Mundo ficciónIniciar sesiónMatthias Angelini era arrogante, peligroso y uno de los hombres más poderosos de la mafia italiana. Acostumbrado a obtener todo lo que deseaba, jamás imaginó que una desconocida con la que pasó una noche se adueñaria de sus pensamientos cuando desapareció de su vida sin dejar rastro. Pero aquella mujer no solo había huido de él. Esperaba un hijo suyo. Cuando Matthias descubrió que en algún lugar estaba creciendo su heredero, una sola noche dejó de ser un ardiente recuerdo para convertirse en una obsesión. Porque un Angelini jamás abandonaba su sangre y Matthias no estaba dispuesto a permitir que la madre de su hijo siguiera lejos de él. Encontrarla sería solo el principio. Porque el mafioso quería a su heredero… y estaba dispuesto a reclamar todo lo que venía con él.
Leer más—Encuéntrenla.
La orden de Matthias Angelini atravesó el despacho con la misma frialdad con la que acostumbraba a decidir quién respiraba y quién dejaba de hacerlo. Ninguno de sus hombres respondió de inmediato. Sicario, sentado sobre el enorme escritorio de madera negra, parecía ser el único ser vivo en aquella habitación al que la tensión le importaba una m****a. El pequeño mono capuchino, vestido con su chaleco de cuero negro, sostenía entre sus peludas manos el encendedor de oro de Matthias. Lo abrió. Lo cerró. Volvió a abrirlo. Matthias desvió los ojos hacia el mono. —Sicario. El mono lo miró. Y volvió a cerrar el encendedor. —Dámelo —le ordenó Matthias. Sicario se lo pegó al pecho y negó con la cabeza. Le encantaba el fuego. Y ese encendedor servía para provocarlo. Matthias entrecerró los ojos. —No estoy de humor. El mono enseñó los dientes y se giró, dándole la espalda. Francesco Martini, consigliere de la familia Angelini desde hacía más de quince años, observó la escena sin decir una palabra. Había visto a Matthias ordenar ejecuciones sin pestañear. Había presenciado interrogatorios que habrían hecho vomitar a los hombres más experimentados. Sin embargo, cada mañana veía al jefe de una de las organizaciones criminales más poderosas de Italia discutir con un mono de apenas cuatro kilos. Y perder. —¿La mujer tiene nombre? —preguntó finalmente, apartando su mirada del animal y devolviéndola al mafioso. Matthias regresó la atención a los documentos frente a él. —Davinna. Francesco asintió con la cabeza y esperó a recibir más detalles. Pero Matthias, no agregó nada más. —¿Sabe su apellido? —preguntó tratando de obtener más información. —Si supiera toda su información, Francesco, no te estaría ordenando que la encontraras. Sicario abrió nuevamente el encendedor. Una vena palpitó en la sien de Matthias. —Te juro que voy a venderte —amenazó al mono. El capuchino giró la cabeza y lo observó con una mirada retadora. Matthias sostuvo su mirada durante dos segundos. —Los dos sabemos que es mentira —murmuró Francesco. Si había alguien a quien le tenía mucha paciencia era a ese mono. Los oscuros ojos de Matthias se clavaron en él de nueva cuenta. —Esa mujer se llevó mi anillo. Francesco elevó ambas cejas con sorpresa. El anillo al que el capo se refería no solo costaba una fortuna, también pertenecía a las reliquias de los Angelini. Tenía un enorme valor monetario y era una joya familiar. —¿Cómo es que la mujer logró quitárselo? —preguntó intrigado y desconcertado. La pregunta hizo que los filtros racionales de Matthias se disolvieran por un instante, arrastrándolo de vuelta a la madrugada de hace unos días. Recordó a Davinna desnuda sobre su regazo, la calidez de su piel contrastando con el frío de la noche, moviéndose con una lentitud tortuosa que lo había vuelto loco. Recordó sus pechos grandes y esos pezones color durazno erectos por el roce constante contra su torso. Había mostrado una sonrisa al sentir su endurecida erección bajo la tela del pantalón. Matthias cubrió uno de sus pechos con su mano, pero Davinna se la tomó con firmeza. La observó unos momentos, deteniéndose en el pesado anillo que descansaba en su dedo medio, para luego llevarse el dedo de Matthias a la boca. Lo introdujo hasta la base, mirándolo a los ojos con una audacia salvaje, y succionó de forma lenta, saboreándolo, antes de retirar el anillo con sus dientes, sin que él hiciera el más mínimo intento por detenerla. Pocas veces una mujer lo sorprendía con sus acciones. Y ella lo había hecho de una forma que todavía le quemaba la sangre. Matthias carraspeó, sacudiéndose el recuerdo de la mente y recuperando la dureza en la mirada, molesto consigo mismo por haberse quedado flotando en esa memoria frente a su consejero. —Eso no es importante, quiero ese anillo de vuelta. Francesco contuvo un suspiro, acomodándose la corbata mientras asimilaba que una mujer tuviera una joya tan importante. —¿Hay alguna otra información que me sirva para reducir la búsqueda? —preguntó el consigliere, sacando una pequeña libreta del bolsillo interior de su saco. —Es bonita, de cabello castaño, ojos... grandes —respondió Matthias, deteniéndose a mitad de la frase al recordar que los ojos no era lo único grande en esa mujer. Lo eran también sus pechos, pesados y suaves, la curva perfecta de sus caderas y la forma en que se aferraba a él, pero omitió eso por completo, guardándose los detalles para su propio consumo. —Eso reduce considerablemente la búsqueda —ironizó Francesco, guardando la libreta sin haber anotado una sola palabra útil. Italia estaba llena de mujeres castañas y bonitas. —Es la única que salió de mi apartamento esa mañana. Encuéntrala —ordenó Matthias, otra vez. Dando por terminada la reunión con un ademán tajante de la mano. Francesco asintió levemente con la cabeza y dio la vuelta. Los hombres de la puerta reaccionaron de inmediato, abriendo el paso para salir de la oficina del mafioso en absoluto silencio, dejando a Matthias a solas con el constante clic del encendedor de Sicario. … Pasaron tres semanas. Donde el silencio de la búsqueda se volvió insoportable en los pasillos de la residencia Angelini. Francesco regresó una tarde con información importante, entrando hacia los sótanos de la propiedad principal, donde sabía que encontraría a su jefe. Al abrir la pesada puerta de metal, el olor a sudor, hierro y humedad inundó sus fosas nasales. Matthias se encontraba torturando a alguien en el centro de la habitación de concreto. No había prisa en sus movimientos, solo una fría y metódica ejecución de dolor que se reflejaba en la tensión de sus hombros cubiertos por una camisa blanca con las mangas arremangadas. El tipo tirado en el suelo, atado de pies y manos, temblaba de forma descontrolada. El temor que causaba el capo era tan denso que el prisionero ni siquiera se atrevía a quejarse en voz alta; solo emitía sollozos ahogados, con los ojos desorbitados fijos en las botas llenas de barro de Matthias. El poder absoluto del mafioso aplastaba cualquier intento de resistencia mediante el pánico que ejercía con su sola presencia. Matthias se detuvo al ver la silueta de Francesco en el umbral. Dejó caer una herramienta sobre una mesa metálica cercana, provocando un estruendo que hizo que el hombre herido se encogiera todavía más en su sitio. Se limpió las manos con un paño limpio que le tendió uno de los guardias y caminó hacia su consigliere, sin mostrar el más mínimo cansancio. —Dime que tienes algo —dijo Matthias, con la respiración ligeramente alterada por el esfuerzo físico. Francesco le dijo que tenían información sobre la mujer, extendiéndole una carpeta de cuero marrón que contenía varios folios recientes y fotografías tomadas a larga distancia. —Tiene una pastelería en el centro de Sicilia —explicó Francesco, observando cómo Matthias abría la carpeta con dedos ansiosos—. Su apellido no es cualquiera. Es una Allen. Matthias se detuvo en seco al leer las primeras líneas del informe del árbol genealógico. Sus ojos se entrecerraron y la mandíbula se le desencajó por un segundo. El papá de Davinna era un hombre al que él detestaba profundamente, un empresario corrupto que había intentado sabotear varias de las rutas comerciales de los Angelini en el pasado y con el que mantenía una disputa sangrienta no resuelta. Saber que la mujer que lo había vuelto loco pertenecía a esa familia transformó su interés en algo mucho más oscuro y personal. —Hay algo más que debe saber, señor —añadió Francesco, dando un paso adelante y bajando el tono de la voz y su semblante se volvió más serio. Matthias apartó los ojos de la fotografía de Davinna y lo miró fijamente. —Habla —ordenó con impaciencia. —La vieron saliendo de una farmacia hace dos días. Compró varios artículos específicos de uso médico personal. Matthias arrugó el borde de la carpeta, la paciencia no era precisamente una de sus virtudes. —¿Y a mí qué carajos mi importa eso? ¿A caso está enferma? ¿Moribunda quizá? —soltó con brusquedad. Era simple, quería su anillo de vuelta. Francesco negó despacio con la cabeza, sosteniendo la mirada del mafioso con una gravedad que detuvo el pulso de la habitación. —No es eso, señor. Según los informes y el tipo de productos que adquirió... es muy probable que la mujer esté embarazada.El médico terminó la revisión en silencio, tomando notas en una tablilla mientras Davinna se acomodaba la ropa en el baño anexo. Las ecografías confirmaron lo esperado: tenía cinco semanas de gestación, signos vitales estables y un cuadro menor de deshidratación.Matthias escuchó el diagnóstico de pie junto a la ventana. Una vez que el médico se retiró tras recibir un asentimiento severo, se giró hacia Davinna, que permanecía erguida al borde de la cama, defensiva y con los brazos apretados sobre el pecho.—Cumpliré lo que dije —comenzó él, ajustándose los gemelos de la camisa con una calma exasperante—. Tienes hasta la tarde para ir a tu apartamento y empacar lo necesario. Mis hombres irán por ti. Trae mi anillo.Davinna frunció el ceño, sintiendo un nudo de frustración en la garganta. Observó al mafioso y después a su consejero que recién había llegado.—¡Que no tengo ningún maldito anillo! —exclamó, elevando la voz mientras la rabia amenazaba con sobrepasarla—. ¿De qué mierda habla
Davinna abrió los ojos despacio, sintiendo la boca seca y una pesadez horrible en las sienes. La luz que entraba por el ventanal la obligó a parpadear varias veces hasta que el techo alto comenzó a cobrar forma. Estaba acostada en una cama enorme, envuelta en sábanas suaves. La última imagen que tenía en la cabeza era la de un tipo elegante afuera de su pastelería, y el aroma dulce que la dejó inconsciente.Intentó incorporarse de golpe, apoyando las manos sobre el colchón, pero un pequeño movimiento a su lado la congeló por completo.Sentado sobre una cómoda de madera oscura, el pequeño mono capuchino vestido con un chaleco de cuero negro la observaba fijamente. El animal ladeó la cabeza, dio un pequeño brinco hacia la orilla del mueble y se acercó a ella con curiosidad, estirando una patita.Davinna soltó un grito fuerte que retumbó en las paredes al ver al mono acercarse.Sicario, gritó también, dando un salto hacia atrás en el aire, su chillido fue agudo y el grito de Davinna mas
Matthias presidía la mesa principal en una amplia sala de juntas, acompañado por los capos más influyentes de la mafia del sur de Italia. El ambiente estaba tenso, lleno de humo de puros y voces graves discutiendo el control de los muelles de Palermo. En medio de un debate acalorado, el celular de Matthias vibró sobre la mesa. Los hombres guardaron silencio al instante, sabiendo que nadie interrumpía al jefe a menos que fuera un asunto de vida o muerte. Matthias tomó el aparato, vio la pantalla y respondió sin levantarse del asiento.—Habla —soltó con frialdad.—La tenemos, señor —se escuchó desde el otro lado de la línea—. Salió de su pastelería y camina hacia una clínica privada en el centro.Matthias tamborileó los dedos sobre la mesa, apretando la mandíbula mientras la imagen de Davinna volvía a golpear su mente. No pensaba dejar que se le volviera a escapar.—Síganla todo el tiempo. Si la pierden, están muertos —ordenó, colgando de golpe antes de mirar a los mafiosos que lo obs
Davinna estaba sentada en el piso frío del baño de su departamento, con la espalda apoyada contra el mueble del lavabo y las piernas pegadas al pecho. Tenía la pequeña prueba de plástico en la mano y no podía dejar de mirar la pantalla. Las dos líneas rojas se veían demasiado claras.Se quedó inmóvil varios segundos, en completo shock, sin terminar de entender lo que estaba viendo. Esto no podía estar pasándole a ella. Se pasó las manos por la cara, preguntándose una y otra vez en qué demonios estaba pensando la noche que decidió acostarse con aquel desconocido.Davinna no recordaba cada minuto de aquella noche porque el alcohol le había nublado juicio, pero el recuerdo de su rostro era absurdamente claro. Recordaba la profundidad de su voz grave retumbando en su oído, la anchura imponente de sus hombros y la forma en que su cuerpo enorme la dominaba sin esfuerzo.De pronto, los fragmentos de esa noche asaltaron su mente. La había tomado por la cintura pegándola a su cuerpo, para lue
Último capítulo