Mundo ficciónIniciar sesión—Enséñeme la mano —dijo Silvain con una voz baja, firme, sin elevar el tono pero cargada de una autoridad que no dejaba espacio para interpretaciones suaves.
Aryanna cerró el puño con más fuerza, como si ese gesto pudiera borrar la existencia de la llave.
La llave le mordió la palma, pero no hizo ningún gesto. Silvain estaba en la entrada de la habitación azul, demasiado quieto, demasiado atento, como si pudiera escuchar el metal escondido entre sus dedos.
—No —respondió ella, sosteniendo la mirada, negándose a ceder incluso en lo más mínimo.
Él ladeó apenas la cabeza, observándola con una paciencia peligrosa.
—No fue una pregunta —añadió, con una calma que resultaba más intimidante que cualquier grito.
—Entonces se equivocó de cuarto para venir a dar órdenes —replicó Aryanna, cruzando los brazos como si eso pudiera protegerla.
La mirada de Silvain recorrió la ventana abierta, las cortinas agitadas por el viento, y volvió a ella. No parecía sorprendido. Eso fue lo que más la inquietó. Un hombre normal habría preguntado qué hacía una llave en el alféizar. Silvain Beaumont actuaba como si la casa acabara de confirmar una sospecha vieja.
Aryanna dio un paso atrás.
—Usted entró sin tocar —dijo, marcando cada palabra con intención.
—Toqué —respondió él sin alterarse.
—No esperó respuesta —insistió ella, elevando apenas el tono.
—Estaba de pie junto a una ventana abierta con algo en la mano —explicó él, como si eso justificara todo.
—¿Y eso le da derecho a entrar? —preguntó Aryanna, con incredulidad.
—Sí —contestó él, sin dudar.
—No —replicó ella, firme.
El aire quedó tenso.
Silvain cerró la puerta detrás de él.
El sonido del pestillo hizo que Aryanna enderezara la espalda.
—Abra esa puerta ahora mismo —ordenó ella, señalando con el mentón.
—No hasta que me dé la llave —respondió él, cruzándose de brazos.
—¿Qué llave? —preguntó Aryanna, fingiendo ignorancia con una sonrisa fría.
Él no sonrió. Ni siquiera fingió paciencia.
—Aryanna —dijo, pronunciando su nombre con una advertencia que le rozó la nuca.
Ella odió que su cuerpo reconociera ese tono antes que su orgullo.
—No sé de qué habla —respondió, sosteniendo la mentira.
—Sí sabe —replicó él, sin apartar la mirada.
—Entonces pregunte mejor —desafió ella.
Silvain avanzó un paso.
Ella retrocedió otro.
La habitación parecía enorme hasta que él entró. Ahora la cama, el escritorio, el armario y la ventana se habían convertido en muebles inútiles alrededor de una sola cosa: la distancia entre ambos.
—¿Quién se la dio? —preguntó él, con voz más baja.
—Nadie —respondió ella.
—¿La encontró? —insistió.
—Sí —dijo Aryanna.
—¿Dónde? —preguntó él.
—En la ventana —contestó, sin apartar la mirada.
Sus ojos se movieron hacia el alféizar.
—¿La tomó? —preguntó.
—No, me pareció decorativa —respondió ella con sarcasmo.
—Aryanna —repitió él, esta vez con un tono distinto.
La forma en que dijo su nombre no fue una amenaza. Fue cansancio. O algo parecido.
Ella abrió el puño lo suficiente para mostrar la llave.
La palma le ardía. Una línea roja atravesaba la piel donde el borde antiguo había presionado demasiado.
Silvain vio la herida antes que el objeto.
Su expresión cambió.
Fue mínimo. Un músculo en la mandíbula, un brillo seco en los ojos. Pero Aryanna lo notó.
—Está sangrando —dijo él, con una preocupación contenida.
—No se preocupe, no mancharé la alfombra —respondió ella con ironía.
—Si pretende hacerme enfadar, va tarde —replicó él.
—Si pretende hacerme sentir protegida, también —contestó ella.
Silvain extendió la mano.
—La llave —pidió.
Aryanna la sostuvo contra el pecho.
—No hasta que me diga qué abre —dijo con firmeza.
—No necesita saberlo —respondió él.
—Eso significa que sí necesito saberlo —replicó ella.
—No va a negociar conmigo en esto —dijo él.
—Entonces tome la llave —desafió Aryanna.
Silvain se acercó.
Aryanna levantó el mentón.
Él se detuvo a medio paso. Su cercanía no era un contacto, pero casi.
—Dámela —dijo él, más bajo.
—Tómela —respondió ella.
Silvain bajó la mirada a su mano cerrada. Luego levantó los ojos hacia los de ella.
—No me pida que le demuestre lo fácil que sería quitársela —advirtió.
—No me pida que finja que no lo sé —respondió ella.
Algo cruzó el rostro de Silvain.
Después le tomó la muñeca.
Aryanna intentó soltarse.
—Suélteme —dijo, tensando el brazo.
—Abra la mano —ordenó él.
—No —respondió ella.
—Está lastimada —insistió.
—No es asunto suyo —replicó.
—En mi casa, sí lo es —dijo él.
—Ese es el problema, señor Beaumont, usted cree que todo lo que ocurre bajo este techo le pertenece —dijo Aryanna con dureza.
Él la miró fijo.
—No todo —respondió.
La respuesta le cortó el aliento.
Silvain aprovechó su distracción y le abrió los dedos uno por uno.
La llave quedó sobre su palma herida.
Él no la tomó de inmediato.
—Margot dejó un botiquín en el baño —dijo.
—Qué bien, puede ir a buscarlo cuando salga —respondió ella.
Silvain tomó la llave y la guardó.
—Eso no era suyo —protestó Aryanna.
—Tampoco era suyo —respondió él.
—Pero apareció en mi ventana —insistió.
—Precisamente —dijo él.
—¿Qué abre? —preguntó ella.
Silvain soltó su muñeca.
—El ala norte —respondió.
—¿Y alguien dejó una llave del ala norte en mi ventana la primera noche que llego? —preguntó Aryanna con incredulidad.
—Sí —respondió él.
—Qué casa tan acogedora —ironizó.
—No es la casa —dijo él.
—¿Entonces quién? —preguntó ella.
Silvain no respondió.
La puerta se abrió.
—Señor —dijo Bruno.
—Revisa cámaras del jardín y pasillo exterior, quiero saber quién subió hasta esa ventana —ordenó Silvain.
—No hay cámara directa al alféizar —respondió Bruno.
—¿Por qué? —preguntó Silvain.
—Se desactivó mantenimiento del lado oeste esta tarde —explicó.
—Qué conveniente —murmuró Aryanna.
—Muy conveniente —repitió Bruno.
—Nadie entra al ala norte, nadie se acerca a esta habitación, quiero guardia en el corredor —ordenó Silvain.
—No —intervino Aryanna.
—No le estoy preguntando qué quiere —respondió él.
—Pues debería empezar, firmé un contrato de trabajo, no una sentencia —replicó ella.
—Alguien acaba de dejarle una llave prohibida en la ventana —dijo él.
—Y su respuesta es ponerme vigilancia —respondió ella.
—Mi respuesta es impedir que la usen —dijo él.
—¿Usen para qué? —preguntó.
—Para abrir algo que no debe tocar —respondió.
—¿Algo o alguien? —insistió ella.
Silvain se quedó en silencio.
—Es suficiente por esta noche —dijo él.
—No para mí —respondió ella.
—Sobrevivirá a no saberlo todo hasta mañana —dijo él.
—Estoy harta de hombres que deciden cuánto puedo saber de mi propia vida —dijo Aryanna.
Silvain la miró.
—Bruno, afuera —ordenó.
Luego fue por el botiquín.
—Siéntese —dijo.
—No —respondió ella.
—Hágalo por su mano —insistió.
—Qué habilidad tiene para hacer que todo parezca razonable después de invadir —dijo ella.
—Y usted tiene una habilidad notable para sangrar con dignidad —respondió él.
—¿Eso fue una burla? —preguntó.
—Fue una observación —dijo él.
—No me observe —respondió ella.
—No puedo prometer eso —dijo él.
Aryanna se sentó.
Silvain se arrodilló.
—No haga eso —dijo ella.
—No le estoy rindiendo homenaje —respondió él.
—Se nota —dijo ella.
—Pero tampoco voy a curarla desde arriba —añadió.
Le limpió la herida.
—Duele poco —dijo él.
—Gracias por explicarle a mi mano cómo debe sentirse —respondió ella.
—Cuando algo duele poco, usted reacciona como si doliera mucho, cuando algo duele mucho, no hace ningún ruido —dijo él.
—No me conoce —respondió ella.
—Estoy intentando aprender —dijo él.
—No soy una de sus propiedades antiguas para restaurar —dijo ella.
—Las propiedades antiguas suelen admitir mejor sus grietas —respondió él.
—¿Así seduce a todas? —preguntó ella.
—Yo no la estoy seduciendo —respondió él.
—Pues qué alivio —dijo ella.
—Si lo hiciera, no tendría dudas —añadió él.
—No vuelva a decirme algo así —dijo ella.
—Entonces no vuelva a preguntarme algo que no quiere oír —respondió él.
—Usted no me gusta —dijo ella.
—Lo sé —respondió él.
—No me atrae —añadió.
—Eso no lo sabe —dijo él.
Aryanna lo abofeteó.
—No vuelva a provocarme así —susurró.
—Si quisiera provocarla, no usaría palabras —respondió él.
La puerta se abrió.
—Señor Beaumont —dijo Margot.
—¿Qué ocurre? —preguntó él.
—La señora Isolde llegó —dijo ella.
—No estaba prevista —respondió él.
—Dice que sabe que la señorita Salvatierra ya está aquí —añadió Margot.
—Dígale que mañana —ordenó él.
—Pidió que bajen ambos —dijo Margot.
—¿Ambos? Ni siquiera la conozco —dijo Aryanna.
—No tiene que bajar —dijo él.
—Si me quedo aquí, parecerá que tengo miedo —respondió ella.
—No me preocupa lo que parezca —dijo él.
—A mí sí —respondió ella.
Silvain la miró.
—Entonces escúcheme bien, mi madre no vino a conocerla, vino a medir cuánto tendría que romperle para que usted misma me pida irse —dijo con una calma peligrosa.







