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La cantera todavía guardaba el calor del día en sus poros, como si la piedra hubiera decidido recordar el sol mucho después de que el sol se marchara. Aryanna puso la palma de la mano sobre el marco de la ventana recién abierta en el muro norte del corredor, y durante un momento no dijo nada, porque no había nada que pudiera decirse sin que sonara insuficiente.

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