Lucas acunó mi rostro con sus manos grandes, esas mismas manos que me habían sostenido en la ducha helada de París y que habían derribado a Max en el sótano. Se inclinó y me besó.
No fue un beso de cortesía. Fue el beso de dos personas que habían estado conteniéndose durante toda la noche, un choque de labios hambriento, desesperado y dolorosamente consciente. Su lengua buscó la mía con una urgencia que me hizo soltar un jadeo ahogado que se perdió en su boca. Mis manos se enredaron en su cabel