—No rompió nada por mí.
Aryanna habló antes de que Silvain pudiera hacerlo.
Céline Rousseau seguía de pie junto a la mesa del comedor, con los guantes claros sobre la madera pulida y una sonrisa demasiado fina para ser sincera. Margot, en la puerta, parecía sostener la respiración. Silvain no se movió, pero la forma en que miró a Aryanna habría bastado para detener a alguien más prudente.
Ella no era prudente esa mañana.
Estaba cansada, sin dormir, con una venda en la mano, un uniforme que le qu