La luz de la luna se filtraba por las rendijas de las cortinas, dibujando líneas de plata sobre la piel de Dominic. El aire en la suite estaba cargado, denso, con ese aroma inconfundible a deseo satisfecho y a la tensión que siempre quedaba flotando entre nosotros. Él estaba allí, tendido sobre las sábanas desordenadas, con el torso desnudo y la respiración aún agitada. Sus ojos ámbar me seguían con una intensidad que me quemaba, una mirada que reclamaba no solo mi cuerpo, sino mi voluntad.
—Me