Mundo ficciónIniciar sesión«—¿Te gusta así, Cloe? ¿Ves cómo yo sí puedo hacerte gritar, a diferencia de ese bloque de hielo que tienes por esposo? —gimió Dominic Russo, reclamándome con una fuerza que me hacía olvidar mi propio nombre—. Gime para mí, olvida que Michelle te trata como si fueras invisible. Aquí solo somos tú y yo». Soy Cloe Ferreri. Durante dos años he sido la esposa trofeo de Michelle Russo, un CEO frío que me ignora tras un contrato matrimonial que salvó a mi familia. Para él, soy un accesorio; para mí, él es una cárcel de hielo. Harta de su desprecio, me escapé a un bar oscuro bajo la lluvia italiana y me entregué a un desconocido. Fue una noche de pasión salvaje donde, por primera vez, me sentí viva. Pero el destino es cruel: al día siguiente, en la reunión familiar, Michelle me presentó a su hermano menor y rebelde: Dominic. El hombre que me hizo tocar el cielo es el cuñado que ahora me mira con un hambre voraz frente a mi marido. Lo que empezó como un escape es ahora una pasión prohibida. Dominic es fuego y peligro, decidido a demostrarme que soy suya mientras su hermano sigue ignorando el incendio en su propia casa. Estamos jugando con fuego en un campo de minas. Si la verdad sale a la luz, el imperio Russo arderá. ¿Podrá el deseo romper las cadenas de mi contrato?
Leer másEl espejo de mi vestidor en la villa de los Russo no me devolvía una imagen, sino un reproche. El vestido de satén verde esmeralda, una pieza de alta costura que Michelle había seleccionado personalmente a través de su secretaria, se ceñía a mi cuerpo como una armadura de seda.
—Has vuelto a perder peso, Cloe. El escote se ve vacío —la voz de Michelle, fría como el mármol de Carrara que decoraba nuestro recibidor, me sobresaltó.
Me giré lentamente. Él estaba allí, terminando de anudar su corbata de seda plateada frente al espejo del pasillo, sin siquiera dignarse a entrar en mi habitación. Para Michelle Russo, yo no era una esposa, era un activo en su balance general. Una transacción que había salvado los viñedos de mi padre a cambio de mi libertad.
—Lo siento, Michelle. He estado un poco estresada con la organización de la gala de beneficencia —mentí, aunque la verdad era mucho más simple: los nervios me cerraban el estómago cada vez que escuchaba sus pasos en el pasillo.
Él se acercó y, por un segundo, pensé que pondría una mano en mi mejilla o que arreglaría el tirante de mi vestido. Pero Michelle solo se detuvo para mirar su reloj de oro. Ni un roce. Ni una chispa de deseo en sus ojos grises.
—No te preocupes por la gala. He pedido a mi asistente que se encargue de los detalles finales. Tú solo asegúrate de estar lista a las ocho y de sonreír cuando los fotógrafos se acerquen. No quiero que piensen que los Ferreri están arrepentidos del trato —su tono era plano, desprovisto de cualquier emoción—. Me voy a una reunión previa en el club. No me esperes para cenar.
—Michelle... —lo llamé, pero él ya me había dado la espalda—. Hoy cumplimos dos años de casados.
Él se detuvo en el umbral, sin girarse.
—Mañana te enviaré algo de la joyería. Ponlo a cuenta de la empresa.
El sonido de la puerta principal cerrándose fue el golpe de gracia. Me quedé allí, en medio de la opulencia de una villa que se sentía como un mausoleo, apretando los puños hasta que las uñas se clavaron en mis palmas. Era invisible. Un fantasma comiendo en una mesa de roble para doce personas.
De repente, mi teléfono vibró sobre el tocador. Era Cassey.
—Dime que no estás sentada viendo cómo se seca el barniz de las paredes, Cloe —la voz de mi mejor amiga era un torbellino de energía.
—Michelle acaba de irse. Otra reunión. Otro día siendo un mueble más —susurré, sintiendo el nudo en la garganta.
—¡Basta! Se acabó. Hoy es "La Notte delle Maschere" en el Black Room. Nadie sabe quién es quién, nadie juzga y, sobre todo, nadie es la esposa de nadie. Ponte algo que haga que los hombres se olviden de cómo respirar. Paso por ti en veinte minutos.
Media hora después, el aire frío de la noche milanesa golpeaba mi rostro mientras bajábamos del coche frente a un callejón discreto. El Black Room era el secreto mejor guardado de la élite: un bar subterráneo donde el anonimato era la única regla. Cassey me entregó una máscara de encaje negro que solo dejaba ver mis ojos.
—Regla número uno: esta noche no eres Cloe Russo —me recordó ella, ajustándose su propia máscara dorada—. Eres solo una mujer con hambre de algo real.
El interior del bar era un caos de luces rojas y olor a perfume caro mezclado con whisky ahumado. La música vibraba en el suelo, subiendo por mis piernas hasta instalarse en mi vientre. Pedí un Martini doble, buscando quemar el rastro de la indiferencia de mi marido.
—Ese vestido es un pecado, y yo he venido esta noche buscando la redención —una voz profunda, cargada de una seguridad casi insolente, vibró justo detrás de mi oído.
Me tensé, pero no me alejé. Al girarme, me encontré con un hombre que parecía haber salido de una sombra. Llevaba una máscara de cuero negro que ocultaba la mitad de su rostro, pero sus ojos... eran de un ámbar intenso, peligrosos y hambrientos. No vestía el traje acartonado de los hombres que solían rodearme; su camisa de lino negro estaba desabrochada en los primeros botones, revelando una piel bronceada y un magnetismo que cortaba el oxígeno.
—¿Eres un pecador o un redentor? —pregunté, sorprendiéndome de la firmeza de mi propia voz. El alcohol y el anonimato me estaban dando una valentía que no reconocía.
—Esta noche, puedo ser lo que tú necesites que sea —respondió él, acortando la distancia hasta que pude oler su aroma: sándalo, lluvia y algo puramente masculino—. Me he pasado media hora mirándote desde la barra. Pareces una reina atrapada en un mundo que le queda pequeño.
—No me conoces —le reté, sintiendo un calor desconocido subiendo por mi cuello.
—No necesito conocer tu nombre para saber que estás muriendo por que alguien te toque como si fueras de fuego y no de cristal —su mano, grande y cálida, se posó en mi cintura, justo donde el vestido terminaba de ceñirse. El contacto envió una descarga eléctrica que me hizo jadear—. Dime, ¿tu dueño sabe que tiene una joya que brilla tanto en la oscuridad?
—No tengo dueño —dije, acercándome más, dejando que mi cuerpo rozara el suyo—. Y el hombre con el que comparto el techo no sabe ni de qué color son mis ojos cuando se dilatan por el deseo.
El desconocido soltó una risa ronca, una vibración que sentí en mis propios huesos. Me tomó de la barbilla con delicadeza pero con una autoridad que me hizo temblar.
—Entonces ese hombre es un idiota. Porque yo, sin haber visto tu rostro completo, ya estoy pensando en cómo sonaría tu voz si gritara mi nombre contra las sábanas.
—Pruébalo —susurré, desafiándolo con la mirada.
Él no esperó. Me tomó de la mano y me guio hacia la salida trasera del bar, justo cuando una tormenta repentina empezaba a lavar las calles de Milán. Bajo la lluvia, contra la pared de ladrillo frío, sus labios buscaron los míos con una urgencia que me quemó. No era un beso de contrato, era una invasión.
—Soy Dominic —gruñó él entre besos, mientras sus manos reclamaban mis curvas con una posesividad que Michelle jamás habría soñado tener—. Y esta noche, voy a hacerte olvidar que alguna vez fuiste invisible.
Perspectiva de AlessiaSeis años después.El sol de la Toscana tiene una densidad distinta al de nuestra Isola di Serecchia. Aquí, en las colinas de Florencia, la luz se derrama sobre los viñedos como oro líquido, pintando las pendientes de un verde oliva y un ocre que parece sacado de una pintura renacentista. Nos había tomado tiempo, negociaciones y muchas discusiones en la mesa familiar, pero finalmente el imperio Russo-Miller había cruzado el Atlántico para establecer su base europea definitiva. Ya no éramos los estudiantes de intercambio que se escondían en un apartamento del Distrito V en París; éramos los directores de una de las firmas vinícolas más respetadas del continente.Estaba de pie en el porche de nuestra casa de piedra, sosteniendo una taza de café humeante mientras contemplaba la extensión de las tierras. A mis veintiocho años, la rigidez mandona que heredé de mi madre se había suavizado, transformándose en la seguridad de una mujer que sabe exactamente cuánto costó
Lucas acunó mi rostro con sus manos grandes, esas mismas manos que me habían sostenido en la ducha helada de París y que habían derribado a Max en el sótano. Se inclinó y me besó.No fue un beso de cortesía. Fue el beso de dos personas que habían estado conteniéndose durante toda la noche, un choque de labios hambriento, desesperado y dolorosamente consciente. Su lengua buscó la mía con una urgencia que me hizo soltar un jadeo ahogado que se perdió en su boca. Mis manos se enredaron en su cabello castaño, tirando de él, pegando mi cuerpo al suyo hasta que no quedó un solo milímetro de aire entre los dos. El sabor a vino tinto y a la promesa del futuro nos envolvió por completo.A lo lejos, en el patio, la voz de Dominic empezó a resonar a través de los altavoces de la casa, iniciando la cuenta regresiva oficial.—¡DIEZ! ¡NUEVE! ¡OCHO! —el grito unísono de la familia llegó como un eco distante.Lucas profundizó el beso, su mano bajando por mi espalda para apretarme contra su cadera, re
Perspectiva de AlessiaTres meses. Ese fue el tiempo exacto que logramos mantener a flote nuestro secreto en Isola di Serecchia. Ochenta y cuatro días de miradas cruzadas sobre los viñedos, de roces eléctricos en los pasillos de la bodega y de huidas clandestinas a la playa de Tucacas bajo la excusa de que necesitábamos "aire fresco de la costa". París había sido el escenario de nuestra caída, pero el viñedo familiar se había convertido en el laberinto donde Lucas y yo perfeccionamos el arte del espionaje doméstico.El regreso de Francia no había sido fácil. Marco había tardado un mes completo en recuperar su movilidad total, asistido por una Samantha que no se despegaba de su lado (y que usaba la fisioterapia como excusa para seguir metiéndose en problemas con él). Mis padres, tras el terremoto de París, habían sellado su pacto de amor con una renovación de votos silenciosa en la capilla del pueblo, una ceremonia donde mi padre no dejó de mirar a Cloe como si el mundo entero se fuera
Perspectiva de AlessiaParís, por fin, volvía a oler a cruasanes, a café recién hecho y a esa lluvia mansa que ya no arrastraba fantasmas del pasado. La tormenta gótica que nos había envuelto durante semanas se había disipado, dejando tras de sí un cielo de un azul pálido que parecía darnos una tregua definitiva. El laberinto de piedra y sombras en el que Max había intentado enterrar nuestra cordura se había convertido en un mal recuerdo, un expediente cerrado con el sello de la gendarmería francesa.Maximiliano —el falso heredero, el hijo de la envidia y del resentimiento— dormía ahora tras los muros de concreto de una prisión de alta seguridad en las afueras de la ciudad, es
Último capítulo