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Silvain no alzó la voz. Nunca lo hacía. El peligro real nunca necesita gritar.

El amanecer llegó a la mansión Beaumont con una luz pálida que se filtró a través de las cortinas de gasa de la habitación trece, encontrando a Aryanna completamente despierta, con los ojos fijos en el techo mientras reproducía mentalmente cada segundo de la cena de la noche anterior. Las palabras de Silvain resonaban en su cerebro como un disco rayado: Veo todo lo que sucede en mi casa. Cada paso que das. Cada puerta que tocas.

Un golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos a las seis de la mañana en punto. Laurent entró sin esperar respuesta, portando una bandeja de plata con café humeante y un sobre de papel grueso color crema.

—Buenos días, señorita Salvatierr —dijo con su voz profesionalmente neutral—. El señor Beaumont solicita su presencia en su oficina a las siete. Las instrucciones de sus responsabilidades están en el sobre.

Dejó la bandeja sobre el escritorio y se marchó antes de que Aryanna pudiera articular un buenos días de respuesta. Ella se levantó de la cama con las piernas entumecidas por la falta de movimiento durante la noche y abrió el sobre con dedos temblorosos. La caligrafía era perfecta, cada letra formada con precisión casi obsesiva:

Querida Aryanna,

Tus responsabilidades comenzarán hoy. Cada mañana a las 6:00 AM prepararás mi oficina: encenderás la computadora, organizarás los documentos que haya dejado la noche anterior, prepararás café francés (las instrucciones están en la cocina con Ana). A las 7:00 AM me reportarás para recibir instrucciones adicionales del día. Tu presencia será requerida en reuniones de negocios cuando yo lo considere necesario.

Bienvenida a tu nueva vida.

S.B.

No había mención de tareas domésticas. Nada sobre limpiar, cocinar o cualquier otra función que una empleada doméstica normal realizaría. Aryanna leyó la nota tres veces, sintiendo cómo la comprensión se filtraba lentamente a través de la niebla de su confusión. Esto no era un trabajo de empleada doméstica. Era algo completamente diferente. Silvain la quería cerca. Constantemente. Bajo su vigilancia directa.

Se duchó rápidamente en el baño de mármol, vistiéndose con los mismos jeans y blusa del día anterior porque no tenía nada más. A las seis y media bajó a la cocina donde encontró a Ana preparando ingredientes para el desayuno con movimientos mecánicos y eficientes. La mujer le mostró la cafetera francesa importada y las instrucciones escritas a mano para preparar el café exactamente como Silvain lo prefería: fuerte, sin azúcar, en taza de porcelana blanca precalentada.

Aryanna siguió las instrucciones al pie de la letra, sintiendo los ojos de Ana clavados en su espalda durante todo el proceso. Cuando terminó, la cocinera asintió una vez con aprobación silenciosa antes de regresar a sus propias tareas.

La oficina de Silvain estaba exactamente como la recordaba: imponente, llena de libros caros y secretos mejor guardados. La computadora se encendió con una contraseña que Laurent le había proporcionado en un papel que luego le ordenó destruir. Los documentos esparcidos sobre el escritorio eran contratos en múltiples idiomas, reportes financieros con cifras que hacían que la cabeza de Aryanna diera vueltas, correspondencia con nombres que reconocía de las noticias internacionales.

Estaba organizando una pila de carpetas cuando Silvain entró a las siete en punto, vestido con un traje gris oscuro de tres piezas que probablemente costaba más que el salario anual que ella solía ganar. Su cabello negro estaba perfectamente peinado, su mandíbula recién afeitada, y olía a esa colonia cara que hacía que el estómago de Aryanna se retorciera con una mezcla de atracción y miedo.

—Buenos días, Aryanna —dijo con voz suave, cerrando la puerta detrás de él con un clic que sonó demasiado definitivo—. Veo que seguiste mis instrucciones.

—Buenos días, señor Beaumont —respondió ella, manteniendo distancia segura detrás del escritorio.

—Silvain —corrigió él, acercándose con pasos lentos—. Ya te lo dije. Aquí no somos tan formales.

Se detuvo frente a ella, tan cerca que Aryanna tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mantener contacto visual. La diferencia de altura entre ellos se sentía como una declaración física de poder desequilibrado.

—Sobre anoche —comenzó Silvain, y Aryanna sintió cómo su cuerpo se tensaba involuntariamente—. La habitación del segundo piso.

—Lo siento —se apresuró a decir Aryanna—. No debí haber subido allí. Fue invasivo y...

—Shh —Silvain levantó un dedo, casi tocando sus labios pero deteniéndose a milímetros—. No estoy enojado, Aryanna. Estoy decepcionado.

La palabra golpeó más fuerte que cualquier grito. Decepcionado. Como si ella hubiera traicionado una confianza que ni siquiera sabía que existía.

—Esa habitación contiene recuerdos muy dolorosos de mi pasado —continuó Silvain, y su voz adoptó una calidad melancólica que parecía genuina—. Cosas que pertenecieron a mis padres antes del accidente. No es que esté prohibida por razones siniestras. Es solo que... me duele demasiado entrar allí. Y cuando veo que alguien más intenta abrirla, siento como si estuvieran profanando algo sagrado.

Culpa. Aryanna sintió cómo la culpa se derramaba sobre ella como ácido, quemando cualquier justificación racional que hubiera tenido para su curiosidad. Él había perdido a sus padres. Ella acababa de perder a su padre y hermana. ¿Cómo podía ser tan insensible?

—Lo siento mucho —repitió, esta vez con lágrimas genuinas picándole los ojos—. No sabía. Si hubiera sabido...

—Ahora lo sabes —dijo Silvain, y su mano finalmente hizo contacto, rozando su mejilla con una ternura que hizo que el aliento de Aryanna se atascara en su garganta—. Y confío en que no volverá a suceder. ¿Verdad?

—Verdad —susurró Aryanna.

La sonrisa de Silvain fue como el sol saliendo después de una tormenta: cálida, tranquilizadora, completamente falsa si uno sabía dónde buscar las grietas.

—Bien. Ahora, hay trabajo que hacer.

Las siguientes horas pasaron en una nebulosa extraña donde Aryanna organizaba documentos mientras Silvain trabajaba en su computadora, el silencio entre ellos roto solo por el teclear de sus dedos y el ocasional comentario sobre dónde colocar ciertos archivos. Pero la tensión en el aire era palpable, eléctrica, como la calma antes de un rayo.

Cada vez que Aryanna se acercaba al escritorio para entregar documentos, Silvain encontraba una forma de rozar su mano. Accidental. Siempre accidental. Pero sucedía con demasiada frecuencia para ser coincidencia. Sus dedos se encontraban al intercambiar carpetas. Su brazo tocaba el de ella cuando se inclinaba para señalar algo en la pantalla. Su rodilla presionaba contra la pierna de Aryanna cuando ella se agachaba para recoger un papel que "accidentalmente" había caído al suelo.

Invasiones pequeñas de su espacio personal que Aryanna no sabía cómo rechazar sin parecer grosera o paranoica.

A las dos de la tarde, Silvain se recostó en su silla y la estudió con esos ojos azules penetrantes.

—Esta noche tengo una cena de negocios —anunció—. Te acompañarás como mi asistente personal.

—¿Yo? —Aryanna sintió pánico inmediato—. Pero no sé nada sobre tu negocio. No sabría qué decir o hacer.

—No necesitas decir nada —respondió Silvain con una sonrisa—. Solo necesitas estar presente. Lucir apropiada. Y seguir mis instrucciones.

Antes de que Aryanna pudiera protestar, Silvain levantó el teléfono y marcó un número.

—Laurent, necesito que lleves a la señorita Salvatierr al salón de Isabela en Polanco. Tratamiento completo: cabello, maquillaje, manicura. Y que se detenga en la boutique de Sofía en Masaryk. Dile que elija un vestido negro, elegante, talla... —sus ojos recorrieron el cuerpo de Aryanna de una forma que la hizo sentir desnuda— ...cuatro. Carga todo a mi cuenta.

Colgó antes de que Aryanna pudiera objetar.

—No puedes comprarme ropa —dijo ella, encontrando finalmente su voz—. Es... inapropiado.

—Eres mi representante en una reunión de negocios de alto nivel —respondió Silvain con tono que no admitía argumentos—. No puedes asistir vestida con... eso.

La forma en que miró sus jeans desgastados fue más humillante que cualquier insulto directo. Aryanna sintió calor subiendo a sus mejillas, vergüenza mezclándose con ira impotente.

—Vete —ordenó Silvain suavemente—. Laurent te está esperando.

El salón de Isabela resultó ser un templo de lujo donde mujeres con demasiado dinero y demasiado tiempo iban a ser transformadas en versiones mejoradas de sí mismas. Tres estilistas rodearon a Aryanna como cirujanos preparándose para una operación complicada, evaluando su cabello sin lavar, su piel sin maquillaje, sus uñas cortas y sin pintar.

La transformación duró cuatro horas. Lavaron su cabello con productos que olían a flores exóticas, aplicaron tratamientos que costaban más que su antiguo salario semanal, cortaron y peinaron hasta que las ondas naturales se convirtieron en cascadas sedosas de castaño brillante. El maquillaje fue aplicado con precisión de artista: sombras que hacían que sus ojos color miel parecieran más grandes, delineador que creaba la ilusión de misterio, labios pintados de un rojo oscuro que hacía que su boca pareciera pecaminosamente besable.

Cuando Aryanna se miró en el espejo, no reconoció a la mujer que la miraba de vuelta. Era hermosa de una manera que nunca había sido antes. Sofisticada. Pulida. Completamente diferente a la chica de la Colonia Roma que sobrevivía con ramen instantáneo y café aguado.

La boutique de Sofía en Avenida Masaryk fue aún más intimidante. Vestidos que costaban lo que Aryanna solía ganar en seis meses colgaban como obras de arte. La dueña, una mujer elegante de unos cincuenta años con acento español, la evaluó con ojos expertos antes de desaparecer en la trastienda.

Regresó con un vestido negro que parecía hecho de sombras líquidas. No era obsceno, pero dejaba muy poco a la imaginación: tirantes delgados, escote que mostraba justa cantidad de piel, falda que se ajustaba a sus curvas antes de caer en una cascada elegante hasta sus rodillas.

—El señor Beaumont tiene excelente gusto —comentó Sofía mientras ayudaba a Aryanna a ponerse el vestido—. Sabe exactamente cómo resaltar la belleza natural sin caer en vulgaridad.

Las palabras se sintieron como una invasión. Silvain había elegido este vestido sabiendo exactamente cómo se vería en su cuerpo. Había planeado su transformación con la misma precisión con que planeaba sus negocios.

Cuando regresó a la mansión a las siete de la noche, Silvain la esperaba en la sala con una copa de whisky en la mano. Se levantó cuando ella entró, y la forma en que sus ojos la recorrieron de pies a cabeza hizo que Aryanna sintiera calor explotando en su piel.

—Perfecta —murmuró, acercándose hasta que estuvo lo suficientemente cerca para que Aryanna pudiera contar cada pestaña oscura que enmarcaba esos ojos azules imposibles—. Absolutamente perfecta.

El restaurante Pujol era el tipo de lugar donde la elite de la Ciudad de México iba a ser vista tanto como a comer. Techos altos, iluminación tenue, mesas separadas por distancias estratégicas que permitían conversaciones privadas. El maître los recibió por nombre, guiándolos a una mesa donde dos hombres de traje ya esperaban.

—Silvain —saludó el mayor, un hombre de unos cincuenta años con cabello plateado y ojos que evaluaban todo con frialdad de tiburón—. Llegas tarde como siempre.

—El perfeccionismo requiere tiempo, Gerardo —respondió Silvain, su acento francés volviéndose más pronunciado—. Permíteme presentarte a mi asistente personal, Aryanna Salvatierr.

La forma en que dijo "asistente personal" hizo que ambos hombres sonrieran con un conocimiento implícito que hizo que el estómago de Aryanna se retorciera.

—Encantado —dijo Gerardo, tomando su mano y besando sus nudillos en un gesto que duró demasiado—. Silvain siempre ha tenido excelente gusto en... asistentes.

El segundo hombre, más joven, tal vez de treinta años, la observó con una intensidad que bordeaba lo obsceno.

—Muy afortunado, Beaumont. Si alguna vez necesita una oferta mejor, señorita Salvatierr...

—Ella está perfectamente satisfecha donde está —interrumpió Silvain con voz peligrosamente suave, su mano aterrizando posesivamente en la espalda baja de Aryanna—. ¿Verdad, querida?

No era una pregunta. Era una orden disfrazada de cariño.

—Sí —respondió Aryanna, porque no había otra respuesta aceptable.

La mano de Silvain permaneció en su espalda durante toda la cena. Una presencia constante que quemaba a través de la delgada tela del vestido. Cuando ella intentaba inclinarse hacia adelante, sus dedos presionaban suavemente, manteniéndola en su lugar. Cuando trataba de apartarse discretamente, su agarre se volvía más firme.

Posesión física disfrazada de cortesía.

La conversación giraba en torno a inversiones, acciones, adquisiciones corporativas que Aryanna no comprendía completamente. Ella comió en silencio, consciente de cada mirada, cada comentario apenas velado sobre su apariencia, cada sonrisa cómplice entre los hombres.

El viaje de regreso a la mansión sucedió en un Mercedes negro con interiores de cuero que olían a dinero y secretos. Silvain conducía con una mano en el volante, la otra descansando peligrosamente cerca del muslo de Aryanna. El silencio entre ellos era tan denso que casi tenía textura.

—¿Tienes novio, Aryanna? —La pregunta llegó de repente, cortando el silencio como un cuchillo.

Aryanna dudó un segundo demasiado largo.

—Sí —mintió, porque necesitaba alguna barrera, alguna forma de mantener distancia entre ella y este hombre que parecía decidido a consumirla por completo.

Silvain pisó el freno tan abruptamente que el cinturón de seguridad se clavó en el pecho de Aryanna. El auto se detuvo en el arcén de Periférico, rodeado de tráfico que pasaba a velocidades letales.

Se giró hacia ella, y la expresión en su rostro hizo que todos los instintos de supervivencia de Aryanna gritaran simultáneamente.

—Interesante —dijo con voz peligrosamente suave—. Porque según mi información exhaustiva sobre tu vida, has estado soltera los últimos ocho meses. Desde que tu último novio, Daniel Herrera, terminó contigo por mensaje de texto porque conseguiste un trabajo que requería más horas.

El aire abandonó los pulmones de Aryanna como si alguien hubiera golpeado su abdomen con un martillo.

—¿Por qué me mentirías sobre algo así? —continuó Silvain, inclinándose hacia ella hasta que sus rostros estuvieron separados por centímetros—. A menos que...

Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios. Triunfante. Depredadora.

—A menos que estés tratando de mantenerme alejado. Lo cual significa que ya sientes la atracción también. Significa que te asusta lo que podría pasar si bajas tus defensas. Significa que sabes exactamente lo que quiero de ti.

Sus ojos azules se clavaron en los de ella con la intensidad de un rayo láser.

—No te preocupes, Aryanna —susurró, su aliento mezclándose con el de ella en el espacio microscópico entre sus bocas—. Pronto no querrás mantenerme alejado. Pronto me suplicarás que te toque. Que te posea. Que te consuma hasta que no puedas recordar cómo era respirar sin mí.

Su mano se elevó, rozando la línea de su mandíbula con una ternura que contrastaba violentamente con sus palabras.

—Y cuando llegue ese momento, recordarás esta conversación. Recordarás que traté de advertirte. Que tuviste oportunidad de escapar. Pero elegiste quedarte. Elegiste ser mía.

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