El despacho de Michelle olía a cuero viejo, tabaco de importación y a esa pulcritud obsesiva que me ponía los nervios de punta. Dominic estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a su hermano, apretando una pelota de antiestrés con tanta fuerza que sus nudillos amenazaban con perforar la goma. La humillación de la noche anterior seguía escociendo como una herida abierta.
—Pareces un animal enjaulado, Dominic —la voz de Michelle llegó desde su escritorio, monótona y gélida—. ¿Tan mal te fue e