Mundo ficciónIniciar sesiónEl agua helada de la ducha golpeaba mis hombros, pero no lograba borrar la sensación de las manos de Dominic sobre mi piel. Me froté con saña, intentando quitarme el aroma a sándalo y pecado, hasta que vi las marcas. En el espejo empañado, mi reflejo me devolvía la imagen de una traidora: mi cuello y mis muslos estaban salpicados de pequeñas manchas violáceas, recuerdos de una pasión que no me pertenecía.
—Cloe, apresúrate. Mi madre y los inversores llegarán en una hora —la voz de Michelle, autoritaria y carente de calidez, llegó desde el otro lado de la puerta—. Asegúrate de usar el collar de zafiros. Necesito que te veas impecable.
—En un momento salgo, Michelle —respondí, cubriendo instintivamente las marcas con mis manos.
Me vestí con un traje de cuello alto, de un negro sobrio y elegante, diseñado específicamente para ocultar cualquier rastro de la noche anterior. Apliqué capas de corrector sobre los hematomas en mi cuello, sintiendo que cada pincelada era una mentira más en este contrato que llamaba matrimonio.
Al bajar al comedor, la villa estaba bañada en una luz dorada y artificial. Michelle ya estaba allí, revisando unos informes en su tableta mientras tomaba una copa de vino tinto. Ni siquiera levantó la vista cuando entré.
—¿Estás bien? Te ves pálida —dijo él, más como una crítica estética que por preocupación real.
—Solo estoy cansada, ha sido una semana larga —mentí, ocupando mi lugar en la cabecera opuesta de la mesa.
—Hoy es una noche importante. No solo vienen los inversores. Mi hermano menor ha regresado finalmente de Nueva York. Ha estado fuera tres años, pero ya es hora de que se integre a la empresa familiar. Es impulsivo y un tanto... rebelde, pero sigue siendo un Russo.
Mi corazón dio un vuelco. Michelle rara vez hablaba de su familia. Sabía que tenía un hermano, pero siempre lo había descrito como una oveja negra que prefería los viajes y la mala vida a las juntas de accionistas.
El timbre sonó, rompiendo el silencio sepulcral de la casa. Los invitados empezaron a llegar: la madre de Michelle, una mujer de mirada gélida que me analizaba como si fuera un mueble defectuoso, y dos socios mayoritarios.
—Falta él —murmuró Michelle, mirando su reloj con molestia—. La puntualidad nunca fue su fuerte.
En ese momento, la puerta principal se abrió de nuevo. Unos pasos firmes y seguros resonaron en el mármol del vestíbulo. Sentí un escalofrío recorrer mi columna antes de que el hombre entrara en el comedor.
—Siento el retraso, hermano. La lluvia de anoche dejó las calles un desastre —la voz. Esa voz profunda, ronca y cargada de una seguridad insolente que me había hecho gemir horas antes.
Me quedé petrificada, con los dedos apretados alrededor de mi copa de cristal.
—Dominic, finalmente —dijo Michelle, levantándose para recibirlo con un breve apretón de manos—. Familia, socios... les presento a Dominic Russo. Y Dominic, ella es Cloe Ferreri... mi esposa.
Me obligué a levantar la vista. Dominic estaba allí, impecable en un traje de lino oscuro que resaltaba su porte atlético. Cuando sus ojos ámbar se encontraron con los míos, el aire abandonó mis pulmones. No hubo duda, no hubo confusión. En sus ojos brilló el reconocimiento instantáneo, seguido de una chispa de triunfo y una lujuria oscura que me hizo temblar.
—Mucho gusto, Cloe —dijo él, acercándose lentamente. Su voz bajó una octava, cargada de un doble sentido que solo yo podía entender—. Michelle me ha hablado mucho de su esposa, pero ahora que te veo... me doy cuenta de que ha estado siendo muy egoísta al tenerte tan escondida.
Él tomó mi mano para besarla. No fue un beso protocolario; sus labios se demoraron un segundo de más en mi piel, y juraría que usó la punta de su lengua para rozar mis nudillos.
—Dominic, no molestes a mi mujer —intervino Michelle, volviendo a su asiento—. Cloe es tímida.
—Oh, dudo mucho que sea tímida, Michelle —replicó Dominic, sentándose justo frente a mi, sin apartar su mirada hambrienta—. Creo que simplemente no ha encontrado a alguien que sepa hacerla hablar... o gritar.
La cena fue una tortura de tres tiempos. Mientras Michelle discutía márgenes de beneficio y expansión de mercado, Dominic no dejaba de jugar conmigo bajo la mesa. Sentí su zapato rozar mi pantorrilla, subiendo lentamente por mi rodilla. Cada vez que yo intentaba apartarme, él me lanzaba una mirada que decía: «Sé exactamente cómo suenas cuando llegas al clímax».
—¿Te gusta el vino, cuñada? —preguntó Dominic, elevando su copa hacia mí—. Tiene un sabor intenso, un poco prohibido... como las mejores cosas de la vida.
—Prefiero las cosas que son claras y honestas, Dominic —respondí con la voz temblorosa, intentando mantener la compostura frente a mi marido.
—Qué lástima. Yo prefiero las que se disfrutan en la oscuridad, bajo la lluvia —él sonrió, y por un momento, el collar de cuello alto me pareció una soga—. Michelle, tu esposa es fascinante. Creo que voy a disfrutar mucho de mi estancia en Italia.
Michelle, ajeno a la tormenta que se desataba frente a él, asintió con desdén.
—Solo no te metas en problemas, Dominic. Cloe es parte del contrato de los Ferreri, y no quiero que nada arruine nuestra imagen pública.
Dominic me miró fijo, y supe que el contrato era lo último que le importaba.
—No te preocupes, hermano. Voy a cuidar de Cloe... como si fuera mía.







