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5. La chica que ya no era inocente.

No pude dormir.

Cada vez que cerraba los ojos, mi cabeza volvía una y otra vez a todo lo que había pasado en apenas dos días, como si mi vida hubiera tomado velocidad de golpe y yo apenas pudiera seguirle el ritmo.

Primero Adrián, mi primera vez, sus manos recorriéndome lentamente mientras me pedía que confiara en él.

Después José, la sala vacía, mi vergüenza. La sensación extraña de tener en mis manos, mientras él me hablaba cerca del oído como si aquello fuera algo normal.

Me giré en la cama intentando dejar de pensar, pero era inútil, mi cuerpo seguía reaccionando, deseando, eso me confundía todavía más.

Sentía culpa.

Crecí escuchando que las mujeres decentes no hacían cosas sucias, que una señorita debía comportarse bien, ser reservada, mantenerse pura y respetable. Una parte de mí seguía creyendo todo eso, otra parte empezaba a despertar de una forma que me asustaba, no podía negar la verdad, me había gustado, la forma en que me sentía cuando alguien me tocaba, me deseaba o me hacía sentir observada como mujer, y admitir eso me hacía sentir todavía peor.

Me cubrí la cara con las manos soltando aire lentamente.

—¿Qué me pasa...?

Mi dormitorio estaba oscuro y silencioso, pero dentro de mí todo seguía inquieto. El recuerdo de Adrián besándome me calentaba, y el recuerdo de José gimiendo cuando le hacía una mamada, primera que se lo hacía a alguien, todo eso me revolvía la panza, mientras más intentaba alejar esas imágenes, más fuertes regresaban.

Terminé tomando el celular otra vez.

Al principio solo pensé en distraerme unos minutos, ver unos shots, y ya pero la curiosidad volvió a ganarme rápidamente.

Busqué porno, y encontré uno distinto. Una mujer acostada mientras vario hombres la manoseaban, la penetraban por delante, por atrás, mientras ella hacía una mamada al mismo tiempo.

Debería haberme impresionado, debería haber cerrado el video enseguida, pero no lo hice. Me quedé mirando demasiado tiempo mientras mi respiración empezaba a cambiar otra vez. Sentía calor, y una necesidad nueva creciendo dentro de mí, una sensación casi hambrienta que jamás había experimentado antes.

Mi cuerpo reaccionaba solo.

Como si después de años dormido hubiera despertado de golpe y ahora quisiera experimentar todo. Todo. Sentir más.

Me daba vergüenza incluso admitirlo para mí misma, pero mientras veía aquel video terminé imaginando cosas.

Las manos de Adrián.

La voz relajada de José.

La sensación de ser tocada, deseada, penetrada. Cerré los ojos un momento y sentí un escalofrío recorrerme entera, ahora entendía por qué tanta gente hablaba del deseo como si fuera algo difícil de controlar.

Era exactamente eso, una sensación que se metía bajo la piel y seguía creciendo.

Cuando miré la hora, el cielo ya empezaba a aclararse detrás de la ventana. Había pasado toda la noche despierta, y aun así, seguía inquieta.

Me levanté agotada, con el cuerpo pesado y la cabeza llena de pensamientos que no sabía ordenar. Me dolían las piernas, mi conchita seguía sensible, y mis ojos ardían por el cansancio.

Aun así me arreglé para ir a trabajar porque no tenía opción. Mientras me abotonaba la blusa frente al espejo, apenas podía reconocerme.

Parecía la misma Silvia de siempre. La hija responsable. La hermana mayor que cargaba con todo. La mujer tímida que evitaba llamar la atención, pero por dentro me sentía distinta, como si algo hubiera cambiado demasiado rápido.

Estaba terminando de acomodar mi bolso cuando el celular vibró sobre la cama, y el corazón se me detuvo apenas vi el nombre.

Adrián.

Sentí miedo inmediatamente, se me cerró el estómago. Porque mi cabeza fue directo a lo peor. José habló. Adrián se enteró. Me va a despedir.

Me quedé mirando el mensaje varios segundos antes de abrirlo, intentando prepararme para cualquier cosa.

Pero la curiosidad terminó ganándole al miedo.

Lo abrí.

“Mi chofer pasará por ti en veinte minutos. Te necesito a primera hora en la torre principal.”

Eso era todo, ninguna explicación, ningún detalle. Solo esa orden breve y directa que me dejó todavía más nerviosa.

Me senté lentamente al borde de la cama mientras releía el mensaje. No sabía qué pensar. Tal vez era una reunión importante, o simplemente necesitaba ayuda con los empresarios, pero apenas recordé la noche en el motel, mi cabeza empezó a imaginar otra cosa.

Y mi cuerpo reaccionó inmediatamente ante esa idea, sentí calor otra vez, ese mismo calor peligroso que llevaba horas persiguiéndome.

Tragué saliva mirando la pantalla del celular mientras una ansiedad extraña empezaba a crecer dentro de mí, porque no sabía qué quería Adrián Beaumont de mí esa mañana.

Pero sí sabía algo peor, que deseaba volver a sentir sus manos en mi cuerpo.

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