La camioneta del forense olía a café quemado y muerte cuando se llevó los cuerpos de papá y Sofía.Aryanna Salvatierr permaneció de pie en la acera de la Colonia Roma, observando cómo el vehículo blanco desaparecía entre el tráfico caótico de la Ciudad de México. Sus manos temblaban con violencia contenida mientras apretaba el teléfono contra su pecho, como si el dispositivo pudiera de alguna manera anclarla a una realidad que se desmoronaba segundo a segundo. El aire de la tarde olía a smog y tacos de carnitas del puesto de la esquina, una normalidad obscena que contrastaba con el hecho de que su mundo acababa de explotar en mil pedazos.Cuarenta y ocho horas antes, su padre y su hermana menor habían salido rumbo a Cuernavaca para visitar a la tía Elvira. Cuarenta y ocho horas antes, Aryanna les había dicho que no podía acompañarlos porque tenía que trabajar el fin de semana. Cuarenta y ocho horas antes, su última conversación con Sofía había sido una discusión estúpida sobre quién h
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