Mundo ficciónIniciar sesiónVanya creía haberlo sacrificado todo por amor. Durante siete años luchó junto a Gideon, Alfa de la poderosa manada Colmillo de Plata. Renunció a parte de su herencia, derramó sangre en las fronteras y ayudó a construir un imperio que parecía destinado a durar para siempre. Hasta la noche en que descubrió la verdad. Traicionada por su esposo, despojada de sus tierras ancestrales y expulsada mediante la brutal ruptura de su vínculo de apareamiento, Vanya es condenada al exilio y dada por muerta en medio del invierno más cruel de su vida. Pero las leyendas no mueren tan fácilmente. En las tierras salvajes de los desterrados encuentra a Alek, un Alfa tan peligroso como indomable. Alek no reconoce la autoridad del Consejo ni se inclina ante reyes. Sin embargo, en la loba herida que aparece en sus dominios reconoce algo que creía extinguido: el espíritu de una verdadera soberana. Vanya descubrirá que la traición de Gideon es apenas la primera pieza de un juego mucho más oscuro. Un juego capaz de destruir las últimas líneas de sangre Alfa y cambiar para siempre el destino de todas las manadas. Entre batallas, alianzas imposibles y una atracción tan feroz como peligrosa, Vanya deberá decidir qué es más importante: la venganza que consume su alma o el imperio que está destinada a gobernar. La noche que perdió a su compañero, Vanya también perdió su hogar, su nombre y su futuro. Lo que sus enemigos no sabían era que acababan de crear algo mucho más peligroso que una Luna traicionada. Habían despertado a una reina. Desterrada en las tierras salvajes, Vanya encontrará aliados. Pero para recuperar su imperio deberá enfrentarse a un enemigo que conoce sus debilidades... y a un Alfa salvaje cuyos ojos amarillos amenazan con derribar los muros que rodean su corazón.
Leer másEl aire en la gran residencia del Alfa siempre había olido a pino, a tierra mojada y al aroma dominante de Gideon. Para Vanya, aquel olor había sido sinónimo de hogar y refugio durante siete largos años. Había sacrificado el nombre de su propia estirpe, sus títulos y las ricas tierras del norte para consolidar el imperio de la manada Colmillo de Plata.
Ella no era una loba común.
Vanya era una Alfa de nacimiento, descendiente directa de una de las familias más antiguas, poderosas e influyentes del mundo de los lobos. Su sola presencia exigía respeto, y su belleza era una leyenda en todos los territorios. Una belleza letal, limpia de artificios.
Jamás había necesitado maquillaje.
Su piel perfecta, sus facciones afiladas como navajas y sus imponentes ojos de un azul tan profundo como el océano ártico la hacían parecer una diosa de la guerra caminando entre mortales.
Había sido la Luna perfecta.
La estratega brillante.
La guerrera indomable.
La mujer que permanecía al lado de Gideon cuando las guerras amenazaban con destruirlo todo.
Y la compañera que curaba sus heridas después de cada batalla.
Un esposo que, físicamente, parecía su contraparte perfecta.
Gideon era un Alfa atractivo, poderoso y admirado. Poseía un cuerpo moldeado por años de combate, una mandíbula firme y unos ojos color avellana que alguna vez habían ardido de deseo cada vez que la observaban.
Juntos eran la imagen del poder.
La pareja que todos admiraban.
Los gobernantes que habían convertido a Colmillo de Plata en una de las manadas más fuertes del continente.
Habían construido un imperio.
O al menos eso creía ella.
Hasta aquella noche.
Vanya regresó de las fronteras un día antes de lo previsto. Una tormenta invernal había obligado a suspender parte de la inspección militar, así que decidió volver a casa sin avisar.
Desde el momento en que cruzó las puertas principales de la residencia, algo le pareció extraño.
El silencio.
No era un silencio normal.
Era un silencio preparado.
Artificial.
Los corredores estaban vacíos.
No había guardias.
No había sirvientes.
Ni siquiera los centinelas que normalmente vigilaban los accesos privados del Alfa.
Aquello era un error táctico imperdonable.
O una orden directa.
«Algo no está bien.» La voz de Sura resonó dentro de su mente.
La enorme loba plateada caminaba inquieta por el espacio mental que compartían.
«Lo sé.» respondió Vanya mentalmente.
«No.» Sura mostró los colmillos. «No lo sabes. Hay algo aquí.»
Vanya frunció el ceño.
Los instintos de Sura rara vez se equivocaban.
Continuó avanzando por el corredor principal mientras la sensación de inquietud aumentaba con cada paso.
Entonces lo percibió un olor.
Al principio fue apenas un rastro.
Después se volvió imposible de ignorar.
No era únicamente el aroma familiar de Gideon.
Había algo más, algo dulce, intenso, provocador.
El olor de otra loba.
El corazón de Vanya se contrajo.
«Déjame salir.» rugió Sura.
«Mantén el control.» respondió Vanya.
«Hay una hembra en nuestra cama.»
«Todavía no sabemos nada.»
«Yo sí.» gruñó la loba. «Y no me gusta la respuesta.»
Vanya ignoró el impulso asesino de su compañera.
Necesitaba pruebas.
Necesitaba ver.
Subió los últimos escalones y se detuvo frente a las enormes puertas de roble de los aposentos privados.
El aroma escapaba claramente por las rendijas.
Ya no quedaba espacio para las dudas ni para las excusas.
Algo dentro de ella comenzó a romperse.
Pero mantuvo el rostro impasible.
Los Alfas no se derrumbaban.
Los Alfas resistían.
Apoyó una mano sobre la madera, respiró profundamente y empujó.
El pestillo de bronce saltó con violencia.
La puerta se abrió de golpe.
La escena que apareció ante sus ojos fue un impacto demoledor.
Durante un instante el tiempo pareció detenerse.
El aire abandonó sus pulmones.
Su corazón olvidó cómo latir.
Y el mundo que había construido durante siete años comenzó a derrumbarse.
Gideon estaba en la cama.
Su cama.
La cama que compartían desde el día en que habían unido sus vidas bajo la bendición de la Diosa Luna.
Y sobre él, enredada entre las sábanas de seda oscura, estaba Tamara.
La hija del anciano Eldric.
Una Beta.
Una mujer que durante meses había fingido respeto mientras compartía reuniones, celebraciones y comidas junto a ella.
«Voy a matarla.» rugió Sura.
«No.» respondió Vanya.
«¿No?» dijo Sura
«Todavía no.» respondió Vanya.
«¿Qué más necesitas ver?» Pregunto Sura.
Por primera vez, Vanya no tuvo una respuesta.
Porque frente a ella estaba la prueba de una traición que apenas comenzaba.
Y aún no sabía que aquella noche no solo perdería a su esposo.
También estaba a punto de perder su hogar, su posición, sus tierras y todo aquello por lo que había luchado durante siete años.
Un decenio completo de paz ininterrumpida había transformado las faldas de la cordillera siberiana en la cuna del imperio más próspero y temido que la historia recordara. El invierno, que en otros tiempos fuera sinónimo de aislamiento, hambre y batallas sangrientas bajo la nieve, se había convertido en la estación de la majestad para Colmillo de Plata. Las murallas de bismuto rúnico, ensanchadas y reforzadas por los mejores arquitectos de la corona, no necesitaban repeler invasores; se alzaban como monumentos eternos a una victoria total y definitiva.Desde el mirador más elevado de la Torre de la Sombra, la Emperatriz Vanya contemplaba el desfile de las legiones y los convoyes mercantiles que cruzaban el paso del norte. Vestía un majestuoso túnico de terciopelo color azul noche, bordado en hilos de plata y bismuto que dibujaban el árbol genealógico de la Casa Auren sobre su espalda. La década transcurrida no había mermado un solo ápice de su belleza fría y letal; al contrario, la madu
El atardecer siberiano caía sobre los contrafuertes de Colmillo de Plata teñido de un púrpura denso, bordado por hilos de luz dorada que el sol moribundo proyectaba sobre las torres de bismuto rúnico. El viento helado de las cumbres, habitual azote de la cordillera, chocaba inútilmente contra los escudos invisibles que la marea mística de la ciudadela mantenía encendidos. En el interior del palacio imperial, la paz no se respiraba como la simple ausencia de espadas; era un orden vivo, pesado y perfecto, esculpido durante años con la sangre de los traidores y la mente brillante de sus soberanos.En la gran logia superior, construida sobre el abismo y protegida por ventanales de cristal ahumado, Vanya permanecía de pie frente a la mesa de obsidiana donde reposaba la maqueta tridimensional del continente. Lucía una túnica ceremonial de terciopelo gris plomo, ceñida por un corsé de placas de aleación mística que acentuaba la elegancia recta e impecable de su silueta. Sus ojos azul hielo,
El viento de la alta cordillera soplaba con una fuerza ancestral, arrastrando remolinos de nieve fina sobre los parapetos de bismuto rúnico en la torre más alta de Colmillo de Plata. La noche caía sobre el continente con un manto de terciopelo estrellado, y abajo, en los valles pacificados, las luces de los poblados, las aduanas y las fortalezas fronterizas parpadeaban como un firmamento estrellado en la tierra. La paz ya no era un tratado escrito en papel ni una tregua sellada tras el derramamiento de sangre: era una realidad inquebrantable, moldeada por la mente quirúrgica de Vanya y el acero indomable de Alek.En la gran cámara nupcial, iluminada únicamente por las llamas danzantes del hogar de piedra rúnica y el fulgor azulado de los cristales de bismuto, el frío exterior no tenía cabida. El aire estaba impregnado de aroma a pino fresco, cuero, resina y ese calor abrasador y místico que brotaba del cuerpo del Alfa supremo.Vanya permanecía de pie junto al balcón interior, contempl
El frío de la cordillera no daba tregua en los salones superiores de Colmillo de Plata, pero en la Cámara del Consejo Menor el ambiente era denso, sofocante y cargado de una tensión contenida que hacía vibrar las lámparas de bismuto rúnico. A diferencia de las grandes asambleas donde la nobleza del sur acudía a rendir pleitesía, este recinto estaba reservado exclusivamente para la alta cúpula militar y los veedores contables del imperio.En el centro de la estancia, sobre la inmensa mesa de granito negro pulido, reposaba un mapa táctico del continente. Las fronteras, marcadas con hilos de plata y cera negra, mostraban la impecable organización del dominio imperial. Sin embargo, en el extremo occidental del mapa, cerca de las altas mesetas donde la influencia de los clanes de la montaña solía ser más difusa, reposaba una pequeña ficha de latón fuera de su posición habitual.Vanya permanecía de pie junto al estrado, observando la ficha con la frialdad y el detenimiento de un halcón que
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