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CAPÍTULO 3: El precio del destierro

El silencio del Gran Salón no era el de la paz, sino el de la complicidad.

Vanya avanzó por el pasillo central de la corte de Colmillo de Plata. El eco firme de sus botas sobre la piedra era el único sonido que se atrevía a desafiar la atmósfera tensa de la habitación. A ambos lados, los ancianos del Consejo y los líderes de las familias nobles apartaban la vista, fingiendo revisar pergaminos o concentrándose en el suelo.

La narrativa ya había sido sembrada con éxito. En menos de doce horas, los rumores orquestados por el Consejero Eldric habían corrido como el fuego en un bosque seco: la Luna era estéril; la Luna había conspirado a espaldas del Alfa; la Casa Auren pretendía subyugar a la manada. Una red de mentiras perfecta para justificar lo injustificable.

Al fondo, en el trono de piedra tallada y pieles de oso, Gideon la esperaba con una rigidez militar. A su derecha, un paso por detrás pero con una postura inequívoca de posesión, Tamara vestía los colores de la alta corte. Ya no se escondía tras sábanas de seda; ahora reclamaba abiertamente el lugar que no le pertenecía.

—Vanya de la Casa Auren —la voz de Gideon resonó bajo las altas bóvedas, desprovista de cualquier rastro de los siete años que habían compartido—. Te has presentado ante este Consejo para escuchar tu sentencia.

Vanya se detuvo a tres metros del estrado. No se arrodilló. No agachó la cabeza. Sostuvo la mirada del hombre que alguna vez había amado con una frialdad que pareció incomodar a los presentes.

—¿Sentencia? —su voz fue un látigo de hielo—. Para que exista una sentencia, primero debe existir un crimen, Gideon. Y hasta ahora, los únicos criminales en esta habitación son los que falsificaron mi sello dinástico y entregaron mis tierras ancestrales a la Manada del Sur.

Un murmullo incómodo y ahogado recorrió las filas de los consejeros. Eldric, el anciano padre de Tamara, dio un paso al frente apoyándose en su bastón, con una sonrisa que apenas ocultaba su veneno político.

—Los intereses y la supervivencia de Colmillo de Plata están por encima de los títulos de propiedad de una sola mujer, ex-Luna —declaró el anciano con arrogancia—. La Casa Auren ha demostrado ser incapaz de proveer un heredero de sangre pura para el Alfa. Mantener vuestras fronteras bajo un linaje que termina contigo es un riesgo geopolítico que esta manada no puede permitirse en tiempos de invierno.

«Déjame desgarrarle la garganta ahora», siseó la voz de Sura, una vibración violenta y salvaje que hacía que las uñas de Vanya se clavaran con fuerza en las palmas de sus manos. «Puedo saltar el estrado y arrancarle la vida antes de que esos malditos guardias siquiera desenvainen».

«No», respondió Vanya en la seguridad de su mente, manteniendo los ojos fijos en Gideon. «Si morimos aquí, ellos ganan la historia y limpian sus nombres. Hay que sobrevivir para escribir el final».

Vanya ignoró por completo la intervención de Eldric. En lugar de eso, dio un paso al frente. Su presencia emanaba una fuerza tan pura que la sonrisa de Tamara flaqueó por un instante. Vanya miró a Gideon, directo a esos ojos avellana que ahora se veían tan pequeños, tan indignos.

—No has tenido el valor de decírmelo a la cara en privado, y usas a este Consejo como escudo —dijo Vanya, y su voz no tembló ni un milímetro—. Crees que me estás despojando de mi lugar, Gideon. Pero la verdad es que un cobarde y un ladrón no es digno de tener a una mujer de la Casa Auren a su lado.

Gideon frunció el ceño, desconcertado.

Antes de que el Alfa pudiera invocar su autoridad o decir una sola palabra, Vanya extendió su mano derecha hacia el frente. Sus propios ojos azules brillaron con un destello gélido y ancestral. Invocar el misticismo del lazo de apareamiento requería una fuerza de voluntad mítica, pero ella no se doblegaría ante nadie.

—Yo, Vanya de la Casa Auren, rompo y corto de manera irrevocable el lazo que me une a ti —sentenció. Su voz resonó con el peso de un decreto divino—. Te rechazo como mi compañero. Te rechazo como mi Alfa. Desde este segundo, dejas de existir para mí.

El estallido espiritual fue inmediato y violento.

En el plano invisible, el lazo místico que unía sus almas se tensó hasta el límite y se partió con la fuerza de un rayo. Un dolor abrasador, como si le arrancaran una parte del pecho con metal al rojo vivo, golpeó a Vanya. El contragolpe de romper su propio lazo habría hecho caer de rodillas a cualquier lobo, aullando de miseria.

Pero Vanya no era cualquier lobo.

Su rostro permaneció de piedra. No parpadeó. No emitió un solo quejido. Ni una sola gota de sudor frío delató la agonía que corría por sus venas. Se tragó la sangre que brotó en su boca al morderse el interior de la mejilla, manteniendo la mandíbula firme y la barbilla en alto. Su loba, Sura, soltó un rugido de dolor ahogado dentro de su mente, pero emuló la disciplina de su humana, manteniéndose en pie sobre cuatro patas, orgullosa, herida pero jamás vencida.

El impacto en Gideon, sin embargo, fue completamente diferente.

Al ser el rechazado y no estar preparado para el contragolpe, la fuerza del lazo roto lo golpeó directo en el pecho como un mazo. El Alfa soltó un jadeo ahogado, el color abandonó su rostro de golpe y sus ojos se abrieron con puro pánico y dolor físico. Sus piernas flaquearon y dio un violento traspié hacia atrás, teniendo que apoyarse con fuerza en el reposabrazos del trono para no desplomarse en el suelo delante de toda su corte. Un hilo de sangre espesa comenzó a correrle por la nariz.

Tamara ahogó un grito de horror y se apresuró a sostenerlo del brazo, pero Gideon la apartó, respirando con dificultad, con la mirada fija en Vanya, completamente conmocionado por la resistencia sobrehumana de la mujer a la que acababa de traicionar.

Vanya lo miró desde arriba, con una superioridad aplastante. No le dio el placer de verla sufrir. No esperó a ver si se recuperaba.

Con un movimiento fluido y cargado de desprecio, Vanya le dio la espalda.

Caminó con paso firme hacia las grandes puertas de roble del salón, dejando al Alfa tambaleante y humillado en su propio trono. Mientras avanzaba, su voz clara y calmada resonó por encima del silencio sepulcral de los consejeros estupefactos:

—Disfrutad de las tierras de mi familia mientras podáis, Gideon. Porque cada árbol, cada roca y cada gota de agua de la Casa Auren les recordará el precio de lo que habéis robado. Y llegará el día en que vendré a cobrar la deuda con intereses.

El viento del norte soplaba con una fuerza brutal, arrastrando las primeras agujas de hielo de la tormenta que se avecinaba.

Vanya se detuvo justo en la línea de monolitos de piedra que marcaba el límite del territorio de Colmillo de Plata. El dolor del lazo roto se había transformado en un vacío sordo en su pecho, una cicatriz que recordaría para siempre, pero que ya no le importaba. Detrás de ella, los cinco guardias de la escolta permanecían a caballo, observándola en un silencio cargado de un respeto casi religioso; todos habían presenciado cómo hizo tambalear al Alfa en su propio salón sin soltar una sola lágrima.

Al frente se extendía el Páramo Gris: una estepa hostil, congelada y considerada tierra de nadie, donde los desterrados, los renegados y las bestias salvajes luchaban a muerte por sobrevivir cada noche.

Tyler, el joven guerrero, desmontó de su caballo y se acercó a ella con paso lento, asegurándose de que su cuerpo bloqueara la vista de los demás guardias.

—Mi señora... —susurró, con la voz rota y ahogada por el viento—. Esto es una injusticia tremenda. Muchos en el ejército sabemos perfectamente lo que hiciste por nosotros en las campañas del este. Si tú dieras la orden ahora mismo...

—Si yo diera la orden en este estado, Tyler, desataría una guerra civil sangrienta que destruiría lo que queda de la manada —lo interrumpió Vanya, manteniendo la vista fija en el horizonte—. En este momento no tengo las piezas necesarias para asegurar una victoria absoluta. Y un buen estratega nunca inicia una batalla que no puede ganar.

El soldado bajó la cabeza, avergonzado por su propia impotencia. De entre los pliegues de su capa militar, sacó una pequeña bolsa de lona gruesa y una daga con el pomo labrado en plata pura, un arma reglamentaria de los oficiales de alto rango.

—Es todo lo que he podido camuflar y sacar de las armerías sin que los espías de Eldric se dieran cuenta —murmuró, entregándoselo—. Hay raciones secas para tres días y algunas monedas de la corte. Por favor... sobrevive, mi señora.

Vanya aceptó los objetos. El frío contacto del metal de la daga en su mano le devolvió una parte de la familiaridad y la seguridad que le pertenecían por derecho. Miró al joven a los ojos y asintió con un leve y genuino gesto de respeto.

—Vuelve con tu Alfa, Tyler. Mantente con vida y protege a los tuyos. Volveremos a vernos.

El guerrero tragó saliva, dio un paso atrás realizando un saludo militar impecable y subió de nuevo a su montura. El grupo de jinetes dio la vuelta y se alejó al galope hacia el sur, dejándola completamente sola frente a la inmensidad del páramo helado.

Vanya respiró el aire gélido, sintiendo cómo el vacío del lazo ausente se llenaba de un nuevo y destructivo propósito. Había dejado atrás su hogar, su estatus, y al hombre que ayudó a forjar, pero se llevaba intacto su orgullo y su mente.

«¿Y ahora qué hacemos?», preguntó Sura. Su tono ya no era de agonía, sino de una fría y calculadora expectación. La loba compartía exactamente el mismo hambre de retribución. «Estamos solas en territorio salvaje».

Vanya aseguró la bolsa a su cinturón, desenvainó la daga plateada para probar su balance y miró hacia el horizonte lejano, donde las montañas del norte se alzaban como colmillos oscuros contra el cielo de tormenta. Sabía perfectamente quiénes habitaban más allá de esa cordillera; aquellos a quienes la comodidad de Colmillo de Plata temía y llamaba monstruos. Las manadas olvidadas. Los guerreros proscritos.

Una sonrisa afilada y peligrosa, la primera en muchas horas, apareció en el rostro de Vanya.

Ahora, Sura... vamos a buscar un ejército mejor

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