Mundo ficciónIniciar sesiónDespués de perder a su padre y quedarse sola manteniendo a su familia, Silvia consigue trabajo como asistente del hombre más temido de la ciudad: Adrián Beaumont, un CEO frío, exigente y acostumbrado a conseguir todo lo que quiere. Pero cuando él le hace una propuesta imposible de ignorar, Silvia entra en un mundo de deseo, secretos y tentaciones que despiertan partes de ella que nunca había conocido. Ahora deberá decidir cuánto está dispuesta a perder… y cuánto desea realmente descubrir de sí misma.
Leer másLa primera vez que pensé seriamente en rendirme fue el día que enterramos a mi padre.
No lloré durante el funeral, y eso hizo que algunas personas me miraran raro, como si una hija que no llora fuera una hija fría, pero la verdad es que yo ya venía llorando desde hacía meses, desde aquella noche en la que sonó el teléfono y me dijeron que había tenido un accidente en la fábrica, desde la primera vez que vi su cuerpo conectado a máquinas y entendí que la vida podía romperse en cuestión de segundos sin pedir permiso. Gasté todo lo que tenía intentando salvarlo. Vendí mis pocas joyas, saqué préstamos pequeños, dejé de comer bien, dejé de dormir tranquila y hasta trabajé horas extras cuando todavía tenía empleo, porque necesitábamos dinero para medicamentos, estudios y tratamientos que al final no sirvieron de nada. Mi padre murió igual, y después de eso, todo empeoró. Mi madre ya estaba enferma desde antes, con problemas respiratorios que la dejaban días enteros en cama, y mis hermanas todavía eran pequeñas, una de once y otra de quince, así que de un momento a otro me convertí en la única persona capaz de mantener la casa. Yo tenía treinta años y nunca había sentido tanto miedo: miedo de no llegar a fin de mes, de que cortaran la luz, de mirar la heladera vacía, de que mis hermanas dejaran la escuela y de volver a pasar por lo que viví en mi antiguo trabajo. Todavía recuerdo la cara de Lorena cuando Recursos Humanos me llamó para despedirme. Ella estaba sentada frente a su computadora fingiendo trabajar mientras yo escuchaba cómo me acusaban de errores que nunca cometí, de atrasos falsos, de maltratos inventados hacia clientes que ni siquiera conocía. Lorena llevaba meses haciéndome la vida imposible. Nunca me dijo directamente que le molestaba mi color de piel, pero se notaba en sus comentarios, en la forma en que hablaba de mí frente a otros compañeros, en esas bromas disfrazadas de inocencia que siempre terminaban haciéndome sentir menos. “Seguro Silvia sabe limpiar eso mejor que nadie.” “Con ese carácter tímido no va a llegar lejos.” “Hay gente que debería conformarse con lo que consigue.” Yo aguanté todo porque necesitaba el sueldo. Hasta que un día ella lloró frente al jefe, dijo que yo la había amenazado y me echaron sin investigar nada. Después de eso busqué trabajo durante casi siete meses. Siete meses escuchando “te llamaremos”, viendo cómo cambiaban la expresión cuando revisaban mi historial laboral, sintiéndome cada vez más pequeña. Por eso, cuando recibí el correo de la empresa Beaumont Holdings, pensé que era una equivocación. Era una empresa enorme, todos conocían ese nombre, y todos conocían también a su CEO. Adrián Beaumont. Perfeccionista, frío, exigente. Decían que había despedido asistentes por equivocarse en un simple correo y que ninguna mujer soportaba más de tres meses trabajando con él. Aun así fui a la entrevista porque necesitaba dinero y porque ya no podía darme el lujo de rechazar oportunidades. Recuerdo perfectamente la primera vez que lo vi. Alto, impecable, con esa clase de presencia que hace que una habitación se quede en silencio apenas entra alguien. No sonrió cuando me saludó, ni intentó parecer amable. Me hizo preguntas rápidas, directas, y mientras yo respondía sentía que analizaba cada palabra, cada gesto y hasta mi forma de respirar. Pensé que no me contrataría, pero dos días después me llamaron y, contra todo pronóstico, terminé siendo muy buena en el trabajo. Organizaba sus reuniones, corregía errores antes de que ocurrieran, aprendía rápido y jamás llegaba tarde. Ya eran casi las nueve de la noche y la mayoría se había ido. Yo seguía corrigiendo unos documentos porque al día siguiente había una reunión importante, y aunque estaba cansada, no quería cometer errores. Me levanté para llevar unos archivos a su oficina y me detuve apenas llegué a la puerta entreabierta. Adrián estaba sentado detrás del escritorio, pero no trabajando. Tenía el celular en la mano y una expresión distinta, más agotada. —No voy a discutir esto otra vez —dijo con la voz baja. Nunca lo había escuchado hablar así. Guardé silencio sin entrar. —Ya envié el dinero... no, eso no arregla nada y lo sabes. Fruncí apenas el ceño, por un momento dejó de parecer el CEO frío que hacía temblar a toda la empresa, parecía simplemente un hombre agotado. Escuchó unos segundos más y luego cerró los ojos mientras se pasaba una mano por la cara. —Mamá, por favor... estoy trabajando. La forma en que dijo “mamá” me sorprendió más de lo que debería. No sonó frío, sonó cansado, triste, incluso. Bajé la vista al darme cuenta de que estaba escuchando algo privado, pero antes de irme moví sin querer la carpeta que llevaba en brazos y el ruido hizo que Adrián levantara la cabeza, y nuestras miradas se cruzaron, sentí vergüenza al instante. —Lo siento, yo no quería escuchar... Él guardó silencio unos segundos antes de cortar la llamada, por primera vez desde que lo conocía, no parecía molesto, solo cansado. —¿Qué necesitas? Entré despacio y dejé los documentos sobre su escritorio. —Los informes de mañana. Adrián asintió con la cabeza y cuando fui a salir, habló otra vez. —Silvia. Me giré, y él me observó unos segundos antes de decir: —Ya es tarde. No deberías seguir aquí. Casi respondí “usted tampoco”, pero me contuve. No éramos iguales. Él podía quedarse trabajando hasta el amanecer si quería. —Quería terminar esto hoy. Sus ojos bajaron un momento hacia mis manos. —¿Ni siquiera cenaste, verdad? Me sorprendió que lo notara, pero no respondí enseguida. Adrián abrió un cajón, sacó una caja pequeña de comida todavía cerrada y la dejó frente a mí. —Toma. Parpadeé confundida. —No hace falta… —Sí hace falta. Su tono seguía siendo serio, pero ya no tan duro como siempre. Dudé unos segundos antes de aceptar la caja. —Gracias. Él solo asintió y volvió a mirar los documentos, aunque antes de que saliera habló una vez más. —Buen trabajo hoy. Me quedé quieta unos segundos porque jamás lo había escuchado decir algo así, no sé por qué, pero escuchar eso me dejó pensando toda la noche. Él casi nunca me felicitaba, pero desde ese momento empecé a notar pequeños cambios. Dejaba de corregirme tanto, confiaba más tareas en mí, a veces me pedía café y decía “gracias” sin siquiera darse cuenta. Para cualquiera eso sería normal, pero en alguien como Adrián Beaumont era prácticamente un milagro. Así pasaron cuatro meses. Cuatro meses en los que mi casa empezó a respirar un poco otra vez. Pude comprar los medicamentos de mamá sin calcular monedas, pude pagarle internet a mis hermanas para que estudiaran, pude dormir algunas noches sin sentir un peso aplastándome el pecho. Entonces llegó ese día. —Silvia, quédate cuando todos se vayan. Necesito hablar contigo en privado. Sentí un vacío en el vientre. Todo el trayecto hasta el final de la jornada lo pasé pensando en errores que quizá no había notado. Tal vez olvidé algún documento, o hice algo mal, tal vez alguien habló mal de mí otra vez. El miedo me acompañó hasta su oficina. Cuando entré, mi jefe estaba de pie junto a la ventana, aflojándose la corbata con cansancio. —Cierra la puerta —dijo. Lo hice con las manos temblando. Él me observó unos segundos antes de hablar. —No voy a despedirte. Sentí alivio inmediato, tan fuerte que casi me mareé, pero duró poco. —Entonces... ¿qué sucede? Mi jefe guardó silencio unos segundos y luego fue directo. —Quiero acostarme contigo. Creí haber escuchado mal. Lo miré sin reaccionar mientras mi cabeza intentaba entender las palabras. —¿Qué? —No voy a fingir que estoy enamorado ni voy a decirte cosas bonitas para convencerte —dijo con tranquilidad—. Quiero pasar una noche contigo. Sentí calor en la cara. Vergüenza, confusión, miedo. Nunca un hombre me había hablado así, ni siquiera había besado demasiados hombres en mi vida. Siempre fui tímida, reservada, insegura de mi cuerpo y de mí misma, y mientras otras mujeres parecían moverse con facilidad en temas de relaciones, yo sentía que siempre iba atrasada. Mi jefe siguió hablando. —No tienes que responder ahora. Piénsalo y mañana me das una respuesta. Eso fue todo. Ni amenazas, ni presión directa, pero aun así sentí presión, porque era mi jefe, y necesitaba ese trabajo, mi vida dependía de ese sueldo. Esa noche fui a casa de mi mejor amiga, Cami, y apenas cerró la puerta empecé a contarle todo. Ella abrió los ojos al escuchar el nombre de Adrián Beaumont. —¿El CEO quiere acostarse contigo? —No lo digas así... —¿Así cómo? Silvia, ese hombre está buenísimo, medio mundo babea por él. Me dejé caer en su sofá y me tapé la cara. —No sé qué hacer. —Acepta. La miré. —Camila... —¿Qué? Si fuera yo ni lo pensaría. —Es mi primera vez. Ella hizo una mueca. —Ya te lo dije muchas veces, la virginidad está sobrevalorada. —Lo sé, pero para mí no. Y era verdad, yo no soñaba con una boda perfecta ni cosas así, pero siempre imaginé que mi primera vez sería con alguien que me quisiera de verdad, alguien con quien me sintiera segura y no una decisión tomada por necesidad. Esa noche llegué tarde a casa, aunque el cuerpo me dolía del estrés, al menos llevaba comida y los medicamentos de mamá en la bolsa. Entré intentando no hacer ruido, pero apenas puse un pie en la cocina escuché la tos de mi madre desde su habitación. Esa tos seca, larga, agotada, yo la conocía demasiado bien. Dejé las cosas rápido y fui a verla. Estaba sentada en la cama respirando con dificultad mientras mi hermana menor le sostenía un vaso de agua. —Mami... Ella intentó sonreírme cuando me vio. —Tranquila, hija, ya se me va a pasar. Mentía mal. Mi hermana me miró enseguida. —Se quedó sin inhalador otra vez. Sentí un vacío horrible en el pecho. —¿Cómo que se quedó sin inhalador? —Lo usó más estos días. Cerré los ojos un segundo intentando mantener la calma porque ya sabía lo que venía después. Dinero. Siempre dinero. Revisé mi bolso aunque ya sabía cuánto quedaba en mi cuenta, no alcanzaba. Otra vez no alcanzaba. Mi mamá intentó incorporarse. —Tranquila, hija, puedo aguantar hasta fin de mes. Eso fue lo que más me dolió, porque lo decía como alguien acostumbrada a pasar necesidades. Me senté al borde de la cama sintiendo el cansancio aplastarme el cuerpo entero. Tenía treinta años, y mi vida se resumía a sobrevivir, trabajar, pagar, callar, y aguantar. Mi hermana menor me abrazó de golpe. —Perdón... Fruncí el ceño inmediatamente. —¿Por qué te disculpas? —Porque siempre haces todo sola. Sentí un nudo en la garganta tan fuerte que tuve que mirar hacia otro lado, y fue ahí cuando entendí la verdad más fea de todas, yo ya no tenía espacio para pensar solo en mí. No podía darme el lujo de elegir siempre lo correcto, lo digno o lo ideal. Porque mientras yo dudaba, las cuentas seguían llegando, mi madre seguía enfermándose y mis hermanas seguían necesitando cosas que yo apenas podía darles. Por eso la propuesta de Adrián me había golpeado tan fuerte. No era solo sexo, era estabilidad, era miedo. Era la desesperación de alguien que sentía que si perdía ese trabajo, perdía todo otra vez. Al día siguiente llegué a la oficina sintiéndome distinta, como si durante una sola noche hubiera envejecido años. Adrián estaba revisando documentos cuando entré. Levantó la vista y me miró. —¿Ya lo pensaste? Mis manos sudaban, mi garganta estaba seca, y aun así respondí. —Sí. Él dejó el bolígrafo lentamente. —¿Y? Sentí vergüenza de mí misma, también desesperación, y la desesperación, cuando crece demasiado termina empujándote hacia lugares que jamás imaginaste. Lo miré directo por primera vez desde que entré. —Acepto.Las palabras de Elías quedaron suspendidas en el aire.—La primera vez que intentaron impedir que se enamoraran... Silvia tenía apenas seis años.Sentí que el mundo entero se detenía.Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.Retrocedí un paso.—¿Qué...?La voz apenas salió de mi garganta.—¿Qué acaba de decir?Elías no respondió enseguida.Sus ojos se detuvieron sobre mí con una mezcla de tristeza y culpa.Adrián fue el primero en reaccionar.Su mano buscó la mía de inmediato.No me sujetó con fuerza.Solo entrelazó nuestros dedos, como si quisiera recordarme que seguía allí.Ese pequeño gesto consiguió que recuperara un poco el aire.—Explíquese.La voz de Adrián sonó firme.Mucho más firme que unos minutos antes.Ya no hablaba el hombre confundido que había llegado al pueblo.Hablaba alguien dispuesto a proteger a la persona que amaba.Elías asintió lentamente.—Lo haré.Pero necesito que me prometan una cosa.Ninguno de los dos respondió.El anciano continuó.—No saquen conclusiones
Las últimas palabras de Elías parecieron absorber todo el sonido del mundo.—Ignacio y Clara se amaban profundamente... pero murieron sin volver a confiar el uno en el otro.Adrián no reaccionó de inmediato.Se quedó inmóvil, con la vista fija en el anciano. Sus dedos seguían sujetando el cuaderno de cuero, aunque el agarre se había vuelto tan firme que los nudillos empezaban a perder el color.Yo tampoco conseguía hablar.La imagen que acabábamos de construir de sus padres se había quebrado en un solo instante.Hasta hacía unos segundos eran una pareja unida, luchando contra un secreto.Ahora descubríamos que, al final, algo había logrado separarlos.Adrián respiró lentamente.Una vez.Dos.Tres.Cuando habló, su voz volvió a sonar firme.—¿Quién hizo que dejaran de confiar?Elías levantó la vista hacia el lago.—Ellos mismos.Adrián negó con la cabeza.—No.—Sí.—Nadie deja de confiar en la persona que ama de un día para otro.El anciano sostuvo su mirada.—Tenés razón.Hizo una pau
El viento desapareció.O quizá fui yo quien dejó de percibirlo.Solo podía escuchar una frase repitiéndose dentro de mi cabeza."Ustedes dos estaban escritos juntos... dieciséis años antes de que nacieran."Miré a Adrián.Él también me estaba mirando.Había incredulidad en sus ojos.Y algo más.Miedo.No el miedo que produce un peligro inmediato.Era un miedo mucho más profundo.El de descubrir que toda una vida pudo haber estado guiada por decisiones tomadas mucho antes de que uno existiera.Elías no apartó la vista de nosotros.Parecía comprender exactamente lo que estaba ocurriendo.Nos estaba dando tiempo.Tiempo para asimilar una revelación que ni él mismo había conseguido aceptar cuando la descubrió.Finalmente Adrián rompió el silencio.—No.La palabra salió firme.Sin levantar la voz.—Eso no puede ser cierto.El anciano no intentó convencerlo.Simplemente asintió.—Eso mismo dijo tu padre.Adrián respiró profundamente.—¿Y qué hizo?—Intentó demostrar que aquellos documentos
—¿Qué tratamiento?La pregunta de Adrián quedó suspendida sobre el lago.Elías no respondió enseguida.La brisa agitó su cabello blanco mientras sus ojos permanecían fijos en el agua. Parecía debatirse entre guardar silencio o destruir, con una sola respuesta, todo lo que Adrián creía saber sobre sí mismo.Yo observaba a los dos hombres sin atreverme a intervenir.Algo me decía que la siguiente confesión iba a cambiarlo todo.Finalmente, el anciano soltó un largo suspiro.—Uno que jamás debió existir.Adrián dio un paso hacia él.No había agresividad en su postura, pero sí una firmeza que no le había visto desde que llegamos al pueblo.—Necesito que deje de hablar con enigmas.Elías asintió lentamente.—Tenés razón.Apoyó ambas manos sobre el bastón que hasta ese momento había pasado inadvertido para nosotros.—Pero antes quiero pedirte perdón.Adrián frunció el ceño.—¿Perdón?El anciano levantó la vista.Sus ojos estaban húmedos.—Porque yo participé.El silencio volvió a caer entre





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