Capítulo 5: Desayuno de cristal

 

El sol de la mañana entraba con una claridad hiriente por los ventanales del comedor, iluminando la platería y el rostro impasible de Michelle. Me senté a su derecha, sintiendo el peso del collar de seda que cubría las marcas de la noche anterior, mientras Dominic ocupaba el lugar frente a mí con una sonrisa que gritaba victoria.

—Dominic, he estado pensando en tu regreso —comenzó la madre de los Russo, cortando su omelet con una precisión quirúrgica—. Ya no eres un niño. Es hora de que dejes de saltar de una cama a otra con una mujer distinta cada semana. Necesitas sentar cabeza.

Dominic arqueó una ceja, dejando su taza de café sobre la mesa.

—La variedad es la sal de la vida, madre. No todos hemos nacido para los contratos y la monotonía —respondió él, lanzándome una mirada fugaz que me hizo apretar los muslos bajo la mesa.

—Necesitas a alguien estable, alguien dulce y educada... como Cloe —prosiguió la mujer, señalándome con un gesto elegante—. Si encontraras a una mujer con la mitad de su clase, dejaría de preocuparme por el apellido Russo.

Dominic soltó una carcajada seca que me erizó la piel.

—¿Dulce como Cloe? Madre, eso es una locura —dijo él, inclinándose hacia delante—. Dudo mucho que exista otra mujer en toda Italia capaz de soportar la... paciencia que requiere vivir en esta casa.

Mientras hablaba, sentí su mano deslizarse bajo el mantel. Con una audacia que me dejó sin aliento, sus dedos subieron por mi rodilla, trepando por la seda de mi falda hasta alcanzar la parte interna de mi muslo. Me ahogué con un sorbo de jugo de naranja, tosiendo con fuerza mientras intentaba desesperadamente mantener la compostura.

—¿Estás bien, Cloe? —preguntó Michelle sin levantar la vista del periódico, su tono tan plano como siempre.

—Sí... solo... pasó por el camino equivocado —logré decir, con el rostro encendido de humillación y deseo.

Los dedos de Dominic continuaron su ascenso, frotando con una lentitud tortuosa la tela de mi ropa interior. Era una provocación directa, un juego de poder frente a la nariz del hombre que juró protegerme.

—Por cierto, hermano —continuó Dominic, cuya mano ahora jugaba peligrosamente con mi centro—, tengo que revisar las propiedades del norte antes de mi viaje a Londres. Estaba pensando que, como tú estarás ocupado con la fusión, quizás mi cuñada podría acompañarme. Ella conoce bien la zona de los textiles Ferreri, ¿no es así?

El corazón me dio un vuelco. Me negué de inmediato, con una voz más aguda de lo normal.

—No. No puedo. Tengo compromisos con la fundación esta semana, Dominic. Es imposible.

Michelle bajó el periódico finalmente, fijando sus ojos grises en mí. Su mirada no era de preocupación, sino de una desaprobación gélida.

—Cloe, no seas descortés. Dominic está intentando integrarse al negocio familiar y tu ayuda sería invaluable para que no cometa errores de principiante con tus contactos —dijo Michelle, con esa voz que no admitía réplicas—. Tus compromisos sociales pueden esperar. La familia es lo primero.

—Pero Michelle... —intenté protestar, sintiendo cómo los dedos de Dominic daban un apretón posesivo en mi entrepierna, haciéndome jadear levemente.

—Basta —sentenció Michelle, volviendo a su lectura—. Irás con él. Es una orden, no una sugerencia. No avergüences mi nombre comportándote como una esposa caprichosa frente a mi hermano y mi madre.

Dominic retiró la mano lentamente, limpiándose la comisura de los labios con la servilleta mientras me dedicaba una mirada cargada de una lujuria triunfal.

—Ya la has oído, cuñada —susurró él, con una sonrisa depredadora—. Va a ser un viaje... muy instructivo.

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