Capítulo 2: El sabor del anonimato

 

El hotel no era una de las grandes cadenas que Michelle solía frecuentar; era un refugio de paredes oscuras y luces tenues en el corazón de Brera. Al cerrar la puerta de la suite, el sonido de la lluvia contra el cristal quedó amortiguado, pero el estruendo de mi corazón era ensordecedor. Dominic no perdió el tiempo. Me acorraló contra la madera noble de la puerta, y sus manos, todavía húmedas por el agua de la calle, se hundieron en mi cabello.

—¿Sigues queriendo esto, Cloe? —su voz era un gruñido bajo, una vibración que sentí en mi pecho—. Porque una vez que pase este umbral, no voy a dejar ni un rastro de ese hielo que te cubre. Te voy a quemar entera.

—Quémame, entonces —respondí, rodeando su cuello con mis brazos—. Por una vez en mi vida, quiero sentir que estoy viva, aunque sea un incendio.

Dominic soltó una risa cargada de pura lujuria y bajó sus labios a mi cuello. Cada beso suyo era una marca, una declaración de guerra contra la indiferencia de mi esposo. Con un movimiento experto, bajó la cremallera de mi vestido verde. El satén resbaló por mis caderas, cayendo al suelo como una piel muerta que ya no necesitaba.

—Eres una obra de arte, Cloe —susurró él, recorriendo con sus ojos ámbar cada curva que Michelle siempre ignoraba—. Ese idiota que te tiene en casa debe estar ciego. Yo no podría tenerte cerca sin querer devorarte cada segundo del día.

Me llevó a la cama, y allí, bajo el hilo de las sábanas de seda, el mundo exterior desapareció. No había contratos, no había apellidos Ferreri ni obligaciones Russo. Solo era la piel de un hombre que me reclamaba con una intensidad que me dejaba sin aliento.

—Mírame, Cloe —ordenó él, posicionándose sobre mí—. Quiero que veas quién te está haciendo sentir esto. No cierres los ojos. No te escondas.

—No me escondo —gemí, clavando mis uñas en sus hombros bronceados—. Es solo que... nunca nadie me había mirado así. Como si fuera...

—¿Como si fueras lo único que importa? —interrumpió él, mientras sus embestidas se volvían más rítmicas y profundas—. Porque lo eres. En esta habitación, eres mi única ley.

La pasión escaló hasta un punto de no retorno. El sudor mezclado con el rastro de la lluvia creaba una fricción eléctrica entre nuestros cuerpos. Dominic me trataba con una mezcla de delicadeza y una posesividad oscura que me hacía perder el sentido de la realidad.

—¿Soy mejor que él? —me susurró al oído, con la voz rota por el esfuerzo—. Dime que soy mejor que el bloque de hielo que te espera en esa villa. Dime que mi nombre es el único que quieres gritar.

—¡Sí! ¡Eres tú! ¡Solo tú, Dominic! —grité, entregándome por completo al clímax que me sacudía como una tormenta.

En el momento del éxtasis final, él me besó con una ternura inesperada, una que contrastaba con la fuerza de sus movimientos. Se dejó llevar por el calor del momento, hundiéndose en mi cuello mientras recuperaba el aliento.

—Podría quedarme así toda la vida —murmuró contra mi piel—. Eres adictiva, Cloe.

El silencio que siguió fue peligroso. La realidad empezó a filtrarse por las grietas de la habitación. Miré el reloj digital en la mesilla: las cuatro de la mañana. El pánico, ese viejo conocido, regresó de golpe. Michelle llegaría pronto de su reunión o, peor aún, ya estaría en casa esperando un informe sobre mi comportamiento.

—Tengo que irme —dije, apartándome de su calor con una brusquedad que lo dejó desconcertado.

—¿Qué? No, quédate. Aún es de noche —Dominic se incorporó, pasando una mano por su cabello alborotado—. Ni siquiera hemos hablado. Ni siquiera sé tu apellido.

—Es mejor así —respondí, buscando mi ropa por el suelo con movimientos frenéticos. Mi vestido estaba arrugado, un testimonio de nuestra entrega—. Lo que pasó aquí... fue una noche, Dominic. Una noche de escape.

—No me digas que esto fue solo un escape para ti —él saltó de la cama, sin pudor alguno, mostrándome ese cuerpo que me había hecho tocar el cielo—. Lo que hubo ahí dentro no fue solo sexo, y lo sabes.

—No importa lo que yo sepa —me puse el vestido, luchando con la cremallera—. Tengo una vida que no puedo abandonar. Tengo responsabilidades, un contrato...

—¡Al diablo con los contratos! —exclamó él, acercándose y tomándome de los brazos—. Quédate. Desayunemos. Empecemos de cero.

—No puedo —lo miré a los ojos, sintiendo que el corazón se me partía—. Adiós, Dominic. Gracias por recordarme que todavía puedo sentir.

Me puse los tacones, me arreglé el cabello frente al espejo con dedos temblorosos y, sin mirar atrás, salí de la suite. Corrí por el pasillo del hotel, sintiendo el vacío en el pecho y el rastro de su aroma todavía pegado a mi piel. Al salir a la calle, la lluvia había cesado, dejando un rastro frío y limpio.

Subí a un taxi con el alma en vilo. No sabía que el "desconocido" de mi noche de gloria estaba a punto de convertirse en mi peor pesadilla... y en mi mayor tentación.

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