Capítulo 6: Veneno y Vitriolo

 

El desayuno se prolongaba como una agonía de plata y porcelana. Micaela Russo, la matriarca cuya mirada podía congelar el mismísimo Mediterráneo, no apartaba los ojos de su hijo menor. Dominic, por su parte, devoraba su tostada con una indolencia que rayaba en lo insultante, mientras su mano derecha —aquella que minutos antes me había hecho temblar bajo el mantel— ahora descansaba despreocupadamente sobre la mesa.

—Dominic, lo digo en serio —insistió Micaela, rompiendo el silencio tras la reprimenda de Michelle hacia mí—. Esta vida de hotel en hotel y de mujer en mujer tiene que terminar. Eres un Russo. Necesitas una compañera, alguien que te dé estabilidad, una mujer seria que te haga pensar en el futuro.

Dominic soltó una risa ronca, una que me revolvió el estómago porque aún podía sentir el eco de esa misma risa contra mi cuello en la oscuridad de la suite.

—Madre, por favor —respondió él, reclinándose en la silla con una sonrisa ladeada—. No existe en este mundo una mujer que tenga el poder de hacerme pensar solo en ella. Sería un pecado, y sobre todo, una actitud terriblemente egoísta de mi parte privar al resto de las mujeres de mi compañía por centrarme solo en una.

Sentí una punzada de rabia tan aguda que no pude evitarlo. Volteé los ojos con un gesto de desdén tan evidente que el aire en la mesa pareció succionarse.

—¿Algo que decir, querida Cloe? —preguntó Dominic, fijando sus ojos ámbar en mí con una chispa de diversión maligna.

—Solo que la arrogancia suele ser el refugio de los que no tienen nada real que ofrecer —respondí, con la voz más gélida que pude fingir.

Michelle soltó un bufido de impaciencia. —Basta de charlas triviales. Cloe, ve a preparar tus cosas. Dominic te espera en el coche en diez minutos. No me hagas quedar mal, hermano. Ten cuidado con ella, es... delicada.

—Oh, lo sé, Michelle. Sé perfectamente lo delicada que puede llegar a ser —murmuró Dominic mientras yo me levantaba de la mesa, sintiendo su mirada quemándome la espalda.

El trayecto hacia las fábricas del norte fue una tortura psicológica. Dominic conducía su deportivo negro con una mano en el volante y la otra... la otra no se quedó quieta. Apenas salimos de los límites de la propiedad, su mano encontró mi muslo.

—Quita tu mano de ahí, Dominic. Es una orden —siseé, pegándome a la puerta del copiloto.

—Tu marido me ordenó que te cuidara, cuñada. Solo estoy comprobando que sigues tan... receptiva como anoche —dijo él, apretando su agarre. Sus dedos se movían con una cadencia experta, subiendo por la costura de mi media hasta rozar la piel desnuda que el vestido no cubría.

—¡Eres un animal! —exclamé, aunque mi respiración empezaba a traicionarme.

—Y a ti te encanta que lo sea. No trates de fingir virtud ahora, Cloe. Tu cuerpo me reconoce. Sientes esto, ¿verdad? —deslizó un dedo bajo el encaje de mi lencería, acariciando con una presión que me hizo cerrar los ojos y apretar los dientes para no gemir—. Estás tan mojada que podrías inundar este coche. ¿Qué diría Michelle si supiera que su "esposa perfecta" se derrite con solo un roce de su hermano?

—Cállate... solo cállate —supliqué, sintiendo cómo la tensión sexual se volvía insoportable.

Él no se detuvo. Durante las dos horas de viaje, me torturó con caricias intermitentes, susurros sucios sobre lo que me haría en cuanto estuviéramos solos y preguntas humillantes sobre mi vida sexual con Michelle. Me sentía degradada, deseada y viva, todo al mismo tiempo.


Llegamos a un pequeño restaurante rústico de la zona, uno de esos lugares con un mini bar de madera oscura y luces tenues, ideal para pasar desapercibido. Mi cuerpo era un manojo de nervios y necesidad.

—Necesito ir al baño —dije, bajando del coche casi antes de que él apagara el motor.

Me encerré en el cubículo del baño, apoyando la frente contra la puerta fría. "¿Qué estoy haciendo?", me pregunté. Estaba traicionando todo por un hombre que acababa de decir en la mesa de su madre que ninguna mujer era suficiente para él.

Cuando salí del baño diez minutos después, lavada y con la máscara de frialdad recompuesta, la escena que encontré en el bar me golpeó como un bofetón.

Dominic estaba apoyado contra la barra de madera. Una chica joven, probablemente una camarera o una cliente local con un vestido demasiado corto, le sonreía de forma descarada. Lo peor no era ella; era él. Dominic la tenía sujeta por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo con la misma posesividad con la que me había sujetado a mí anoche. Se inclinó hacia ella y, con una lentitud deliberada, le mordió el lóbulo de la oreja mientras ella soltaba una risita tonta.

El aire se me escapó de los pulmones. Una furia negra y helada sustituyó al deseo.

Dominic levantó la vista y me vio. Sus ojos se tensaron al instante, y su mandíbula se apretó. Soltó a la chica con una indiferencia que debería haberme dado lástima por ella, pero solo sentí asco por él.

—Cloe... —empezó a decir, dando un paso hacia mí.

No le di la oportunidad. Pasé por su lado con la cabeza alta, ignorando a la chica que me miraba con curiosidad.

—La mesa está lista —le dije a la camarera, ignorando por completo la existencia de Dominic.

Nos sentamos frente a frente. El silencio se volvió un muro de hormigón. Dominic intentó varias veces romper el hielo, pero yo me limité a mirar la carta o a observar el paisaje por la ventana.

—¿Vas a estar así todo el almuerzo? —preguntó él, golpeando rítmicamente la mesa con los dedos—. Solo era una chica, Cloe. Estaba siendo amable.

—No me des explicaciones, Dominic. No te las he pedido —respondí con una voz tan plana que me sorprendió a mí misma—. No eres nada mío. Eres el hermano de mi marido y un hombre que, según sus propias palabras, no puede ser fiel ni a su propia sombra. No me importa lo que hagas con tus dientes y las orejas de las desconocidas.

—Te importa. Estás ardiendo de celos —dijo él, inclinándose sobre la mesa—. Puedo olerlo.

—Lo que hueles es mi desprecio —le corté—. Comamos rápido. Tenemos una fábrica que visitar y un contrato que cumplir. No quiero pasar ni un segundo más de lo necesario en tu compañía.

Dominic apretó los puños, y por primera vez, vi una sombra de frustración real en su rostro.

—Cloe, escucha...

—No hay nada que escuchar. Come, Dominic.

El resto del viaje fue un desierto de palabras. Visité la fábrica, hablé con los gerentes y revisé los textiles con una eficiencia profesional que lo mantenía a raya. Él me observaba desde la distancia, con una mirada oscura y perturbada, intentando acercarse, intentando tocarme de nuevo, pero cada vez que lo intentaba, yo me alejaba como si su contacto fuera veneno.

Había aprendido la lección. En el juego de los hermanos Russo, yo era el premio de uno y el juguete del otro. Y no pensaba permitir que Dominic Russo volviera a saborear mi piel hasta que entendiera que yo no era una de tantas

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