Mundo de ficçãoIniciar sessãoLuna Méndez está a punto de perder la única casa que le dejó su abuela cuando un accidente la cruza con Sebastián Del Valle, un multimillonario tan frío como poderoso. Él le hace una propuesta impensable: pagar su deuda a cambio de un matrimonio por un año. Lo que comienza como un contrato sin sentimientos pronto se convierte en un escándalo público, una guerra familiar por la herencia y un amor que ninguno planeó sentir. Entre secretos, traiciones y enemigos dispuestos a destruirlos, Luna y Sebastián descubrirán que el acuerdo que debía salvarlos… terminará cambiándolos para siempre.
Ler maisEl teléfono sonó a las tres de la tarde, justo cuando estaba cambiando el suero del paciente de la cama siete.
Nunca debí contestar.
—¿Señorita Méndez?
La voz del otro lado era masculina, neutra, sin una pizca de humanidad. De esas voces que no necesitan gritar para destrozarte la vida.
—Sí, soy yo.
—Le hablo del departamento legal del Banco Nacional. Llamo para informarle que el plazo para liquidar la deuda asociada a la propiedad de su abuela, María Elena Campos, vence en setenta y dos horas.
Setenta y dos horas.
Tres días.
El suero tembló en mi mano. Una gota de solución salina cayó al suelo de linóleo.
—No entiendo —mentí, porque sí entendía, lo entendía perfectamente, pero una parte de mí esperaba que aquello fuera un error, una broma macabra, cualquier cosa menos la verdad—. Mi abuela falleció hace tres meses. Yo... yo he estado pagando lo que puedo.
—Los pagos parciales no cubren el total de la deuda, señorita Méndez. Su abuela dejó un préstamo médico de cien mil dólares que usted avaló con la propiedad. Si no liquida el monto completo antes del viernes a las tres de la tarde, el banco procederá al embargo y la casa saldrá a subasta pública.
Avalé con la propiedad.
Esa frase me perseguiría durante años.
Recordé el día que firmé ese papel. Mi abuela acababa de recibir el diagnóstico. Un cáncer agresivo, de esos que no preguntan ni esperan. El médico habló de tratamientos costosos, de esperanzas limitadas, de meses que podían alargarse si pagábamos lo suficiente.
Yo tenía veintidós años, un sueldo de enfermera recién graduada y el corazón roto. El abogado del banco puso el documento delante de mí y dijo: "Es solo una formalidad, señorita. Para que su abuela pueda recibir el tratamiento."
Firmé.
Ahora ese papel me costaba la única casa que había conocido.
—Señorita Méndez, ¿sigue ahí?
—Sí —mi voz sonó como si viniera de muy lejos—. Sigo aquí.
—Le recuerdo que el plazo es improrrogable. Setenta y dos horas.
La llamada se cortó.
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El pasillo del hospital se alargaba ante mí como un túnel sin salida.
Había empezado el turno de tarde. Las luces fluorescentes parpadeaban ligeramente, como si el edificio también estuviera cansado. El olor a desinfectante y a vendas estériles se me metía en la nariz, un aroma que antes me parecía a hogar y que ahora solo me recordaba a todo lo que había perdido.
Cien mil dólares.
Podía repetir la cifra mil veces y seguiría sin encontrarle sentido. Mi sueldo de enfermera apenas alcanzaba para el alquiler del cuartucho donde vivía y para comer dos veces al día. Ahorrar era un lujo que no me podía permitir. Los pagos que había hecho al banco eran migajas, intentos desesperados de mantener a flote un barco que ya se estaba hundiendo.
Y entonces llegó la imagen.
No fue un recuerdo ordenado, sino una ráfaga que me golpeó sin avisar: el olor a canela y a jazmín en la cocina de la abuela. El sonido de su voz cantando aquel bolero viejo que tanto le gustaba. Sus manos arrugadas peinándome el pelo antes de dormir. Las tardes de lluvia viendo telenovelas en el sofá de flores descoloridas.
Esa casa no era solo una propiedad.
Era el único lugar del mundo donde alguien me había querido.
Mis padres murieron cuando yo tenía seis años. Un accidente de tráfico en una carretera mojada, una curva mal tomada, dos ataúdes cerrados porque los cuerpos quedaron irreconocibles. Mi abuela me recogió sin hacer preguntas, me puso un plato de sopa caliente delante y me dijo: "Aquí estarás siempre en casa, mi niña."
La abuela había cumplido su promesa.
El banco estaba a punto de romperla.
—¿Luna?
Parpadeé. Carla, mi compañera de turno, me miraba con el ceño fruncido desde la puerta de la sala de descanso. Llevaba el uniforme arrugado y una mancha de café en la solapa. Carla siempre estaba arrugada, siempre tenía manchas de café, y siempre, sin excepción, aparecía cuando yo estaba a punto de derrumbarme.
—Estás pálida —dijo—. ¿Malas noticias?
—Tengo que irme —respondí, guardando el teléfono en el bolsillo con dedos temblorosos—. Dile a la supervisora que ha surgido una emergencia familiar.
—¿Emergencia familiar? Luna, si necesitas...
—Gracias, Carla.
No dejé que terminara. Porque si me quedaba un segundo más, iba a romperme allí mismo, en medio del pasillo, rodeada de pacientes que necesitaban que alguien los cuidara.
Y yo ya no podía cuidar a nadie.
Ni siquiera a mí misma.
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Salí del hospital con el uniforme puesto.
El sol de la tarde me golpeó la cara como un insulto. La ciudad seguía funcionando a mi alrededor, ajena a mi desastre. Coches, peatones, el ruido de un autobús frenando en la esquina. Gente que iba a trabajar, que volvía a casa, que reía, que hablaba por teléfono.
Gente que no debía cien mil dólares.
Gente que no estaba a punto de perderlo todo.
Caminé sin rumbo. Las aceras estaban llenas, los semáforos cambiaban de color, mis pies se movían automáticos como si no me pertenecieran. La mente se me había quedado en blanco, ocupada solo por aquella cifra imposible y por el sonido de la voz del abogado repitiendo setenta y dos horas una y otra vez.
La casa de la abuela estaba al otro lado de la ciudad, en un barrio modesto de calles estrechas y vecinos que se conocían por el nombre. La última vez que había ido, después del funeral, me quedé sentada en el porche durante horas. No pude entrar. El olor a canela aún estaba allí, atrapado en las cortinas, y yo no tenía fuerzas para olerlo sin romperme.
Ahora el banco quería quitármelo todo.
¿Qué haría la abuela en mi lugar?
La respuesta llegó inmediata, con su voz cascada resonando en mi memoria: "Tú nunca te rindes, mi niña. Las Méndez no nos rendimos. Nos levantamos, nos sacudimos el polvo y seguimos andando."
Pero yo no podía levantarme.
El peso de la deuda era demasiado grande.
El dolor de haberla perdido aún estaba demasiado fresco.
Y entonces alcé la vista.
Había llegado a un cruce de calles anchas, con tráfico denso y el semáforo peatonal parpadeando en rojo. Los coches pasaban veloces, brillantes, indiferentes. Mi reflejo se proyectaba en las carrocerías pulidas: una mujer menuda, con el uniforme azul de enfermera, el pelo castaño recogido en una coleta descuidada y unas ojeras que contaban historias de insomnio.
El semáforo cambió a verde.
O eso creí.
Porque en realidad no miré.
Simplemente eché a andar.
El claxon me taladró los oídos. Chirrido de frenos. Un golpe seco, metálico, violento. El mundo giró sobre sí mismo y yo caí al asfalto, raspándome las palmas de las manos.
No me atropelló a mí.
El coche se desvió en el último segundo para esquivarme y se estrelló contra una farola.
Me quedé sentada en el suelo, con el corazón latiéndome en la garganta. La gente empezó a agruparse, a preguntar, a sacar teléfonos. El humo del motor se elevaba en espirales grises.
Y entonces la puerta trasera del vehículo se abrió.
De él salió el hombre más imponente que había visto en mi vida.
Traje gris impecable. Hombros anchos. Mandíbula cuadrada, afilada como el filo de un cuchillo. Y unos ojos verdes, intensos, que en ese momento me miraban como si quisieran reducirme a cenizas.
—¿Estás loca? —su voz era grave, cortante, furiosa—. ¡Podrías haberte matado! ¡Podrías habernos matado a nosotros!
Abrí la boca para responder.
Pero no me salió nada.
Porque aún no lo sabía, pero ese hombre no solo iba a cambiarme la vida.
Iba a comprarla.
El otoño llegó a la mansión con una suavidad que parecía hecha a medida. Las hojas de los árboles empezaban a teñirse de dorado y naranja, y el jardín, que durante el verano había sido un estallido de verdes, ahora se vestía con los colores de la despedida. Pero no era una despedida triste. Era una despedida que anunciaba un nuevo comienzo.El roble que habíamos plantado meses atrás ya había echado raíces profundas. Sus ramas, aún pequeñas, se mecían con el viento como si saludaran a todos los que pasaban. Don Ernesto, desde su silla de ruedas, lo observaba todas las mañanas con una sonrisa que no necesitaba palabras.—Crece rápido —dijo una mañana, mientras yo me sentaba a su lado con una taza de té.—Crece con nosotros —respondí.Él asintió, y su mirada se perdió en el horizonte.Los días pasaron y llegó aquel amanecer con una luz suave, como si el cielo supiera que esa mañana no necesitaba grandes anuncios. La mansión estaba en silencio, pero no era un silencio vacío. Era uno de qu
La noche cayó sobre la mansión con una suavidad que parecía hecha a propósito. El cielo estaba despejado, y las estrellas brillaban como pequeñas luciérnagas clavadas en la oscuridad. El jardín, que durante el día había sido testigo de risas y abrazos, ahora estaba en silencio, solo con el viento meciendo las ramas de los jazmines.Yo estaba en el salón, con Matías dormido en mis brazos y la mirada perdida en la chimenea. Sebastián no estaba a mi lado. Había salido hacía una hora, diciendo que necesitaba dar un paseo. No le pregunté adónde. Sabía que, en los últimos días, su abuelo había estado llamándolo a solas.—¿Dónde está el tío Sebastián? —preguntó Sofía, apareciendo en la puerta con su pijama de conejitos y los ojos soñolientos.—Está en el jardín, con el abuelo. —La tomé de la mano y la senté a mi lado—. ¿No deberías estar durmiendo?—No tengo sueño. —Apoyó la cabeza en mi hombro—. Tía Luna, ¿por qué el abuelo está hablando con todos? Parece como si estuviera haciendo una list
La mañana después de la boda amaneció con el cielo cubierto de nubes grises, como si el mundo también estuviera guardando silencio. El jardín, que ayer brillaba con flores y velas, hoy parecía más quieto, más íntimo. Los jazmines aún perfumaban el aire, pero su aroma era más suave, como si supieran que el día no era para celebraciones, sino para despedidas.Bajé las escaleras con Matías en brazos, y encontré a Don Ernesto ya en el salón, en su silla de ruedas, mirando por la ventana con una taza de té en las manos. Con una alegría como si aún no quisiera dejar atrás el día anterior.—Abuelo —dije, sentándome a su lado—. ¿No has dormido?—No mucho —respondió, sin girarse—. Pero necesitaba estar despierto. Hay cosas que quiero hacer antes de que el día avance.—¿Qué cosas?Se giró hacia mí, y sus ojos, aunque cansados, tenían una claridad que no les había visto antes.—Quiero hablar con cada uno de ustedes. A solas. ¿Me ayudas a organizarlo?Asentí, aunque un nudo se formó en mi gargant
El día amaneció con una luz dorada que parecía hecha a medida. No había una sola nube en el cielo, y el jardín de la mansión lucía como nunca, los jazmines en flor, rosas blancas adornaban los arcos, y el sendero de piedras estaba cubierto de pétalos blancos que Sofía había esparcido con la dedicación de una artista. El aroma a tierra mojada y a flores recién cortadas se mezclaba con el olor a pan recién horneado que venía de la cocina.Pero yo no veía nada de eso.Estaba en la habitación, frente al espejo del vestidor, con un vestido blanco sencillo sobre el cuerpo. No era un vestido de diseñador, no tenía cola de tres metros ni pedrería. Era un vestido de novia sencillo, de mangas largas y cintura alta, que abrazaba suavemente mi vientre aún sin abultar, pero que guardaba el secreto de la nueva vida que crecía en mi interior.Bajé la mano hasta rozar el tejido. Aún no se notaba, pero yo sabía que allí dentro había un latido diminuto. Otro pedazo de nosotros. Y hoy, de alguna manera,





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