Mundo ficciónIniciar sesiónLa cena se había convertido en un campo de minas. Cada vez que Dominic me miraba, sentía que el vestido de cuello alto me asfixiaba, recordándome las marcas que él mismo había tatuado en mi piel horas antes. Aproveché un momento en que Michelle se sumergió en una densa explicación sobre la volatilidad del mercado para ponerme en pie.
—Con permiso... necesito un poco de aire —murmuré, sin esperar respuesta.
Salí al pasillo principal y caminé hacia la biblioteca, buscando la oscuridad y el silencio. Me apoyé contra una de las estanterías de madera maciza, cerrando los ojos y tratando de estabilizar mi respiración. Sin embargo, el aroma a sándalo y lluvia inundó mis sentidos antes de que pudiera escuchar sus pasos.
—Huir no te va a servir de nada, Cloe —la voz de Dominic vibró a mis espaldas, cargada de una arrogancia que me hizo temblar—. No después de lo que hicimos en ese hotel.
Intenté girarme para irme, pero él fue más rápido. Apoyó ambas manos en la estantería, acorralándome con su cuerpo, atrapándome en el pequeño espacio entre la madera y su pecho. La tensión entre nosotros era tan espesa que casi podía cortarse.
—Suéltame, Dominic. Eres el hermano de mi esposo... esto es una locura —susurré, aunque mis ojos no podían despegarse de los suyos, que brillaban con un hambre voraz.
—Soy el hombre que te hizo gritar anoche, no lo olvides —replicó él, acortando la distancia hasta que sus labios rozaron mi oreja—. Michelle no merece tener algo tan precioso si ni siquiera sabe cómo tocarlo.
Sin darme tiempo a reaccionar, me besó. No fue un beso tierno; fue una colisión de deseos reprimidos, una invasión que reclamaba mi boca como si fuera propiedad privada. Mis manos, traicionando mi voluntad, se hundieron en su cabello oscuro, tirando ligeramente de él mientras mi cuerpo se fundía con el suyo.
Sentí su mano descender con lentitud tortuosa por mi costado, hasta que sus dedos encontraron el borde de mi falda. Subió por mi muslo, acariciando la piel sensible que todavía recordaba su tacto. Cuando su mano llegó a mi centro, descubrió que yo ya estaba lista para él, empapada por la sola idea de su cercanía.
—Mírate... —gruñó él, jugando con mi humedad mientras sus dedos se movían con una maestría que me hacía perder el equilibrio—. Estás deseando que te reclame aquí mismo, en la casa de tu marido.
Gemí contra sus labios, incapaz de articular una palabra coherente. El placer era una ola que me arrastraba, borrando el contrato, la familia y el riesgo. Cuando el clímax me golpeó, sacudiendo mis piernas, Dominic se llevó los dedos a la boca, succionándolos con una mirada tan oscura que me obligó a apartar la vista.
—Esto está mal... esto es un error —logré decir, aunque en lugar de alejarme, rodeé su cintura con mis piernas cuando él me cargó, pegándome contra la pared.
—Lo que está mal es que mueras de frío en esa cama matrimonial mientras yo tengo el fuego para encenderte —respondió él, hundiéndose en mi cuello.
Estábamos a punto de perder el control por completo cuando el sonido de unos tacones resonó en el pasillo de mármol.
—¿Dominic? ¿Cloe? ¿Están por aquí? —la voz gélida de la madre de los Russo cortó el aire como un látigo.
Dominic se tensó y, con una agilidad asombrosa, me bajó y se alejó unos pasos, arreglándose la chaqueta justo antes de que la mujer asomara por la puerta. Me dejó con la respiración rota y el corazón a punto de salirse del pecho.
—Solo le estaba enseñando a mi cuñada las fotos de mi viaje —dijo él con una sonrisa perfecta y despreocupada, aunque sus ojos, fijos en los míos, prometían otra cosa—. Pero ya volvemos, madre.
Se acercó a mí para pasar y me susurró al oído con una promesa que me heló la sangre:
—Esto no ha terminado, Cloe. Volveré por ti.







