Mundo ficciónIniciar sesiónDespués de cinco años de relación, una vida compartida y una hija de cuatro años, todo se derrumba para Amy Espinoza cuando en una revista de farándula, descubre una impactante noticia: el hombre con quien ha construido su mundo Adrián Soler, un actor ambicioso en busca de fama, la ha engañado. El golpe de traición la deja en shock, pero lo peor llega cuando él, sinvergüenza, le asegura que todo puede seguir como antes. Desesperada y rota, Amy Espinoza, se cruza con un hombre que despertará en ella sentimientos inesperados: el atractivo y poderoso dueño de un conglomerado multimedia que abarca música, streaming y eventos internacionalesde cine, Maximiliano Delacroix, Lo que ella no sabe es que él guarda oscuros secretos y un plan de venganza que amenaza con envolverla en una tormenta aún más grande. A medida que la atracción entre ellos crece, Amy se verá atrapada entre los hilos del amor, la traición y la intriga, en una historia donde nada es lo que parece.
Leer más—¡Vamos, no seas amargada, no tardo! —grita Livy en mi oído derecho.
La música electrónica retumba en mis oídos y siento que me voy a desmayar en cualquier momento, mis labios se sienten pastosos, mis piernas son como dos enormes gelatinas e incluso mis movimientos resultan lentos, mi cerebro no logra procesar bien las cosas y en cambio me envía imágenes en modo cámara lenta.
—Tal vez deberíamos irnos… no… no me siento muy bien —digo intentando alejarme de la barra.
Livy es mi mejor amiga, una morena de veinte años, cabello oscuro que le llega hasta la cintura y un par de ojos caoba que cautivan a cualquiera, era perfecta, solo tiene un defecto; es una zorra tira todo y como plus, una alta consumidora de diferentes clases de droga. El ritmo palpitante de la música me da jaqueca y el vestido entallado que hasta hace apenas dos horas atrás me parecía el más sexy y provocador, ahora lo siento como un pedazo de tela vieja y estorbosa.
—No me hagas esto, el tío está buenísimo, solo será un polvo de cinco minutos ¿sí? —el enojo se cruza por sus facciones y solo asiento en silencio dejando que me dé un beso en la mejilla, para luego desaparecer entre el mar de gente que baila y restriega sus cuerpos.
El tipo de la barra me observa con el ceño fruncido, sirve un trago y de soslayo estudia mis movimientos, termino lo que queda de mi copa y me pongo de pie con dificultad, camino hasta el corredor que lleva directo al área de sanitarios, el ácido estomacal sube por mi garganta y temo vomitarle a alguien, por lo que apresuro el paso olvidando el hecho de que mi visión y el resto de mis sentidos no están al cien por ciento.
Llego hasta una puerta blanca y entro, localizo la taza limpia de baño y sin poder más comienzo a devolver todo el alcohol ingerido, odiando la idea de ser débil y haberme dejado embaucar por mi mejor amiga, venir aquí porque quería desahogarse por despecho fue su idea, y quien debería estar llorando y en este estado es ella, no yo, que estoy viviendo uno de los mejores momentos de mi vida.
Pronto sería mi graduación, trabajaría en la empresa de mi padre; quien era dueño de una empresa textil y petrolera en los Estados Unidos, era estudiante de tercer año de medicina en la Universidad, y mi sueño de ser escritora también se estaba realizando, una de mis historias recién será publicada por una de las editoriales más grandes del país, así que no solo seré la contadora de papá, médico especialista en cardiología, sino, escritora a punto de subir a la fama. Alzo la mirada y detallo mi reflejo con estudiada conciencia, mi cabello rubio largo está desordenado, dándome un aire de vagabunda en contraste con el verde de mis ojos y las ligeras pecas que adornan mi pálida piel.
Me doy un respiro, cierro los ojos y trato de ordenar mis ideas, el mareo disminuye, la risa de alguien me hace espabilar y salir de mi ensimismamiento, al baño entran dos chicas, Rusas, una de ellas es guapísima, sus ojos grises son como dos piedras lunares que danzan sobre el delineado oscuro y difuminado de su maquillaje, me ven pero no dicen nada, están en su propio mundo. Mientras que la otra, es una pelirroja sin gracia.
—¿De verdad te lo vas a tirar? —pregunta la roja a la morena.
—Por supuesto que no, estoy comprometida —por el rabillo del ojo veo como alza la mano y le enseña un enorme anillo de diamantes—. En unas semanas me casaré con el hombre más maravilloso del mundo.
—Y peligroso…
—Shhh.
—Bueno, pero lo puedes tomar como una despedida de soltera adelantada, vamos, el tío está para comérselo, a más tu hombre no se enterará —insiste la amiga y deduzco que es una perra por proponerle cosas sin sentido y tentativas a la morena.
—No lo sé ¿sabes lo que les hacen a las infieles en…?
La voz de la morena se apaga mientras sale del baño junto con su amiga, inhalo y exhalo, saco mi teléfono móvil y observo la hora, frunzo el ceño al ver una llamada perdida de mi padre, él nunca me llama a estas horas y mucho menos cuando sabe que he salido a divertirme, él estaba en los Ángeles, California, y yo en San Francisco, mi madre había muerto en un accidente de avión en donde murieron más de 200 personas, cuando yo tenía apenas dos años, por lo que mi mundo se reduce a mi padre y yo, mi única familia, y a mis veinte años, estaba bien con ello.
Miro una vez más la pantalla, busco el número de mi padre, que resulta ser el primero de la lista, cuando me entra la llamada de Livy.
—¡Eh, perra! —su exceso de entusiasmo me da la respuesta anticipada a lo que está a punto de soltarme.
—Déjame adivinar —resoplo—. Te vas a ir con el tío al que le acabas de dar una dulce lambida en alguna parte de este sitio, y quieres que tome un maldito taxi de regreso a tu jodido departamento.
Su risa anodina me hace enfadar, pero no se lo hago saber, discutir con Livy a veces resulta más agotador que convivir con ella, y esta son la clase de cosas por las que me pregunto el por qué soy su jodida amiga. Debería abandonarla como ella siempre hace cada que un miembro dispara en su dirección.
—¡Por eso te amo! —exclama con un toque dramático al final.
—Bien, solo quiero que quede clara una cosa —replico—. El día que aparezca mi cuerpo tirado en algún lugar de m****a cuando vuelva a salir contigo, lo lamentarás y tú, zorra altanera, tendrás toda la culpa.
Vuelve a soltar una sonrisa escandalosa, por el otro lado de la línea se cuela una voz masculina. Murmuran algo y blanqueo los ojos exasperada.
—No te va a pasar nada, tengo que colgar, no me esperes despierta —dice apresurada y me manda un beso tronado para luego colgar sin más.
«Joder, m*****a zorra»
Marco el número de mi padre y mi corazón salta al notar que me responde solo al segundo timbre, señal de que algo va mal.
—Cariño, que bueno que eres tú ¿estás bien? ¿En dónde estás? —me ametralla con preguntas que ya sabe.
—¿Sucede algo malo, papá? —interrogo con cautela.
Su silencio ensordecedor me da la respuesta que necesito y se siente como patada en mí estómago. Abro la boca para decir algo, cuando una ola de gritos, sonidos de detonaciones de disparos y más, me deja muda.
—¿Qué sucede cariño? —pregunta mi padre exaltado y salgo del baño.
La música se ha detenido, la gente comienza a correr con histeria a mi alrededor, varias personas chocan contra mi cuerpo, estoy en el tercer piso y camino a prisa hacía el balcón, en donde puedo admirar a un grupo de treinta hombres con pasamontañas, armados, disparando a diestra y siniestra a toda persona que se cruce por su camino, la sangre me hace reaccionar y moverme rápido buscando un sitio en el que pueda mantenerme a salvo.
—¡Papá, tengo que colgar, hay hombres armados, están asesinando a la gente! —le explico breve y rápido, caminando en dirección contraria a donde se mueve todo el mundo.
—¡Cariño, sabes qué hacer, regresa a salvo a casa! —demanda y mi pecho se hincha de orgullo al demostrar que confía en mis habilidades, inteligencia e instinto de supervivencia.
—Te llamo luego.
Mía SolerDicen que la paciencia es una virtud. Yo digo que la paciencia es una tortura china diseñada para volverme loca, pero aparte de Soler, soy una Delacroix y, si algo heredé de mi padre adoptivo, es que no me rindo hasta conseguir lo que quiero.Y lo que quiero está parado junto a la barra de bebidas, con una camisa blanca remangada y una copa en la mano, riéndose de algo que mi papá Max le acaba de decir.A Edric.Me alisé la falda de mi vestido azul por décima vez. Sabía que me veía bien. Me había pasado dos horas frente al espejo asegurándome de que el maquillaje fuera natural, pero lo suficientemente adulto para que, por una vez en la vida, dejaran de verme como a la niña de la casa y me empezaran a ver como una mujer.Desde mi posición, podía sentir los radares de vigilancia activados. A mi derecha, mi papá Adrián tenía el ceño fruncido, escaneando el perímetro en busca de cualquier chico menor de veinticinco años que se atreviera a respirar cerca de mí. A mi izquierda, mi
Amy DelacroixMientras veía a Mía suspirar por Edric en su fiesta de dieciséis años, con Adrián y Max montando guardia como dos perros de presa, no pude evitar soltar una risita por lo bajo. Si esos dos hombres supieran la verdad, no estarían tan preocupados por proteger a Mía de Edric. Estarían preocupados por proteger a Edric de Mía. Mi hija tenía la cara de un ángel, sí. Pero por dentro, Mía tenía la astucia militar de su padre Max y una capacidad para el sabotaje que definitivamente no había sacado de mí. Mi mente viajó ocho años atrás. Mía de apenas ocho. Recuerdo perfectamente el día. Mía llegó a mi casa hecha una furia, con sus dos coletas rebotando mientras tiraba la mochila de "Hello Kitty" al suelo. —Mamá, necesito que me lleves a la empresa de papá. Ahora. —¿Perdón? —pregunté, sorprendida—. Es martes, Mía. —No voy a ver a papá —dijo ella, cruzándose de brazos con sus pequeños brazos, imitando la postura de Max cuando se enojaba—. Voy a ver a Edric. Papá dijo qu
Amy DelacroixLa brisa de la tarde traía el aroma inconfundible del carbón encendido y la carne adobada, mezclado con el perfume dulce de los jazmines que Pandora había insistido en plantar por todo el jardín trasero. Desde mi lugar en la tumbona, con una copa de vino blanco helado en la mano, la escena parecía sacada de una revista de estilo de vida. De esas que tienen un final feliz que nadie cree posible al principio.Si alguien me hubiera dicho hace unos años, cuando terminó mi relación con Adrián, que estaría sentada en el jardín de mi ex, bebiendo vino con su actual esposa mientras mi marido y mi exmarido debaten sobre la temperatura exacta para sellar un chuletón, me habría reído histéricamente en su cara.Pero aquí estábamos. Y la paz que se respiraba era real.Mis ojos se desviaron hacia la zona de la parrilla. Adrián y Max estaban parados hombro con hombro, como dos generales supervisando un campo de batalla muy grasiento. Era curioso verlos así. No pude evitar recordar cu
Maximiliano Delacroix5 años y medio después.El sol de la tarde caía sobre la playa de Malibú, tiñendo el océano de un naranja intenso, casi irreal. Desde la terraza de la casa de verano que habíamos comprado junto con Adrián hace tres años, el mundo parecía un lugar perfecto, ruidoso y caótico.—¡Lion! ¡Pásamela a mí! —gritó Thiago, que a sus casi seis años ya apuntaba maneras de delantero centro, corriendo por la arena con las piernas bronceadas llenas de arena.—¡No! ¡A mí! —chilló Valentina, su melliza, empujando a su hermano con una cadera experta mientras se arreglaba las gafas de sol rosas que se negaba a quitarse incluso para jugar fútbol.Lion, mi hijo mayor, ahora con seis años y medio y la misma sonrisa traviesa de Amy, ignoró a ambos y pateó el balón hacia la portería improvisada con dos hieleras.—¡Gol! —celebró, levantando los brazos y corriendo hacia la orilla.—¡Eso fue fuera de lugar! —protestó Adrián desde su tumbona, sin levantarse, con un sombrero de paja tapándole
Amy DelacroixDicen que los días son largos, pero los años son cortos. Nunca entendí realmente la profundidad de esa frase hasta hoy, mientras intentaba ajustar la pequeña corbata de moño verde en el cuello de mi hijo, luchando contra un remolino rebelde de cabello castaño y contra una leve oleada de náuseas matutinas que me hizo sonreír en secreto.—Quieto, fiera —murmuré con ternura, besando la nariz de Lion—. Tienes que estar guapo para tus invitados.Lion soltó una carcajada gorgoteante, mostrando sus cuatro dientes nuevos, y agitó los brazos con esa energía inagotable que tenía desde que aprendió a dar sus primeros pasos hace dos semanas.—¡Buh! —gritó, señalando por la ventana hacia el jardín.Me llevé una mano instintivamente al vientre plano bajo mi vestido de seda amarillo. Nadie lo sabía aún. Era un secreto de apenas cuatro semanas, una pequeña chispa de vida que había decidido unirse a nuestra fiesta. Max ni siquiera lo sospechaba, aunque con lo observador que era, no tar
Pandora Soler.Me sentía como una ballena varada en las costas de mi propio sofá de terciopelo gris.Llevaba una hora intentando encontrar una postura cómoda, pero con dos seres humanos peleando un campeonato de kickboxing dentro de mi útero, la comodidad era un concepto abstracto que había olvidado hacía meses.—Amor, ¿estás segura de que tienes la almohada lumbar en el ángulo correcto de treinta grados? —preguntó Adrián, apareciendo en la sala con el ceño fruncido y un manual de Paternidad para principiantes en la mano.Suspiré, rodando los ojos hacia el techo. Desde que volvimos de la luna de miel, Adrián había pasado de ser el novio relajado al futuro padre neurótico. Tenía cronómetros, listas de verificación pegadas en el refrigerador y una maleta de hospital empacada con suficientes cosas para sobrevivir a un apocalipsis nuclear.—Estoy bien, Adrián. Solo quiero que salgan ya. Siento que tengo un equipo de fútbol ahí dentro.—El libro dice que las últimas semanas son de anidació
Último capítulo