El hotel no era una de las grandes cadenas que Michelle solía frecuentar; era un refugio de paredes oscuras y luces tenues en el corazón de Brera. Al cerrar la puerta de la suite, el sonido de la lluvia contra el cristal quedó amortiguado, pero el estruendo de mi corazón era ensordecedor. Dominic no perdió el tiempo. Me acorraló contra la madera noble de la puerta, y sus manos, todavía húmedas por el agua de la calle, se hundieron en mi cabello.—¿Sigues queriendo esto, Cloe? —su voz era un gruñido bajo, una vibración que sentí en mi pecho—. Porque una vez que pase este umbral, no voy a dejar ni un rastro de ese hielo que te cubre. Te voy a quemar entera.—Quémame, entonces —respondí, rodeando su cuello con mis brazos—. Por una vez en mi vida, quiero sentir que estoy viva, aunque sea un incendio.Dominic soltó una risa cargada de pura lujuria y bajó sus labios a mi cuello. Cada beso suyo era una marca, una declaración de guerra contra la indiferencia de mi esposo. Con un movimiento ex
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