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La camioneta del forense olía a café quemado y muerte cuando se llevó los cuerpos de papá y Sofía.
Aryanna Salvatierr permaneció de pie en la acera de la Colonia Roma, observando cómo el vehículo blanco desaparecía entre el tráfico caótico de la Ciudad de México. Sus manos temblaban con violencia contenida mientras apretaba el teléfono contra su pecho, como si el dispositivo pudiera de alguna manera anclarla a una realidad que se desmoronaba segundo a segundo. El aire de la tarde olía a smog y tacos de carnitas del puesto de la esquina, una normalidad obscena que contrastaba con el hecho de que su mundo acababa de explotar en mil pedazos.
Cuarenta y ocho horas antes, su padre y su hermana menor habían salido rumbo a Cuernavaca para visitar a la tía Elvira. Cuarenta y ocho horas antes, Aryanna les había dicho que no podía acompañarlos porque tenía que trabajar el fin de semana. Cuarenta y ocho horas antes, su última conversación con Sofía había sido una discusión estúpida sobre quién había tomado su cargador de teléfono.
Ahora, los dos descansaban en bolsas negras de plástico dentro de la morgue del Hospital San Marcos, esperando a que alguien pagara por el privilegio de enterrarlos con dignidad.
La operadora del seguro había sido clara como el cristal: la póliza había vencido hacía dos meses. Ni un solo peso de cobertura. Aryanna había escuchado las palabras con una calma antinatural, como si estuviera flotando a tres metros de su propio cuerpo, observando a una extraña recibir la peor noticia de su vida con los ojos secos y la voz monótona.
Subió las escaleras del edificio de departamentos donde había vivido toda su vida. Cada escalón crujía con familiaridad, un sonido que antes la había reconfortado y que ahora parecía burlarse de su desgracia. La pintura verde desconchada de las paredes, los grafitis del tercer piso, el olor a comida y humedad que se filtraba por debajo de cada puerta, todo le recordaba lo lejos que estaba de poder resolver esta pesadilla con sus propios recursos.
Abrió la puerta del departamento 4-B con la llave que colgaba de un llavero en forma de corazón que Sofía le había regalado en su último cumpleaños. La sala estaba a oscuras a pesar de que apenas eran las cinco de la tarde. Su madre, Camila Salvatierr, permanecía sentada en el mismo lugar donde Aryanna la había dejado esa mañana: el sofá de tela desgastada frente a la televisión apagada, con la mirada perdida en algún punto infinito de la pared blanca.
—Mamá —dijo Aryanna con voz suave, acercándose con pasos cuidadosos—. Tenemos que hablar sobre el funeral. Necesito que me ayudes a tomar algunas decisiones.
Nada. Ni un parpadeo. Ni un movimiento. Camila se había apagado como una vela sofocada por falta de oxígeno. La mujer que había sido el centro gravitacional de esta familia, la que siempre tenía una solución para todo, la que hacía milagros con cien pesos y una lata de frijoles, ya no existía. En su lugar quedaba este cascarón vacío que respiraba por pura inercia biológica.
Aryanna se arrodilló frente a ella, tomó sus manos frías entre las suyas y apretó con fuerza, buscando alguna señal de vida detrás de esos ojos vidriosos.
—Por favor, mamá. Te necesito. No puedo hacer esto sola.
Silencio. Un silencio tan denso que Aryanna podía escuchar el latido frenético de su propio corazón, el rumor del tráfico en la calle, el televisor del vecino transmitiendo alguna telenovela de horario estelar.
Se levantó con las rodillas temblando y caminó hacia la cocina. El refrigerador la recibió con su zumbido patético y su interior casi vacío: un cartón de leche vencido, media cebolla envuelta en papel aluminio, tres huevos y la vergüenza cristalizada de no haber ido al supermercado en dos semanas porque cada peso contaba. Su salario como asistente administrativa en el consultorio dental del Doctor Ramírez apenas alcanzaba para mantener las luces encendidas y la renta pagada. Los ahorros que había acumulado durante tres años se habían evaporado en la cuota inicial del ataúd más barato que la funeraria Jardines del Recuerdo había podido ofrecerle.
Necesitaba veinticinco mil pesos más para cubrir el funeral completo. La hipoteca del departamento estaba vencida por dos meses: otros dieciocho mil pesos que el banco cobraría con intereses que crecían como hongos venenosos. Y ni siquiera quería pensar en las facturas de luz, agua, gas, que se acumulaban sobre la mesa del comedor como recordatorios físicos de su incompetencia para mantener a flote lo que quedaba de su familia.
El teléfono vibró en su bolsillo con la insistencia de una avispa atrapada. Aryanna lo sacó esperando otro mensaje del banco, otra amenaza amable disfrazada de "recordatorio de pago". Pero en lugar de eso, la pantalla mostraba un correo electrónico de un remitente desconocido.
Asunto: Oferta de empleo - Compensación inmediata - Confidencial
Sus dedos temblaron mientras abría el mensaje. La dirección de correo era genérica, sin ninguna firma corporativa reconocible, pero el contenido hizo que su respiración se detuviera en seco.
Estimada Srta. Salvatierr:
Nuestra empresa está buscando personal de confianza para trabajar en residencia privada ubicada en Bosques de las Lomas. El puesto de asistente doméstica requiere disponibilidad inmediata, discreción absoluta y residencia en las instalaciones de la propiedad.
La compensación mensual es de $50,000 pesos, más alojamiento, alimentación y beneficios adicionales incluidos.
Si está interesada en esta oportunidad, solicitamos su asistencia a entrevista personal mañana a las 10:00 AM en la dirección adjunta.
Cordialmente, Laurent Dubois Administrador de Residencia Beaumont
Cincuenta mil pesos. Aryanna leyó la cifra tres veces, luego cuatro, luego cinco, convenciéndose de que sus ojos agotados no estaban jugándole una broma cruel. Eso era más del triple de lo que ganaba actualmente. Con ese dinero podría pagar el funeral, la hipoteca, llenar el refrigerador y tal vez, solo tal vez, convencer a su madre de que valía la pena seguir respirando.
Pero algo en el correo olía mal. Demasiado conveniente. Demasiado perfecto. Demasiado justo en el momento exacto en que más lo necesitaba. ¿Cómo habían conseguido su información de contacto? ¿Por qué ella específicamente? ¿Por qué ahora?
Todas las alarmas en su cerebro gritaban que esto era una trampa. Una e****a elaborada. Tal vez tráfico de personas disfrazado de oportunidad laboral. México estaba lleno de historias de mujeres jóvenes que desaparecían después de responder a ofertas de empleo demasiado buenas para ser verdad.
Pero entonces miró hacia la sala, donde su madre seguía congelada en el tiempo, y pensó en el ataúd de pino donde su padre descansaría si no conseguía dinero antes del viernes. Pensó en Sofía, quien había muerto a los diecisiete años sin haber tenido la oportunidad de vivir nada todavía. Pensó en las facturas, en el banco, en el refrigerador vacío, en todas las formas en que la vida se había confabulado para asfixiarla lentamente.
Sus dedos se movieron antes de que su mente racional pudiera detenerlos.
Asistiré mañana a las 10:00 AM. Gracias por la oportunidad.
Presionó enviar y el mensaje desapareció en el éter digital, sellando un destino que aún no comprendía.
Al otro lado de la ciudad, en una mansión de tres pisos rodeada de jardines que costaban más mantener que el salario anual de diez familias, Silvain Beaumont leía el mismo correo electrónico con una copa de vino tinto en la mano. La pantalla de su laptop proyectaba un resplandor azulado sobre su rostro angular, acentuando la sonrisa lenta y peligrosa que se dibujaba en sus labios.
Laurent Dubois, su administrador de confianza, permanecía de pie junto al escritorio con las manos entrelazadas detrás de la espalda, esperando instrucciones con la paciencia de quien había aprendido hacía mucho tiempo que algunos hombres necesitaban tiempo para saborear sus victorias antes de articular sus siguientes movimientos.
—Respondió —dijo Silvain finalmente, con un acento francés apenas perceptible que hacía que cada palabra sonara como una caricia y una amenaza simultáneamente—. Más rápido de lo que esperaba.
—La desesperación acelera la toma de decisiones —respondió Laurent con voz neutral—. Especialmente cuando las alternativas son inexistentes.
Silvain tomó un sorbo lento de vino, saboreando el líquido como si fuera la anticipación misma. Había pasado tres semanas planeando esto. Tres semanas investigando cada detalle de la vida de Aryanna Salvatierr. Su trabajo mal pagado. Sus deudas crecientes. Su familia disfuncional. Y luego, como un regalo del destino mismo, el accidente que había convertido sus problemas financieros en una crisis existencial.
No había sido difícil asegurarse de que el seguro no cubriera los gastos funerarios. Una llamada estratégica a la compañía aseguradora, un pequeño "olvido" en el sistema de renovación automática, y voilà. La trampa estaba lista.
—Prepara todo para mañana —dijo Silvain, cerrando la laptop con un clic definitivo—. Quiero que la experiencia sea... perfecta. Acogedora. Segura. Que sienta que ha encontrado la salvación cuando cruce esa puerta.
—¿Y después? —preguntó Laurent, aunque ya conocía la respuesta.
La sonrisa de Silvain se ensanchó, revelando dientes blancos perfectos que parecían los de un depredador a punto de cerrar sus mandíbulas sobre una presa.
—Después, la haré mía. Lenta, meticulosamente, hasta que no pueda recordar cómo era la vida antes de mí.
Se levantó de su silla, caminó hacia el ventanal que daba a los jardines iluminados artificialmente y levantó su copa hacia la noche estrellada de la Ciudad de México.
—Bienvenida a tu nueva vida, Aryanna —murmuró al reflejo de su propio rostro en el cristal—. Espero que hayas dormido bien esta noche. Será la última vez que lo hagas sin pensar en mí.







