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El espejo de mi vestidor en la villa de los Russo no me devolvía una imagen, sino un reproche. El vestido de satén verde esmeralda, una pieza de alta costura que Michelle había seleccionado personalmente a través de su secretaria, se ceñía a mi cuerpo como una armadura de seda.
—Has vuelto a perder peso, Cloe. El escote se ve vacío —la voz de Michelle, fría como el mármol de Carrara que decoraba nuestro recibidor, me sobresaltó.
Me giré lentamente. Él estaba allí, terminando de anudar su corbata de seda plateada frente al espejo del pasillo, sin siquiera dignarse a entrar en mi habitación. Para Michelle Russo, yo no era una esposa, era un activo en su balance general. Una transacción que había salvado los viñedos de mi padre a cambio de mi libertad.
—Lo siento, Michelle. He estado un poco estresada con la organización de la gala de beneficencia —mentí, aunque la verdad era mucho más simple: los nervios me cerraban el estómago cada vez que escuchaba sus pasos en el pasillo.
Él se acercó y, por un segundo, pensé que pondría una mano en mi mejilla o que arreglaría el tirante de mi vestido. Pero Michelle solo se detuvo para mirar su reloj de oro. Ni un roce. Ni una chispa de deseo en sus ojos grises.
—No te preocupes por la gala. He pedido a mi asistente que se encargue de los detalles finales. Tú solo asegúrate de estar lista a las ocho y de sonreír cuando los fotógrafos se acerquen. No quiero que piensen que los Ferreri están arrepentidos del trato —su tono era plano, desprovisto de cualquier emoción—. Me voy a una reunión previa en el club. No me esperes para cenar.
—Michelle... —lo llamé, pero él ya me había dado la espalda—. Hoy cumplimos dos años de casados.
Él se detuvo en el umbral, sin girarse.
—Mañana te enviaré algo de la joyería. Ponlo a cuenta de la empresa.
El sonido de la puerta principal cerrándose fue el golpe de gracia. Me quedé allí, en medio de la opulencia de una villa que se sentía como un mausoleo, apretando los puños hasta que las uñas se clavaron en mis palmas. Era invisible. Un fantasma comiendo en una mesa de roble para doce personas.
De repente, mi teléfono vibró sobre el tocador. Era Cassey.
—Dime que no estás sentada viendo cómo se seca el barniz de las paredes, Cloe —la voz de mi mejor amiga era un torbellino de energía.
—Michelle acaba de irse. Otra reunión. Otro día siendo un mueble más —susurré, sintiendo el nudo en la garganta.
—¡Basta! Se acabó. Hoy es "La Notte delle Maschere" en el Black Room. Nadie sabe quién es quién, nadie juzga y, sobre todo, nadie es la esposa de nadie. Ponte algo que haga que los hombres se olviden de cómo respirar. Paso por ti en veinte minutos.
Media hora después, el aire frío de la noche milanesa golpeaba mi rostro mientras bajábamos del coche frente a un callejón discreto. El Black Room era el secreto mejor guardado de la élite: un bar subterráneo donde el anonimato era la única regla. Cassey me entregó una máscara de encaje negro que solo dejaba ver mis ojos.
—Regla número uno: esta noche no eres Cloe Russo —me recordó ella, ajustándose su propia máscara dorada—. Eres solo una mujer con hambre de algo real.
El interior del bar era un caos de luces rojas y olor a perfume caro mezclado con whisky ahumado. La música vibraba en el suelo, subiendo por mis piernas hasta instalarse en mi vientre. Pedí un Martini doble, buscando quemar el rastro de la indiferencia de mi marido.
—Ese vestido es un pecado, y yo he venido esta noche buscando la redención —una voz profunda, cargada de una seguridad casi insolente, vibró justo detrás de mi oído.
Me tensé, pero no me alejé. Al girarme, me encontré con un hombre que parecía haber salido de una sombra. Llevaba una máscara de cuero negro que ocultaba la mitad de su rostro, pero sus ojos... eran de un ámbar intenso, peligrosos y hambrientos. No vestía el traje acartonado de los hombres que solían rodearme; su camisa de lino negro estaba desabrochada en los primeros botones, revelando una piel bronceada y un magnetismo que cortaba el oxígeno.
—¿Eres un pecador o un redentor? —pregunté, sorprendiéndome de la firmeza de mi propia voz. El alcohol y el anonimato me estaban dando una valentía que no reconocía.
—Esta noche, puedo ser lo que tú necesites que sea —respondió él, acortando la distancia hasta que pude oler su aroma: sándalo, lluvia y algo puramente masculino—. Me he pasado media hora mirándote desde la barra. Pareces una reina atrapada en un mundo que le queda pequeño.
—No me conoces —le reté, sintiendo un calor desconocido subiendo por mi cuello.
—No necesito conocer tu nombre para saber que estás muriendo por que alguien te toque como si fueras de fuego y no de cristal —su mano, grande y cálida, se posó en mi cintura, justo donde el vestido terminaba de ceñirse. El contacto envió una descarga eléctrica que me hizo jadear—. Dime, ¿tu dueño sabe que tiene una joya que brilla tanto en la oscuridad?
—No tengo dueño —dije, acercándome más, dejando que mi cuerpo rozara el suyo—. Y el hombre con el que comparto el techo no sabe ni de qué color son mis ojos cuando se dilatan por el deseo.
El desconocido soltó una risa ronca, una vibración que sentí en mis propios huesos. Me tomó de la barbilla con delicadeza pero con una autoridad que me hizo temblar.
—Entonces ese hombre es un idiota. Porque yo, sin haber visto tu rostro completo, ya estoy pensando en cómo sonaría tu voz si gritara mi nombre contra las sábanas.
—Pruébalo —susurré, desafiándolo con la mirada.
Él no esperó. Me tomó de la mano y me guio hacia la salida trasera del bar, justo cuando una tormenta repentina empezaba a lavar las calles de Milán. Bajo la lluvia, contra la pared de ladrillo frío, sus labios buscaron los míos con una urgencia que me quemó. No era un beso de contrato, era una invasión.
—Soy Dominic —gruñó él entre besos, mientras sus manos reclamaban mis curvas con una posesividad que Michelle jamás habría soñado tener—. Y esta noche, voy a hacerte olvidar que alguna vez fuiste invisible.







