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CAPÍTULO 8: El despertar de las runas

El frío dentro de las Cavernas de Hielo no se parecía a nada que Vanya hubiera experimentado en la superficie. No era el azote del viento, sino una presencia estática, pesada, que parecía congelar los pensamientos antes de que pudieran formarse. Las paredes de cristal azulino devolvían el reflejo deformado de los trescientos guerreros que avanzaban en un silencio sepulcral, con las armas enfundadas para evitar que el tintineo del metal resonara en la red de túneles.

A la vanguardia de la columna, Vanya guiaba el paso sin mirar atrás. Su hombro herido protestaba con cada movimiento rudo, y el vacío de su pecho seguía siendo una cicatriz helada, pero su mente funcionaba con la precisión cronométrica de un reloj de asedio.

A su lado, la inmensa figura de Alek se movía con una ligereza impropia de su tamaño. Sus ojos dorados cortaban la penumbra de la cueva, fijos en la nuca de la estratega.

—Tus hombres son disciplinados, Alek —murmuró Vanya, manteniendo la voz lo suficientemente baja como para que no se propagara por las bóvedas de hielo—. En el sur, una marcha de trescientas unidades ya habría provocado al menos tres quejas por el frío o las raciones.

—En el norte, el que se queja gasta energía; el que gasta energía, muere —respondió el Alfa, con su barítono profundo vibrando cerca de su oído—. Además, no solo te siguen porque yo lo ordené, Vanya. Vieron cómo humillaste a Branka en el patio de armas. El respeto entre los Colmillos Negros no se hereda, se arranca. Y tú demostraste que tienes colmillos.

«Su lobo está demasiado cerca», advirtió Sura en su mente, irguiendo las orejas espirituales. «Kael está rozando mi pelaje en el plano astral. Es impaciente, salvaje... pero nos respeta. Siente nuestro dolor y lo alimenta con su propia furia».

«Dile a Kael que guarde esa furia para los silos de Gideon», replicó Vanya mentalmente. «No nos distraeremos ahora».

La columna se detuvo de golpe cuando llegaron al final del pasaje natural. Frente a ellos se alzaba un callejón sin salida: una pared maciza de piedra grisácea, completamente sepultada bajo una capa de hielo rúnico de tres metros de espesor. No había cerraduras, ni palancas, ni pasadizos visibles. Para los guerreros del norte, aquello parecía el final del camino.

Branka, que venía cerrando la guardia de la vanguardia, se adelantó a paso rápido, con una mueca de incredulidad.

—¿Este es tu famoso pasadizo, estratega? —siseó la comandante, señalando la roca congelada—. Estamos atrapados. Mis hombres pueden picar este hielo, pero nos tomará dos días y el ruido alertará a los centinelas de la frontera de la Casa Auren. Tu plan acaba de colapsar.

Vanya no se molestó en mirarla. Se acercó a la pared de hielo, quitándose el guante de la mano derecha con los dientes.

—Te falta visión, Branka. Los Auren nunca ocultamos nuestros secretos donde un hacha pudiera encontrarlos —declaró Vanya.

Se plantó frente al muro. La superficie helada reflejó sus ojos azules, inquebrantables. Vanya respiró hondo, buscando en lo más profundo de su linaje la magia rúnica que su padre le había enseñado antes de que las guerras consumieran su hogar. Deslizó la punta de la daga de plata de Tyler por la palma de su mano desnuda, abriendo un corte limpio.

La sangre roja y espesa brotó de inmediato. Vanya presionó su palma ensangrentada directamente contra el centro del hielo.

Durante tres segundos, no ocurrió nada. Branka amagó con soltar una burla, pero entonces, la cueva entera pareció contener el aliento.

Una vibración sorda ascendió desde el suelo. La sangre de Vanya no se congeló; al contrario, comenzó a brillar con un fulgor carmesí incandescente, expandiéndose por las líneas invisibles talladas en la roca oculta. Las runas ancestrales de la Casa Auren se despertaron una a una, devorando el hielo exterior con un calor místico que no emitía humo, solo un destello cegador de magia pura.

Los guerreros de los Colmillos Negros dieron un paso atrás instintivamente, protegiéndose los ojos. Thorin ahogó una maldición de asombro y Alek entornó los ojos, fascinado por el despliegue de poder dinástico.

Con un crujido majestuoso, la enorme pared de piedra se partió a la mitad, deslizándose hacia los lados y revelando un túnel perfectamente fortificado con arcos de hierro enano que se internaba en las entrañas del este. El aire que salía de allí dentro ya no era el del páramo; olía a la tierra húmeda y a los pinos de las fronteras de la Casa Auren.

Su antiguo hogar. El territorio que Gideon le había robado.

Vanya se giró hacia los Colmillos Negros, cerrando el puño herido para detener el sangrado. Sus ojos azules reflejaban el último brillo moribundo de las runas.

—El Paso de la Serpiente está abierto —sentenció, clavando la mirada en una Branka que ahora la observaba con la boca ligeramente abierta, desarmada de cualquier argumento—. Moviliza a los hombres, comandante. Estamos oficialmente detrás de las líneas enemigas.

Alek se colocó a su lado, contemplando el túnel abierto y luego la mano herida de Vanya. Sin pedir permiso, el Alfa tomó su muñeca con firmeza pero sin brusquedad. Vanya intentó zafarse por puro instinto militar, pero la mirada dorada de Alek la detuvo.

—Déjame —pidió él, con una seriedad que no admitía réplicas.

Alek pasó su pulgar sobre el corte de la palma de Vanya. Al hacerlo, invocó una fracción de su energía de Alfa supremo. Una calidez intensa, casi eléctrica, se filtró en la piel de Vanya, acelerando la regeneración de sus células licántropas hasta que la herida se cerró, dejando solo una delgada línea rosada. Fue un gesto íntimo, cargado de un magnetismo animal que hizo que el pulso de Vanya se acelerara por una fracción de segundo.

«Kael está marcando su respeto en nuestra piel», susurró Sura, con un ronroneo que vibró en todo su ser. «Este macho sabe cuidar a su estratega».

Vanya recuperó su mano con un movimiento seco, reajustándose el guante mientras recuperaba su máscara de hielo.

—Gracias, Alfa. Pero guardemos las energías. A partir de este punto, el terreno me pertenece, y no tendré piedad con las patrullas de Gideon que encontremos en el camino.

Alek sonrió, una expresión de pura anticipación guerrera que le afiló las facciones. Desenvainó su espada pesada de metal oscuro, cuyo filo absorbió la escasa luz del túnel.

—Lidera el camino, Vanya. Los monstruos del norte tienen hambre de venganza.

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