—Que nadie toque esa libreta.
La orden de Silvain cortó el comedor antes de que alguien pudiera respirar.
Aryanna estaba en la entrada, con el cuaderno de Emilia apretado contra el pecho y la frase aún ardiendo en el aire.
Si algo nos pasa, no fue accidente.
Lucien no parecía sorprendido. Isolde sí, aunque lo escondió detrás de una sonrisa fina. Laurent había bajado la mirada. Ese gesto fue el que más le dolió a Aryanna. La culpa de un desconocido se reconocía más fácil que cualquier confesión.