La luz de la luna se filtraba por las rendijas de las cortinas, dibujando líneas de plata sobre la piel de Dominic. El aire en la suite estaba cargado, denso, con ese aroma inconfundible a deseo satisfecho y a la tensión que siempre quedaba flotando entre nosotros. Él estaba allí, tendido sobre las sábanas desordenadas, con el torso desnudo y la respiración aún agitada. Sus ojos ámbar me seguían con una intensidad que me quemaba, una mirada que reclamaba no solo mi cuerpo, sino mi voluntad.—Me vas a volver loco, Cloe —gruñó, con la voz rota por la excitación—. Ven aquí. No he terminado contigo.Yo estaba en ropa interior, de pie junto a la cama. Sentía el frío de la noche en mi piel, pero por dentro era un incendio. Sin embargo, la imagen de él con la otra chica en el bar, y las palabras de Micaela sobre su naturaleza voluble, seguían martilleando en mi mente. No podía permitir que él ganara. No podía ser solo una más en su lista.—¿Quieres más, Dominic? —susurré, acercándome con una
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