —continuó Aryanna—, pero si su madre la trae para ponerme en mi lugar, entonces sí se trata de mí.

Isolde sonrió.

—No subestime su rapidez, señorita Salvatierra. Le va a servir aquí.

Silvain habló sin mirarla.

—Madre, vete.

—No has respondido.

—No pienso cenar con Céline.

—Eso deberías decírselo tú. No a mí.

—Lo haré.

Isolde se acomodó los guantes con una calma insultante.

—Perfecto. Entonces mañana todos disfrutaremos escuchándote.

Aryanna entendió que la cena no era una invitación. Era una trampa con cubiertos finos.

Silvain dio un paso hacia su madre.

—Si intentas usar a Aryanna...

—¿Aryanna? —repitió Isolde, saboreando el nombre—. Qué rápido se te cayó el apellido, hijo.

El silencio tuvo dientes.

Aryanna sintió calor en la nuca. No por vergüenza. Por rabia. Detestaba estar ahí, parada entre una madre y un hijo que parecían pelear con frases heredadas, convertida en prueba, error o capricho.

—No me use para humillarlo —dijo.

Isolde volvió a mirarla.

—¿Perdón?

—A mí no me importa qué le quiera demostrar a él. No soy una silla fuera de lugar ni un vestido mal elegido. Si quiere atacarlo, hágalo sin usarme de excusa.

Por primera vez, Isolde no respondió de inmediato.

Silvain sí la miró.

Había algo extraño en su rostro. No aprobación. No ternura. Algo más peligroso: interés herido.

Isolde bajó la mano.

—Qué admirable. Todavía cree que puede elegir en qué será usada.

Aryanna sostuvo la mirada.

—No. Pero puedo elegir si me quedo callada.

La sonrisa de Isolde regresó, más delgada.

—Entonces nos veremos mañana, señorita Salvatierra.

Silvain no se movió hasta que su madre se alejó por el corredor. Laurent la siguió unos pasos, no para escoltarla, sino para asegurarse de que realmente se fuera. Margot apareció al final del pasillo y desapareció casi al instante, como si hubiese decidido que aquella escena no era para personal doméstico, aunque todos allí supieran que ella la repetiría por dentro durante días.

Cuando quedaron solos, Aryanna tomó aire.

—No quiero la habitación azul.

Silvain cerró los ojos un segundo.

—No empiece otra vez.

—Voy a empezar las veces que haga falta. Si trabajo aquí, duermo donde corresponde.

—No.

—¿Porque su madre lo dijo?

—Porque alguien dejó una llave del ala norte en su ventana.

—Y usted cree que encerrarme en una habitación mejor soluciona eso.

—Creo que alejarla de los accesos del personal reduce riesgos.

—Qué forma tan elegante de decir que no confía en nadie de esta casa.

Silvain la miró.

—No confío en nadie.

La respuesta fue tan simple que Aryanna no supo si sentir miedo o lástima.

—No puede vivir así.

—Sí puedo.

—No. Puede funcionar así. No es lo mismo.

Silvain se quedó inmóvil.

La frase le llegó. Aryanna lo supo por la forma en que apartó la mirada hacia la pared desnuda del cuarto de servicio, como si ahí hubiera algo que le interesara de pronto.

Después habló con una calma áspera:

—Dormirá en la habitación azul esta noche. Mañana hablaremos de su asignación.

—¿Y si me niego?

—Entonces Bruno se quedará en este pasillo y no dormirá nadie.

Aryanna apretó los labios.

—Lo suyo no es negociar, ¿verdad?

—Lo mío es evitar daños.

—No. Lo suyo es decidir que solo usted entiende qué es daño.

Silvain dio un paso hacia ella. Esta vez Aryanna no retrocedió. Él se detuvo tan cerca que ella pudo ver la marca roja de la bofetada, todavía viva en su mejilla.

Usted lo golpeó, se recordó.

Y aun así él estaba ahí, mirándola como si la mano que le dolía fuera la de ella.

—Tiene razón —dijo él.

Aryanna odió esa frase en su boca.

—No la use si no piensa cambiar nada.

Silvain bajó la voz.

—Cambie usted algo primero.

—¿Qué?

—Deje de actuar como si cualquier cuidado fuera una cadena.

El golpe fue limpio.

Aryanna sintió ganas de responder con otra frase afilada, pero no encontró una que no sonara a defensa desesperada. Porque una parte de ella sí había convertido toda ayuda en sospecha. Porque en los últimos días, cada mano extendida traía un recibo pegado a la palma.

—No me cuide —dijo al final—. Respéteme. Es más difícil y ensucia menos.

Silvain no contestó.

Se hizo a un lado.

Aryanna salió del cuarto de servicio sin pedir permiso. Caminó hacia las escaleras con la espalda recta, aunque las piernas le temblaban. Subió sin mirar atrás. Pero lo sintió detrás de ella. No sus pasos. Su atención.

En la habitación azul, cerró la puerta con llave.

Luego se rió.

Una risa pequeña, amarga.

La llave de la puerta sí estaba ahí, del lado de adentro, como una concesión. La otra llave, la prohibida, la tenía Silvain en el bolsillo. La libertad siempre parecía venir incompleta en esa casa.

No durmió.

A las seis en punto, Margot tocó la puerta.

—Señorita Salvatierra.

Aryanna abrió con el uniforme en la mano.

Era gris oscuro, sencillo, sin adornos. No feo. Eso lo hacía peor. Había prendas diseñadas para humillar y otras diseñadas para borrar. Aquella pertenecía a la segunda categoría.

—¿Debo ponérmelo o viene alguien a verificar que lo haga bien?

Margot miró la cama intacta.

—No durmió.

—No venía en el contrato.

—Viene en el sentido común.

—No sabía que aquí lo usaban.

Margot no sonrió.

—Tiene quince minutos. El desayuno del señor Beaumont se sirve a las siete. Usted observará. No tocará la cafetera, no entrará sola a la despensa y no hará preguntas frente al personal.

Aryanna dejó el uniforme sobre la cama.

—¿Cuántos empleados hay?

—Los suficientes.

—Qué respuesta tan útil.

—En esta casa, saber nombres no significa tener aliados.

Aryanna se acercó al armario y sacó una blusa limpia.

—¿Usted lo es?

Margot tardó un segundo en responder.

—Yo soy la persona que le dirá cuando esté a punto de cometer un error visible.

—¿Y los invisibles?

Margot miró hacia el pasillo.

—Esos son los que suelen gustarle al señor Beaumont.

La puerta se cerró.

Aryanna se quedó quieta.

Después se puso el uniforme.

Le quedaba bien. Demasiado bien. Como si alguien hubiera sabido su talla antes de que ella llegara. No era una sorpresa. En esa casa, la información parecía llegar antes que las personas.

Bajó a las siete menos cinco.

El comedor principal tenía una mesa larga que habría podido sentar a veinte personas. Silvain estaba solo en un extremo, leyendo algo en una tableta. Llevaba camisa blanca, sin corbata. El saco descansaba en el respaldo de la silla. La marca de la bofetada era más tenue, pero seguía ahí.

Aryanna entró detrás de Margot con una bandeja de pan.

Silvain levantó la mirada.

La vio.

No al uniforme.

A ella dentro del uniforme.

Eso la molestó de una forma que no pudo nombrar.

Margot señaló una credenza.

—La bandeja ahí.

Aryanna obedeció.

Silvain dejó la tableta sobre la mesa.

—Buenos días.

Aryanna acomodó el pan con más fuerza de la necesaria.

—Buenos días, señor Beaumont.

El tratamiento formal hizo que él endureciera la boca.

Margot fingió no escuchar nada.

—Señor, la señora Isolde llamó a las seis treinta.

—No me interesa.

—Dijo que la señorita Rousseau llegará a las ocho.

Silvain se levantó.

—Dijo que llegaría a cenar.

—Dijo que cambió de planes.

Aryanna se quedó con la mano sobre la bandeja.

Ocho.

En menos de una hora.

Silvain miró a Margot.

—Prepara el salón pequeño. No el comedor.

—La señora Isolde solicitó...

—Mi madre no administra esta casa.

Margot bajó la cabeza.

—Sí, señor.

Aryanna se volvió hacia la salida.

—¿A dónde va? —preguntó Silvain.

—A trabajar.

—Desayune.

Margot se tensó.

Aryanna se giró despacio.

—No voy a sentarme en su mesa.

—No dije que en mi mesa.

—Qué alivio. Por un momento pensé que hoy también quería darle material a su madre.

Silvain se acercó lo justo para que Margot entendiera que debía salir.

La ama de llaves dudó.

—Margot —dijo él.

Ella se fue.

Aryanna y Silvain quedaron solos en el comedor demasiado grande.

—No servirá a Céline —dijo él.

—Ayer dijo que nadie me lo pidió.

—Hoy se lo estoy prohibiendo.

Aryanna soltó una risa.

—Qué rápido pasan las cosas aquí. Anoche era empleada, esta mañana soy secreto incómodo.

—No es un secreto.

—¿Entonces qué soy?

La pregunta no estaba planeada.

Silvain tampoco pareció esperarla.

Aryanna vio cómo la respuesta se formaba y se detenía en su boca. Por primera vez desde que lo conocía, Silvain Beaumont no tuvo una frase lista.

Eso dolió más de lo que debía.

—Ya veo —dijo ella.

—No.

—No se desgaste. Entendí.

Se dirigió hacia la puerta.

Silvain la tomó de la muñeca.

No fuerte. Nunca fuerte. Pero la detuvo.

Aryanna bajó la mirada a su mano.

—¿Otra vez?

Él la soltó de inmediato.

—Lo siento.

La disculpa cayó entre ambos como un objeto raro.

Aryanna no supo qué hacer con ella.

Silvain tampoco, al parecer.

—No quiero que Céline la use —dijo.

—No quiere que lo vea usándome usted.

Los ojos de Silvain se oscurecieron.

—No sabe nada de Céline.

—Sé que su madre cree que puede sentarla a la mesa para avergonzarme.

—Mi madre cree muchas cosas.

—¿Y Céline qué cree?

Silvain guardó silencio.

Aryanna asintió.

—Peor.

—No existe compromiso.

La frase fue rápida.

Demasiado rápida.

Aryanna lo miró.

—¿Existió?

Silvain no respondió.

La garganta de Aryanna se cerró un poco. No tenía derecho a sentir nada. No era su amante. No era su novia. No era nada, acababa de comprobarlo. Pero algo en ella se contrajo al imaginar a ese hombre, que la había llevado a su casa, que había decidido dónde debía dormir, que le curó la mano de rodillas, perteneciendo públicamente a otra mujer.

Qué estúpido.

Qué peligroso.

—No tengo que saberlo —dijo.

—Sí tiene.

—¿Por qué?

Silvain la miró con una intensidad que volvió pequeño el comedor.

—Porque mi madre va a intentar que lo sepa de la peor manera.

Una puerta se abrió a lo lejos.

Voces.

Margot hablando rápido.

Bruno respondiendo algo.

Silvain cerró los ojos un instante.

—Llegó temprano.

Aryanna dio un paso atrás.

—No me esconda.

—No es esconderla.

—Entonces déjeme trabajar.

—Aryanna...

—No me trajo aquí como invitada. No me vista ahora de excepción solo porque una mujer de su mundo cruzó la puerta.

Silvain la observó como si esa frase le hubiera dejado una marca nueva.

Antes de que pudiera responder, una voz femenina llegó desde el vestíbulo.

—Silvain, querido, tu casa sigue teniendo la pésima costumbre de parecer un mausoleo caro.

Céline Rousseau apareció en la entrada del comedor.

Era hermosa de una manera que no pedía permiso. Cabello oscuro, abrigo claro, labios pintados sin exceso, mirada inteligente. Detrás de ella, Margot parecía haber perdido una batalla de pasillo.

Céline miró primero a Silvain.

Luego a Aryanna.

No tardó ni medio segundo en entender que había interrumpido algo.

Sonrió.

—Qué recepción tan íntima.

Silvain habló con voz fría:

—Céline.

Ella entró sin esperar invitación. Se quitó los guantes dedo por dedo, igual que Isolde la noche anterior. Aryanna notó el parentesco de gesto aunque no de sangre.

Céline se detuvo frente a ella.

—Usted debe ser Aryanna.

Aryanna sostuvo la bandeja vacía contra el cuerpo.

—Sí.

—Céline Rousseau.

—Lo sé.

—Qué rápido corren las noticias en esta casa.

—No todas. Algunas las traen para que hagan daño.

La sonrisa de Céline se afinó.

Silvain dio un paso, pero no llegó a intervenir.

Céline miró la mano vendada de Aryanna, después la mejilla apenas marcada de Silvain.

—Interesante.

Aryanna apretó la bandeja.

—¿El desayuno, señor Beaumont? —preguntó Margot desde la puerta, desesperada por poner algo normal en medio.

Silvain no respondió.

Céline dejó los guantes sobre la mesa y miró a Aryanna como si acabara de encontrar una grieta deliciosa en una pared perfecta.

—Tranquila, Margot. Yo no vine por desayuno.

Aryanna sintió que la frase siguiente ya estaba cargada.

Céline inclinó apenas la cabeza y dijo:

—Vine a conocer a la mujer por la que Silvain rompió nuestro compromiso.

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