Mundo ficciónIniciar sesiónMadison Miller lo ha perdido todo. Para salvar a su familia de la ruina absoluta, se ve obligada a firmar un contrato matrimonial con el hombre más temido y misterioso de la ciudad: Brandon Sterling, el Halcón de Wall Street. Pero Brandon no es el típico magnate arrogante; es un hombre que vive oculto en las penumbras de un ático blindado, marcado de por vida por un trágico accidente que le arrebató su familia y su rostro. Madison entra en su vida esperando un monstruo, pero encuentra a un hombre roto que prohíbe la luz y el afecto. Sumida en su propia depresión, ella acepta las reglas del juego: vivir en las sombras, no hacer preguntas y nunca, bajo ninguna circunstancia, intentar mirarlo.
Leer másBrandon El trayecto en el ascensor privado hacia el sótano de la torre se sintió como el descenso a una arena de gladiadores. Acomodé los puños de mi camisa negra y ajusté la máscara de seda que cubría el lado derecho de mi rostro. Aunque en el ático ya había aprendido a dejarla de lado frente a Madison, el mundo exterior era un nido de buitres hambrientos de morbo; no les daría el gusto de usar mis cicatrices como un arma de distracción. Miré de reojo a Madison. Llevaba un impecable traje sastre de color azul oscuro que resaltaba la seriedad en sus ojos. Sus manos imitaban una perfecta calma sobre su regazo, pero el temblor casi imperceptible en sus dedos delataba la tormenta que llevaba por dentro. Estiré mi mano y cubrí la suya con firmeza, entrelazando nuestros dedos. —No mires a los flashes, Madison —le recordé con voz baja y pausada mientras salíamos al estacionamiento subterráneo, donde el coche de Arthur ya nos esperaba con el motor en marcha—. Enfócate en mí. Los periodi
MadisonDespertar después de esa noche tuvo un sabor completamente distinto. No había rastro de la timidez del principio, ni de la tensión que solía flotar en el salón. Me encontré con la cabeza apoyada en el pecho de Brandon, escuchando el latido pausado de su corazón, mientras su brazo izquierdo me rodeaba por la cintura con una posesividad suave que ya se había vuelto mi rincón favorito en el mundo.Me moví un poco, intentando no despertarlo, pero en cuanto levanté la mirada, me encontré con su ojo azul firmemente fijo en mí. Estaba despierto, contemplándome en la penumbra de la mañana. Su máscara de seda negra se había caído por completo sobre la almohada, pero esta vez, Brandon no hizo el más mínimo ademán de cubrirse. Al contrario, me dedicó una sonrisa pequeña, una línea sutil que suavizó la rigidez de su rostro.—Buenos días —susurró, con la voz notablemente ronca por el sueño.—Buenos días —respondí, estirándome para darle un beso corto y tierno en los labios—. ¿Dormiste bie
Brandon Si alguien me hubiera dicho hace un mes que terminaría arrodillado en el suelo de mi terraza, empapado de agua con champú baratero y riéndome a carcajadas junto a una mujer, habría hecho que lo evaluara un psiquiatra. No sabía qué demonios estaba haciendo con Madison. Toda mi vida se había basado en el control estricto, en las sombras y en muros de contención emocional. Pero ella había llegado con su tristeza a cuestas y, sin hacer ruido, había derribado cada una de mis defensas. Y lo peor —o lo mejor— era que me encantaba. Me fascinaba perder el control si era ella quien me sostenía la mano. Después del desastre de la manguera, Harrison tuvo que traernos toallas secas mientras intentaba, sin éxito, mantener una expresión seria. Terminamos de bañar a los cachorros entre risas compartidas y miradas que ya no podíamos apartar. La cena de esa noche fue diferente; ya no había la distancia kilométrica de la mesa formal. Cenamos algo ligero en la encimera de la cocina, compartien
Madison El mundo exterior dejó de existir durante los siguientes minutos. Las manos de Brandon seguían firmes en mi cintura, pegándome a su cuerpo con una urgencia que me hacía temblar las piernas. El beso continuó, volviéndose cada vez más profundo, más cálido, un vaivén de labios y respiraciones aceleradas que borraba por completo el rastro amargo de la llamada de mi padre. Estar entre sus brazos, sentir su piel caliente y sus cicatrices contra mis dedos sin que él intentara esconderse, era la sensación más adictiva que había experimentado en toda mi vida. Estábamos perdidos en nuestro propio ritmo cuando el teléfono de su escritorio volvió a sonar, rompiendo el hechizo con su insistente zumbido electrónico. Nos separamos despacio, con las frentes aún unidas y los labios encendidos. Brandon soltó un suspiro de frustración contra mi boca, haciéndome sonreír. Fue en ese instante, al ver su rostro relajado, cuando recordé la verdadera razón por la que había entrado a la biblioteca.





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