La paz en la villa de los Russo era siempre artificial, una calma sostenida por el dinero y las apariencias. Me encontraba en el gran salón, sentada en uno de los sofás de terciopelo frente a Micaela. Llevaba una pijama de seda color perla, corta y ligera, que Michelle me había comprado para una ocasión que nunca llegó. Mis piernas estaban cruzadas y sostenía una taza de té que temblaba ligeramente entre mis manos.
—Cloe, querida, me sorprende que hayas regresado tan pronto del norte —dijo Mica