Mundo ficciónIniciar sesiónMadison Miller lo ha perdido todo. Para salvar a su familia de la ruina absoluta, se ve obligada a firmar un contrato matrimonial con el hombre más temido y misterioso de la ciudad: Brandon Sterling, el Halcón de Wall Street. Pero Brandon no es el típico magnate arrogante; es un hombre que vive oculto en las penumbras de un ático blindado, marcado de por vida por un trágico accidente que le arrebató su familia y su rostro. Madison entra en su vida esperando un monstruo, pero encuentra a un hombre roto que prohíbe la luz y el afecto. Sumida en su propia depresión, ella acepta las reglas del juego: vivir en las sombras, no hacer preguntas y nunca, bajo ninguna circunstancia, intentar mirarlo.
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El silencio en la biblioteca de mi casa era tan denso que podía escuchar el tictac del reloj de pared como si fueran martillazos. Mi padre estaba sentado tras su escritorio, con las manos entrelazadas y el rostro pálido. Sobre la superficie de madera, descansaba un contrato encuadernado en cuero negro que parecía irradiar una energía gélida. —Es la única salida, Madison —dijo, sin levantar la vista. Sus dedos temblaban—. La deuda con los Sterling no es solo monetaria. Si no aceptamos sus condiciones, el lunes no tendremos nada. Ni esta casa, ni la empresa, ni siquiera nuestro nombre. Sentí un vacío helado instalándose en mi pecho. Había oído los susurros sobre Brandon Sterling. El hombre que manejaba los hilos de la ciudad desde la sombra de su ático, aquel que nadie veía en las galas, el que nunca concedía entrevistas ni se dejaba fotografiar. Los rumores eran crueles: decían que era un monstruo, que el accidente de coche que mató a sus padres cuando era niño lo dejó marcado de formas que el ojo humano no podía soportar. —¿Y su condición es que yo me convierta en su esposa? —Mi voz sonó extraña, como si viniera de otra persona—. ¿Por qué yo? Ni siquiera me conoce. —Él no necesita conocerte —intervino mi madre desde la puerta, con la voz rota—. Solo necesita una esposa de un linaje impecable para cerrar el trato con los inversores europeos. Tú eres… el precio de nuestra salvación. En ese momento, el timbre de la mansión resonó como una campana de ejecución. Minutos después, un hombre de aspecto impecable y mirada clínica entró en la biblioteca. No era Brandon. —Soy el señor Harrison, asistente personal del señor Sterling —dijo el hombre, dejando un maletín sobre la mesa. Su tono era tan frío como el contrato—. Traigo los documentos definitivos. El señor Sterling no estará presente para la firma, ni para la ceremonia civil. Todo se manejará a través de sus representantes legales. —¿Ni siquiera se va a presentar a su propia boda? —pregunté, sintiendo una mezcla de alivio y una humillación profunda. —El señor Sterling prefiere la privacidad absoluta —respondió Harrison, mirándome como si fuera un mueble más en la habitación—. Una vez firmado, usted se mudará al ático de la Torre Sterling mañana mismo. No habrá fiesta, no habrá invitados. Usted será la señora Sterling ante la ley, y eso es todo lo que requiere de usted. Miré a mi padre. Parecía un hombre quebrado. Miré a mi madre, que apretaba un rosario entre sus manos. La presión en mi pecho se volvió insoportable, una tristeza pesada que me robó el aire. No sentía ganas de pelear, ni de gritar. Mi voluntad se desvaneció, dejando solo una resignación amarga. —Dame la pluma —susurré. —Madison, si no quieres… —empezó mi padre, pero no terminó la frase. Todos sabíamos que no había opción. —No importa —lo interrumpí. Las lágrimas se agolparon en mis ojos, pero no dejé que cayeran. Me sentía como si estuviera caminando hacia mi propio entierro—. Si mi libertad es lo que vale la empresa, tómala. Ya no la quiero de todas formas. Tomé la pluma de oro que Harrison me ofrecía. El papel se sentía áspero bajo mis dedos. Firmé con letra temblorosa, entregando mi nombre, mi cuerpo y mi futuro a un hombre que ni siquiera tenía el valor de mirarme a la cara. —Excelente —dijo Harrison, guardando el documento con una eficiencia aterradora—. Un chofer pasará por usted a las seis de la mañana. Prepare solo lo esencial. El señor Sterling prefiere que no introduzca objetos personales extraños en su entorno. El asistente se marchó sin una despedida cordial. Me quedé allí, de pie en medio de la biblioteca, sintiendo que el mundo a mi alrededor se volvía gris. No tenía miedo del hombre deforme que me esperaba en las sombras de aquel ático; tenía miedo del vacío que sentía dentro de mí. Esa noche, no pude dormir. Me quedé mirando el techo, pensando en Brandon Sterling. ¿Cómo sería el hombre que vivía oculto del mundo? ¿Qué clase de cicatrices llevaba para preferir comprar una esposa en lugar de buscar una? Mañana me convertiría en la esposa de un fantasma. Y lo peor de todo era que, en ese momento, yo me sentía tan invisible y rota como él.Madison El aire en la biblioteca se sentía eléctrico. Brandon seguía de pie frente a mí, con esa mirada que era mitad admiración y mitad miedo. No me había quitado la mano de la mejilla, y sus dedos cicatrizados, aunque ásperos, tenían un calor que me hacía sentir más viva de lo que me convenía.—Has salvado millones hoy, Madison —dijo, rompiendo el silencio con su voz ronca—. Y lo que es más importante, has salvado mi orgullo frente a esos buitres. El contrato dice que te daría una vida de lujos, pero esto merece algo más. Pídeme lo que quieras. Una propiedad a tu nombre, un coche, una colección entera de joyas. Lo que sea.Lo miré y, por primera vez, no sentí el peso de la tristeza. En su lugar, sentí un antojo infantil, un deseo de algo sencillo que me devolviera a la tierra después de tanta frialdad financiera.—Quiero donas —solté sin pensar.Brandon arqueó una ceja, visiblemente descolocado.—¿Donas? Madison, te estoy ofreciendo un imperio y tú me pides… ¿pan con azúcar?—Quier
Madison El Club Emerald olía a tabaco de alta gama, cuero viejo y decisiones que cambiaban el rumbo de países. Caminé por el pasillo alfombrado siguiendo al anfitrión, sintiendo los ojos de los socios del club clavados en mí. Era la única mujer en la estancia, y definitivamente la única que no superaba los treinta años.Cuando entramos en el salón privado, los tres representantes alemanes ya estaban allí. Se pusieron en pie con una cortesía mecánica, pero sus miradas intercambiadas lo decían todo: ¿Sterling nos envía a una niña?—Señora Sterling, es un placer —dijo el Sr. Vogel, el líder del grupo, con un acento marcado—. Esperábamos a su esposo. Los rumores decían que esta vez no habría intermediarios.—Yo no soy una intermediaria, Sr. Vogel —respondí, sentándome en la cabecera de la mesa y dejando mis informes con un golpe seco—. Soy la extensión de la voluntad de Brandon Sterling. Y si han leído el acta de matrimonio, sabrán que mi firma tiene el mismo valor legal que la suya. Pod
Hacía meses que no sentía esta clase de agotamiento, uno que no nacía del vacío, sino del esfuerzo. Pasé toda la noche inclinada sobre los informes que Harrison me había entregado. Los números bailaban ante mis ojos y los términos legales se enredaban en mi mente, pero no me detuve. Estudié la estructura de los Sterling, los márgenes de beneficio de los inversores alemanes y, sobre todo, las debilidades de la contraparte.A las cuatro de la mañana, mientras Layka dormía plácidamente a mis pies, sentí una extraña satisfacción. Por primera vez desde que firmé aquel contrato matrimonial, no me sentía como una víctima. Me sentía como una jugadora.Cuando el sol comenzó a teñir de un naranja pálido los edificios de la ciudad, me levanté para arreglarme. Mi estado de ánimo era distinto; la pesadez en mis hombros se había transformado en una adrenalina eléctrica. Me duché con agua casi helada para despejar la neblina del sueño y elegí uno de los vestidos que Brandon había comprado para mí:
Madison La presencia de Layka y los cachorros había devuelto un poco de pulso a mis días. Ya no pasaba las horas mirando el techo; ahora, mis ojos seguían los movimientos torpes de los pequeños sobre la alfombra. Sin embargo, la tristeza seguía ahí, como una sombra fiel, recordándome que mi vida seguía siendo un contrato de dos años en una torre de cristal.Esa tarde, mientras caminaba por el pasillo hacia la cocina para buscar agua para los perros, escuché voces elevadas que provenían de la biblioteca. La puerta estaba entreabierta, algo inusual en el hermético mundo de Brandon.—¡Es absurdo, Harrison! —la voz de Brandon retumbó, cargada de una furia contenida—. Saben perfectamente que no asisto a reuniones presenciales. Mi firma tiene suficiente peso en este país para cerrar cualquier trato.—Lo sé, señor, pero los inversores alemanes son de la vieja escuela —la voz de Harrison sonaba tensa, casi desesperada—. Dicen que, tratándose de una fusión de esta magnitud, necesitan ver la c
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