Mundo ficciónIniciar sesiónLa mansión Beaumont no era una casa. Era una declaración de guerra contra la idea misma de la modestia.
Aryanna descendió del taxi frente a las puertas de hierro forjado que se elevaban hacia el cielo como los barrotes de una jaula demasiado hermosa para ser reconocida como prisión. El conductor, un hombre de unos sesenta años con arrugas profundas alrededor de los ojos, la observó a través del espejo retrovisor con una expresión que oscilaba entre la envidia y algo que se parecía peligrosamente a la lástima.
—¿Segura que este es el lugar correcto, mija? —preguntó con voz rasposa, como si el humo de mil cigarrillos hubiera pulido sus cuerdas vocales hasta dejarlas ásperas—. Este tipo de casas... a veces las personas que entran no salen de la misma forma.
Aryanna sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral, pero lo ignoró con la determinación de quien ya había tomado una decisión y no podía permitirse el lujo de cuestionarla. Revisó la dirección en la pantalla de su teléfono por quinta vez desde que había salido de su departamento en la Colonia Roma. El número coincidía perfectamente con la placa de bronce pulido que brillaba junto a las puertas: Residencia Beaumont.
—Sí, es aquí —respondió con más seguridad de la que realmente sentía.
Pagó la tarifa y se bajó del vehículo antes de que su instinto de supervivencia pudiera convencerla de huir. El taxista le extendió una tarjeta arrugada a través de la ventanilla, sus ojos oscuros cargados con una advertencia silenciosa que Aryanna no supo cómo interpretar.
—Si necesitas que te recoja después, guarda mi número. Cualquier hora, cualquier día.
Aryanna tomó la tarjeta y la guardó en el bolsillo de su pantalón negro, el único presentable que poseía después de años de sobrevivir con un guardarropa minimalista. El taxi se alejó dejando una estela de humo grisáceo que se disolvió rápidamente en el aire limpio de Bosques de las Lomas, uno de los vecindarios más exclusivos de la Ciudad de México.
Las puertas se abrieron automáticamente cuando Aryanna se acercó, como si la casa supiera exactamente quién era y la hubiera estado esperando con la paciencia de un depredador que conoce el momento exacto en que su presa caerá en la trampa. El camino de grava blanca crujió bajo sus zapatos gastados mientras avanzaba hacia la entrada principal, flanqueada por jardines tan perfectamente mantenidos que parecían salidos de las páginas de una revista de arquitectura europea. Ni una sola hoja fuera de lugar. Ni una flor marchita. Todo controlado, medido, dominado hasta el último milímetro.
La mansión se elevaba ante ella con tres pisos de arquitectura moderna mezclada con toques clásicos franceses. Ventanales enormes reflejaban el cielo nublado de la mañana, convirtiendo la fachada en un espejo que devolvía la imagen de Aryanna multiplicada, distorsionada, como un presagio de las muchas versiones de sí misma que tendría que habitar en este lugar.
La puerta principal se abrió antes de que pudiera tocar el timbre. Un hombre de aproximadamente cincuenta años, vestido con un traje gris impecable que probablemente costaba más que todo lo que Aryanna poseía, la recibió con una sonrisa profesional que no alcanzaba sus ojos grises y calculadores.
—Señorita Salvatierr, bienvenida —dijo con voz suave pero autoritaria, el acento francés apenas perceptible en su español perfecto—. Soy Laurent Dubois, administrador de la residencia Beaumont. El señor Beaumont la está esperando en su oficina. Por favor, sígame.
Aryanna cruzó el umbral y el mundo exterior desapareció detrás de ella con un clic definitivo que sonó como el cerrojo de una celda. El interior era aún más impresionante que la fachada. Pisos de mármol italiano en tonos grises y blancos reflejaban la luz que entraba por los ventanales, creando la ilusión de caminar sobre nubes congeladas. Un candelabro de cristal colgaba del techo del vestíbulo, sus miles de prismas refractando la luz en arcoíris diminutos que danzaban sobre las paredes. Una escalera amplia de mármol y herrería dorada subía hacia el segundo piso, donde Aryanna podía ver más pasillos, más puertas, más espacios vacíos esperando ser llenados con secretos.
—¿Cuántas personas viven aquí? —preguntó Aryanna mientras seguía a Laurent por un pasillo interminable decorado con obras de arte que probablemente valían más que el departamento donde había crecido.
—Solo el señor Beaumont —respondió Laurent sin voltear, sus pasos resonando con precisión militar sobre el mármol—. De ahí la necesidad de personal doméstico confiable.
Una sola persona. En una mansión que podría albergar cómodamente a cincuenta. Aryanna sintió el primer escalofrío real de miedo recorrer su espalda, pero lo empujó hacia el fondo de su mente junto con todas las otras señales de alarma que había estado ignorando desde que respondió ese correo electrónico.
Se detuvieron frente a una puerta de madera de nogal oscuro con detalles tallados a mano. Laurent tocó dos veces con los nudillos, un sonido seco que resonó como un veredicto.
—Señor Beaumont, la señorita Salvatierr ha llegado.
—Hazla pasar.
La voz que emergió del otro lado de la puerta era grave, modulada, con un acento francés más pronunciado que el de Laurent pero igualmente fluido en español. Cada palabra sonaba como si hubiera sido elegida cuidadosamente de un diccionario de seducciones peligrosas, diseñada para acariciar y amenazar simultáneamente.
Laurent abrió la puerta y Aryanna entró en lo que solo podía describirse como el estudio de un rey moderno. Estanterías de piso a techo cargadas con libros en múltiples idiomas cubrían dos paredes completas. Un escritorio de caoba maciza dominaba el centro del espacio, con una laptop cerrada y una copa de cristal que contenía un líquido ámbar. Pero nada de eso importó cuando Aryanna vio al hombre que estaba de pie junto al ventanal, de espaldas a ella, con las manos entrelazadas detrás de su cuerpo.
Cuando Silvain Beaumont se giró, el aire abandonó los pulmones de Aryanna como si alguien hubiera golpeado su pecho con un martillo invisible.
No era simplemente guapo. Era devastador de una manera que hacía que todas las alarmas evolutivas en el cerebro femenino gritaran dos mensajes contradictorios simultáneamente: huye de este depredador y reprodúcete con él antes de que sea demasiado tarde. Medía fácilmente un metro ochenta y cinco, con hombros anchos que llenaban perfectamente el traje gris oscuro de tres piezas que usaba como si hubiera nacido vistiendo alta costura. Su cabello negro estaba peinado hacia atrás con gel discreto, revelando una frente amplia y pómulos tan afilados que podrían cortar cristal. Pero fueron sus ojos los que detuvieron el corazón de Aryanna: azules tan claros que parecían transparentes, como hielo iluminado desde dentro, bordeados por pestañas oscuras que no tenían derecho a existir en un rostro masculino.
Y la forma en que la miraba. Dios, la forma en que la miraba. Como si ya la conociera íntimamente. Como si hubiera estado esperándola toda su vida. Como si ella ya le perteneciera y solo faltara que Aryanna se diera cuenta de esa verdad fundamental.
—Señorita Salvatierr —dijo Silvain, caminando hacia ella con movimientos calculados que recordaban a un felino acercándose a su presa—. Gracias por venir con tan poca anticipación.
Extendió su mano. Aryanna la estrechó, y el contacto fue como tocar un cable eléctrico. Los dedos de Silvain eran fríos, firmes, y se quedaron sosteniendo su mano exactamente dos segundos más de lo socialmente apropiado, sus ojos azules estudiando cada milímetro de su rostro como si estuviera memorizando los detalles para un examen futuro.
—Gracias por la oportunidad, señor Beaumont —logró decir Aryanna, sorprendida de que su voz sonara casi normal.
—Silvain —corrigió él con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Aquí no somos tan formales. Por favor, siéntate.
Aryanna se sentó en la silla de cuero frente al escritorio de caoba, sintiendo cómo el mueble parecía tragársela con su tamaño imponente. Silvain rodeó el escritorio con pasos lentos y se acomodó en su silla ejecutiva, entrelazando sus dedos sobre la superficie pulida mientras la estudiaba con una intensidad que hacía que Aryanna se sintiera desnuda a pesar de estar completamente vestida.
—Antes de continuar con los detalles del puesto, necesito hacerte una pregunta —dijo Silvain, inclinándose ligeramente hacia adelante—. ¿Por qué necesitas este trabajo con tanta urgencia?
La pregunta la tomó completamente desprevenida. Aryanna dudó, calculando mentalmente cuánto debía revelar, cuánta vulnerabilidad podía mostrar sin convertirse en presa fácil.
—Tengo... gastos inesperados que necesito cubrir —respondió con cuidado, eligiendo cada palabra como si caminara sobre vidrios rotos.
—Lo sé —dijo Silvain con una calma brutal que hizo que el estómago de Aryanna se retorciera en nudos—. Sé sobre tu padre y tu hermana. El accidente en la carretera a Cuernavaca. Los costos del funeral que no puedes pagar. La hipoteca vencida del departamento en la Colonia Roma. La cuenta bancaria con saldo insuficiente. Tu madre en estado catatónico. Tu trabajo mal pagado en el consultorio dental del Doctor Ramírez.
Cada palabra golpeaba como un puño directo al abdomen. Aryanna sintió cómo la sangre se le congelaba en las venas, cómo su piel se erizaba con millones de agujas invisibles de puro terror.
—¿Investigaste mi vida? —logró articular, su voz apenas un susurro estrangulado.
—Por supuesto —respondió Silvain como si estuviera comentando el clima—. No confío en desconocidos dentro de mi casa. Necesitaba asegurarme de que fueras... adecuada para lo que tengo en mente.
La forma en que pronunció "adecuada" hizo que todos los vellos del cuerpo de Aryanna se erizaran en alerta máxima. Había algo debajo de esa palabra, algo oscuro y posesivo que su cerebro no quería identificar pero que su instinto reconocía como peligro puro.
—¿Y lo soy? —preguntó, sorprendiéndose a sí misma con el desafío en su voz.
La sonrisa de Silvain se ensanchó lentamente, revelando dientes blancos perfectos que parecían los de un tiburón que acababa de oler sangre en el agua.
—Más de lo que puedes imaginar.
Se levantó de su silla con un movimiento fluido y caminó hacia un archivero de metal gris. Extrajo una carpeta gruesa que dejó caer sobre el escritorio frente a Aryanna con un golpe seco que resonó como una sentencia.
—Este es el contrato de empleo. Léelo cuidadosamente antes de firmar.
Aryanna abrió la carpeta con manos temblorosas. El documento contenía al menos treinta páginas de letra pequeña en español e inglés. Comenzó a leer, y con cada cláusula sentía cómo una mano invisible apretaba su garganta con más fuerza.
"La empleada residirá exclusivamente en las instalaciones de la propiedad durante la duración del contrato de seis meses iniciales."
"La empleada no podrá recibir visitas personales sin autorización previa y por escrito del empleador."
"La empleada debe estar disponible para realizar tareas asignadas por el empleador en cualquier momento del día o la noche, incluyendo fines de semana y días festivos."
"Cláusula de confidencialidad: La empleada no podrá divulgar, bajo ninguna circunstancia, información alguna sobre el empleador, la residencia, las actividades que ocurran dentro de la propiedad o cualquier detalle relacionado con su trabajo. La violación de esta cláusula resultará en demanda legal inmediata por daños y perjuicios valorados en $5,000,000 MXN."
Cinco millones de pesos. Aryanna releyó la cifra hasta que los números perdieron significado. Era una suma que jamás podría pagar en diez vidas trabajando como asistente administrativa.
—Esto es... extremadamente restrictivo —logró decir, levantando la mirada hacia Silvain.
Él había regresado a su posición junto al ventanal, su silueta recortada contra la luz grisácea de la mañana nublada, como una estatua de mármol dedicada al dios de los secretos peligrosos.
—Valoro mi privacidad por encima de todo —respondió sin voltear—. Y estoy dispuesto a compensar generosamente esa privacidad. Pero si estas condiciones te resultan inaceptables, eres completamente libre de marcharte ahora mismo. Hay cientos de candidatas esperando esta oportunidad.
Aryanna miró el contrato. Luego miró a Silvain. Luego pensó en el ataúd de pino barato donde su padre descansaría si no conseguía dinero antes del viernes. Pensó en su madre congelada en el sofá, perdida en un abismo de depresión del que tal vez nunca regresaría. Pensó en Sofía, muerta a los diecisiete sin haber vivido nada todavía. Pensó en todas las cuentas vencidas, en el refrigerador vacío, en las llamadas amenazantes del banco.
—¿Cuándo puedo empezar? —preguntó con voz firme, sorprendiéndose de su propia determinación.
Silvain se giró lentamente, y la sonrisa que iluminó su rostro hizo que Aryanna supiera con absoluta certeza que acababa de cometer el error más catastrófico de su vida.
—Ahora mismo —dijo él, deslizando una pluma de oro macizo sobre el escritorio—. Firma en cada página marcada con una equis roja.
Aryanna tomó la pluma. Pesaba más de lo normal, como si estuviera hecha de decisiones irreversibles y futuros cancelados. Firmó la primera página sin leer más. Luego la segunda. Luego todas las demás, su firma volviéndose más descuidada con cada repetición, como si su mano supiera que estaba sellando algo mucho más profundo que un simple contrato laboral.
Cuando terminó, Silvain recogió el documento con movimientos deliberados y lo guardó en el archivero con llave. Luego extrajo un sobre manila de su cajón y lo deslizó sobre el escritorio hacia Aryanna.
—Adelanto de dos meses de salario —dijo con voz suave—. Cien mil pesos en efectivo. Suficiente para resolver tus... problemas inmediatos.
Aryanna abrió el sobre con dedos torpes. Fajos de billetes de quinientos pesos, perfectamente ordenados, más dinero del que había visto junto en toda su vida. Las lágrimas amenazaron con desbordarse, pero las contuvo con fuerza de voluntad pura.
—Gracias —susurró, su voz quebrándose a pesar de sus esfuerzos.
—No me agradezcas todavía —respondió Silvain, levantándose de su silla—. Laurent te mostrará tu habitación y te explicará tus responsabilidades. Mañana comenzarás oficialmente. Descansa esta noche. La vas a necesitar.
Aryanna se puso de pie, sosteniendo el sobre contra su pecho como si fuera lo único que la anclaba a la realidad. Laurent apareció en la puerta como si hubiera estado esperando una señal invisible, su expresión neutral y profesional.
—Por aquí, señorita Salvatierr.
Antes de salir, Aryanna se giró hacia Silvain una última vez, impulsada por una necesidad que no comprendía completamente.
—¿Por qué yo? —preguntó—. Debe haber cientos de personas mejor calificadas para este trabajo.
Silvain caminó hacia ella con pasos lentos y deliberados hasta que estuvo lo suficientemente cerca para que Aryanna pudiera oler su colonia cara, una mezcla de madera de sándalo y algo oscuro que no podía identificar. Sus ojos azules la estudiaron con una intensidad que la hizo sentir como si estuviera siendo desnudada capa por capa.
—Porque tú necesitas esto más que nadie —dijo con voz suave pero letal—. Y las personas desesperadas son las más leales. Además...
Hizo una pausa, y su mano se elevó como si fuera a tocar el rostro de Aryanna, pero se detuvo a centímetros de su piel, dejando el gesto suspendido en el aire como una promesa o una amenaza.
—Hay algo en ti, Aryanna. Algo que me resulta absolutamente irresistible. Y siempre consigo lo que quiero.
La forma en que pronunció su nombre, saboreando cada sílaba como si fuera un secreto delicioso que solo él conocía, hizo que un escalofrío recorriera la columna de Aryanna. No era frío. Era algo mucho más peligroso. Era anticipación mezclada con terror, atracción mezclada con repulsión, la sensación vertiginosa de estar parada al borde de un precipicio sin saber si volar o caer.
Salió de la oficina siguiendo a Laurent, sus piernas moviéndose en piloto automático mientras su cerebro trataba de procesar lo que acababa de suceder. No miró atrás. Si lo hubiera hecho, habría visto a Silvain de pie junto al escritorio, observándola con una expresión que habría aterrado a cualquier persona con un mínimo de instinto de supervivencia.
Obsesión pura. Hambre. Control absoluto. Y la certeza inquebrantable de que Aryanna Salvatierr le pertenecía desde el momento en que había leído su nombre por primera vez.
Solo faltaba que ella se diera cuenta. Y para cuando lo hiciera, sería demasiado tarde para escapar de la jaula que acababa de cerrarse alrededor de su cuello con un clic suave y definitivo.







