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3. Descubriendo el deseo.

Adrián siguió mirándome en silencio durante varios segundos, y cuanto más tiempo pasaba, más ganas tenía de desaparecer. Sentía la cara ardiendo, el pecho apretado, y una vergüenza horrible creciendo dentro de mí, porque a los treinta años decir que era virgen sonaba absurdo incluso para mí.

Bajé la mirada.

—Lo siento...

Frunció levemente las cejas.

—¿Por qué te disculpas?

—Porque seguramente esperabas otra cosa.

Su mano subió lentamente hasta mi mentón y me obligó a mirarlo otra vez.

—Silvia, escúchame bien.

Su voz salió baja, tranquila.

—No tienes nada de qué avergonzarte.

No sé por qué esas palabras me afectaron tanto, pero sentí un nudo en la garganta inmediatamente, porque llevaba años sintiéndome insuficiente para todo; insuficiente como mujer, como hija, hermana, como persona.

Y ahora estaba ahí, medio desnuda frente a un hombre que podía tener prácticamente a quien quisiera, esperando que se burlara de mí o perdiera el interés. Pero no pasó.

Adrián me acarició la mejilla lentamente.

—Confía en mí.

Mi respiración seguía temblando.

—Tengo miedo.

—Lo sé.

Sus dedos bajaron despacio por mi cuello hasta detenerse sobre mis pechos, justo encima del corazón acelerado, me sacó la blusa.

—Voy a tratarte bien.

Y luego el brazier, mis pechos al aire, su lengua en mis pezones me estremecieron, me chupó una, luego la otra, y susurró:

—Quiero que te sientas bien conmigo.

La forma en que lo dijo me desarmó más que cualquier otra cosa, porque no sonó como una orden. Ni como un hombre desesperado por acostarse conmigo. Sonó sincero.

Adrián volvió a besarme despacio, con más calma esta vez, mientras sus manos se apoderaban de mis pechos, excitado, disfrutaba, y entonces, sentí calor, y deseo, mucho deseo, y al mismo tiempo seguía nerviosa, seguía sintiendo vergüenza de cada reacción de mi cuerpo, pero él parecía decidido a no dejarme esconderme.

Me besaba los labios cuando me tensaba. Me acariciaba la espalda cuando notaba que contenía la respiración, cada vez que me miraba me hacía sentir deseada. Cuando terminó de quitarme la ropa,  mi primer impulso fue cubrirme. Adrián tomó suavemente mis muñecas antes de que pudiera hacerlo.

—No.

Su voz salió ronca.

—Déjame verte.

Sentí un escalofrío, nadie me había mirado así antes.

Sus ojos recorrieron mi cuerpo despacio, aunque la vergüenza seguía ahí, también comenzaba a sentirme bonita.

Él volvió a besarme los labios mientras me acomodaba sobre las sábanas. La habitación estaba silenciosa, solo se escuchaban nuestras respiraciones.

Sus caricias empezaron a volverse más íntimas, y mi cuerpo reaccionó solo, aunque mi mente siguiera intentando procesarlo todo.

Cada roce me hacía estremecer, cada beso me dejaba más sensible, cuando sus labios bajaron lentamente por mis entrepiernas, y mi humedad, terminé soltando un gemido de sorpresa que me hizo cerrar los ojos de inmediato por vergüenza.

Adrián levantó la cabeza.

—No te reprimas.

Yo respiraba rápido.

—No puedo evitarlo...

Él sonrió, una sonrisa distinta a todas las que le había visto antes.

—Eres demasiado dulce.

Sus manos siguieron acariciándome con paciencia, explorándome lentamente hasta que mi cuerpo empezó a relajarse de verdad, y entonces entendí algo que me asustó todavía más. Me estaba gustando, y mucho.

Sentía calor entre las piernas, una ardiente necesidad mientras él seguía tocándome y besándome como si quisiera aprenderse cada reacción.

—Adrián...

Ni siquiera sabía por qué lo llamé así, tal vez porque necesitaba aferrarme a algo.

Él levantó la vista inmediatamente.

—Disfrutalo.

Su mano se bajó una vez más entre mis piernas y mi cuerpo reaccionó de golpe, tensándose otra vez por la intensidad de la sensación.

Solté aire temblando.

—Tranquila —murmuró cerca de mi oído—. Solo siente.

Intenté hacerlo, intenté dejar de pensar en el miedo, en la vergüenza, en todo lo que podía salir mal, y poco a poco él consiguió que empezara a sentirme deseada.

Sus besos se volvieron más intensos, y sus caricias más firmes, mi cuerpo terminó respondiendo cada vez con menos timidez.

Cuando se acomodó sobre mí, volví a ponerme nerviosa. Él lo notó enseguida.

—Mírame.

Abrí los ojos lentamente.

—Va a doler un poco al principio.

Tragué saliva.

—Está bien.

Sentía el corazón descontrolado mientras él me acariciaba el muslo intentando relajarme, y entonces pasó.

Su miembro erecto entrando lentamente.

El dolor apareció primero, agudo, inesperado, haciéndome apretar las manos contra sus hombros inmediatamente.

Un pequeño quejido escapó de mi boca.

Adrián se quedó quieto al instante.

—Respira.

Me costaba hacerlo.

Sentía lágrimas acumulándose en mis ojos más por la intensidad del momento que por el dolor mismo.

Me besó en los labios.

—Ya pasó lo peor.

Sus dedos acariciaban mi cintura mientras esperaba que me calmara, y esa paciencia terminó afectándome más de lo que esperaba, podría haber sido brusco, podría haber ignorado mi nerviosismo, pero no lo hizo. Esperó. Me acarició. Me habló despacio hasta que mi cuerpo empezó a relajarse otra vez, y cuando volvió a moverse lentamente, el dolor empezó a mezclarse con otra sensación distinta, una que me hizo cerrar los ojos y aferrarme más fuerte a él.

Mi apertura palpitaba por el ardor, por el placer que comenzaba a sentir, mientras tenía la respiración de Adrián contra mi cuello, sus manos recorriendo mi cuerpo.

La forma en que decía mi nombre en voz baja cada vez que me estremecía. La vergüenza seguía ahí, pero ahora mezclada ardor, y deseo, me estaba dejando llevar, y él lo sabía.

El ritmo se volvió más intenso, y terminé escondiendo el rostro en su cuello mientras intentaba contener los gemidos que escapaban de mi boca.

Adrián soltó una respiración pesada cerca de mi oído.

—No hagas eso.

—¿Qué cosa...?

—Intentar callarte.

Sentí todavía más calor en la cara.

Él acarició mi cabello lentamente mientras seguía moviéndose con cuidado, como si todavía tuviera presente que era mi primera vez.

Y cuando todo terminó, quedamos unos segundos en silencio, respirando agitados sobre las sábanas desordenadas.

Seguía atrapada en las sensaciones de hacía unos minutos. Mi cuerpo entero se sentía adolorido, sensible.

Adrián bajó lentamente la mano entre mis piernas y acarició con suavidad la zona donde todavía sentía ardor. Mi respiración se volvió irregular por un instante. Después levantó la vista hacia la cama, vi cómo sus ojos se detenían en la sábana manchada de rojo.

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