—Enséñeme la mano —dijo Silvain con una voz baja, firme, sin elevar el tono pero cargada de una autoridad que no dejaba espacio para interpretaciones suaves.Aryanna cerró el puño con más fuerza, como si ese gesto pudiera borrar la existencia de la llave.La llave le mordió la palma, pero no hizo ningún gesto. Silvain estaba en la entrada de la habitación azul, demasiado quieto, demasiado atento, como si pudiera escuchar el metal escondido entre sus dedos.—No —respondió ella, sosteniendo la mirada, negándose a ceder incluso en lo más mínimo.Él ladeó apenas la cabeza, observándola con una paciencia peligrosa.—No fue una pregunta —añadió, con una calma que resultaba más intimidante que cualquier grito.—Entonces se equivocó de cuarto para venir a dar órdenes —replicó Aryanna, cruzando los brazos como si eso pudiera protegerla.La mirada de Silvain recorrió la ventana abierta, las cortinas agitadas por el viento, y volvió a ella. No parecía sorprendido. Eso fue lo que más la inquietó.
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