El hotel de la fábrica en el norte no tenía el lujo de la villa en Milán, pero sus paredes de madera y el sonido del viento golpeando los ventanales le daban una atmósfera opresiva y cargada. Dominic no había dicho una palabra desde que salimos del restaurante. Su mandíbula estaba tan apretada que parecía a punto de romperse, y la forma en que cerró la puerta de la suite compartida hizo que los cuadros de las paredes vibraran.
—¿Hasta cuándo piensas seguir con este espectáculo de hielo, Cloe? —