Mundo ficciónIniciar sesiónSinopsis En un mundo donde la paz se compra con sacrificios humanos, la princesa Leyla es entregada como tributo al Reino de los Elfos. Pero el destino la traiciona. Un ataque en tierras prohibidas la deja en manos del peor monstruo de las leyendas: Krul, el Alfa de Sangre. Un lobo salvaje, temido por todos los reinos. Un rey que no conoce la compasión… ni el amor. Encerrada en la fortaleza de los lobos, Leyla descubre que los cuentos que le contaron eran mentiras. Krul no la ve como un simple tributo, sino como algo mucho más peligroso: su presa… y su obsesión. Entre el odio ancestral, la guerra que se avecina con los elfos y un deseo prohibido que consume su cuerpo, Leyla deberá decidir si huir del monstruo… o aceptar que su corazón ya le pertenece al depredador que juró odiar. Porque en Vargheim, el amor no es tierno. Es una jaula de fuego. “Reinas del Sacrificio es una saga de romance paranormal donde cada libro sigue la historia de una humana entregada a un reino distinto.”
Leer másCAPÍTULO 1: EL VEREDICTO
LEYLA El aire en la capital de Arandhia se siente pesado. Y no es solo por el frío invierno que comienza a morder las murallas de piedra, sino por el peso del odio que emana de la plaza central del reino. Con cuidado de no ser vista, me oculto tras las pesadas cortinas de terciopelo del balcón real para observar la marea humana que ruge abajo. La multitud está agitada, portando varias antorchas encendidas que, al moverse, parecen un mar de fuego. El grito que proclaman es uno solo: rítmico, constante y aterrador. —¡Justicia! ¡Queremos justicia real! ¡No es justo que simplemente se entregue la sangre de los pobres! ¡Que la princesa pague el tributo de este año! —gritaba la multitud al unísono. Por el estruendo, no podía saber a quién pertenecía exactamente cada voz, o si era algún conocido, alguien que me vio crecer. Nadie llamaba esclavitud a aquello, pero yo sabía que lo era. Le habían puesto el nombre de “tratado” para no admitir que era un intercambio de cuerpos por silencio, de hijas por treguas que nunca eran eternas. Aprieto los puños, clavando las uñas en las palmas de mis manos hasta sentir el dolor que me ancla de vuelta a la realidad. A mis dieciocho años, era la viva imagen de la elegancia: tengo el cabello azabache, que cae en suaves ondas perfectas sobre mis hombros. Mi piel canela contrasta con la seda blanca de mi vestido, y mis ojos verdes, estoy segura, reflejan la angustia que siento en este momento. Sabía que tarde o temprano esto podía suceder; para la mayoría de las mujeres, cumplir dieciocho años es una maldición de la cual no podrías escapar, aunque quisieras. Algunas tenían la suerte de ser ignoradas por los emisarios de los otros reinos; otras desaparecían sin que nadie volviera a pronunciar su nombre. En Arandhia fingíamos que era un honor. Yo siempre supe que era una condena disfrazada de deber. —No pueden seguir ocultándose, Majestad —la voz del canciller Ferrick resuena en la habitación, fría y desprovista de compasión—. El pueblo ha soportado cien años de entregas. Cien años viendo cómo sus hijas son llevadas a los bosques de los elfos, a las cuevas de los orcos o a las montañas de los lobos para no volver jamás. No regresaban porque nadie las traía de vuelta. Porque, una vez cruzada la frontera, dejaban de pertenecer a este reino. Eran absorbidas por pactos que los hombres firmaban sin mirar los ojos de las mujeres que entregaban. Ahora saben que la princesa ha cumplido la mayoría de edad. Si no la entrega, el pueblo buscará quemar el castillo con nosotros dentro. Me giro con los ojos muy abiertos para mirar a mi padre. El rey Aldric parecía haber envejecido diez años en una sola noche. Está hundido en su trono con la corona de oro de lado y los ojos inyectados en sangre. A su lado, mi hermana menor Lyra, que apenas tiene dieciséis años, tiembla como una hoja, sollozando silenciosamente. Sabía que mi padre había retrasado la idea de tenernos lo más que había podido, pero mi madre había insistido en tener sus propios hijos antes de que fuera demasiado mayor y, como consecuencia, aquí estamos nosotras y aquí está él, sufriendo. —¡Son mis hijas! —grita el rey, aunque su voz carece de la fuerza de antaño—. Los elfos pidieron una humana fértil para intentar salvar su estirpe marchita. Cualquiera servirá. ¡No puedo enviar a Leyla a ese destino! Dicen que los elfos son bellos, pero son fríos como el hielo. Las mujeres que van allí se convierten en muñecas de porcelana, vaciadas de voluntad. No porque la magia las volviera frágiles, sino porque ningún reino que compra personas puede ofrecerles un lugar donde seguir siendo humanas. —Padre… —exclamo dando un paso adelante, indignada y molesta. Lo que acaba de decir sonaba tan egoísta y cruel de su parte... Sé que lo decía porque nos ama, pero aun así sonaba muy cruel viniendo de él. Normalmente, él no es así, o al menos no con nosotras. Pero mi padre me ignora. —Se equivoca, Majestad. El rey de los elfos está exigiendo que esta vez se envíe sangre real. —¡Maldición! ¡Enviaremos a la hija del duque de Vane! —sugiere mi padre Aldric, desesperadamente—. Diremos que es de sangre real por vía materna. —El pueblo no es tonto, Majestad —lo interrumpe Ferrick con un suspiro de cansancio—. Todos aquí han visto crecer a la princesa Leyla. Saben quién es y cómo luce. Y los elfos... ellos huelen la mentira y detectan el miedo. Si les enviamos a una que no posee sangre real, su sangre real, y lo descubren, la "Paz Silenciosa" se terminará. Los elfos lanzarán sus flechas encantadas, los orcos marcharán desde las montañas de hierro hacia nosotros y, lo que es peor de todo, los hombres lobo romperán los tratos y entrarán en nuestro territorio para cazar. Seremos borrados del mapa en una semana. ¿Es eso lo que quiere Su Majestad? Un estallido de vidrios rotos abajo me hace sobresaltarme. El ruido es seguido de los gritos de personas alborotadas. Me vuelvo a asomar con cuidado al balcón; han derribado una de las estatuas de la plaza. La revolución, de hecho, se encontraba ya en la puerta. Miro una vez más hacia adentro: allí está Lyra, mi pequeña hermana. Es la alegría, una niña que aún sueña con romances y jardines soleados. Si la monarquía llega a caer esta noche, Lyra será la primera en sufrir a manos de la gente enfurecida. O lo que sería peor aún: si yo no voy este año, dentro de dos será Lyra la que cumplirá los dieciocho y sentirá la misma presión que yo siento ahora mismo. No estaba defendiendo el tratado. Estaba eligiendo el mal que conocía para evitar uno peor. Era una decisión injusta, pero el mundo en el que vivíamos no ofrecía opciones limpias para las mujeres de mi sangre. Mi corazón da un vuelco. Respiro profundo mientras una extraña calma y una resolución gélida se apoderan de mí. —Yo iré —dije con calma. Mi voz ni siquiera era alta, pero fue suficiente para cortar el caos que hay en la habitación como un cuchillo. El rey Aldric, mi padre, se queda petrificado con los ojos muy abiertos. Lyra deja de llorar para mirarme con horror. —¿Qué has dicho? —susurra Aldric. Como si no me hubiera escuchado. —Iré —repito, esta vez con más seguridad, mientras camino hacia el centro de la sala con la cabeza en alto. No me dejaría amedrentar ni convencer de lo contrario—. No permitiré que este reino sea destruido por nuestra cobardía. He sido criada y educada para servir a mi pueblo, y si se requiere que sea entregada al rey de los elfos, así será. Prefiero ser un sacrificio voluntario, salir con dignidad y con la cabeza en alto, que ser una prisionera arrastrada por el lodo como una vulgar cobarde. No porque creyera en ese sistema podrido, sino porque entendía que mi negativa solo serviría para que otra mujer ocupara mi lugar, quizá mi propia hermana. Y eso no va a suceder.CAPÍTULO 49: EPISODIO EXTRA/PARTE 3EL SILENCIO DEL TRONO(Ocurre simultáneamente a los eventos del capítulo 38: sangre en la nieve)—Eres un traidor, Ferrick. Has usado mi confianza para jugar a ser Dios con la vida de mi familia.—Soy un hombre que se negó a seguir siendo cómplice de tu parálisis —respondió el canciller—. He liberado una cadena de eventos que tú nunca te atreviste a iniciar. El tablero se ha movido, Aldric. Y tú no puedes devolver las piezas a su lugar original.Aldric avanzó hasta quedar a escasos milímetros del rostro de Ferrick.—Podrías haber destruido este reino. Podrías haber provocado que nos borraran del mapa.Ferrick sonrió apenas, una mueca de victoria amarga.—O salvarlo. A veces hay que quemar el bosque para que el suelo vuelva a ser fértil.—Provocando que elfos y lobos se despedacen entre ellos —dijo Aldric—. Usando a mi hija como el cebo de una trampa sangrienta.—Eliminando a quienes nos han tratado como ganado durante generaciones —replicó F
CAPÍTULO 48: EPISODIO EXTRA/PARTE 2EL SILENCIO DEL TRONO(Ocurre simultáneamente a los eventos del capítulo 38: sangre en la nieve)—El derrumbe —dijo el rey lentamente, saboreando el amargor de las palabras—. Fue provocado. No fue un accidente de la montaña, ni un castigo divino. Fue provocado por mis propios hombres.Silencio. Un segundo que pareció durar una eternidad.—Sí.La palabra no vino del capitán suplicante. Vino de Ferrick. Sin titubeos. Sin rastro de arrepentimiento. El canciller sostuvo la mirada del rey con una fijeza que bordeaba el desafío. Aldric avanzó un paso, invadiendo el espacio personal de Ferrick. El aire se volvió pesado, irrespirable, como si la estancia estuviera perdiendo el oxígeno.—Explícate —exigió el monarca.—El camino hacia el reino elfo fue bloqueado por nuestras propias manos —declaró Ferrick, elevando el mentón—. No por los lobos. No por un capricho de la naturaleza. Por nosotros. Fue una maniobra necesaria para evitar un mal mayor.El ca
CAPÍTULO 47: EPISODIO EXTRA/PARTE 1EL SILENCIO DEL TRONO(Ocurre simultáneamente a los eventos del capítulo 38: sangre en la nieve)La noche no cayó sobre el reino; se lo tragó.No fue un descenso gradual de la luz, sino una embestida de sombras que pareció devorar cada rincón de la tierra conocida. Las torres del castillo se alzaban como dedos negros y esqueléticos contra un cielo carente de estrellas, un vacío absoluto donde las nubes se arremolinaban con una violencia contenida, como si el propio firmamento estuviera al borde de romperse bajo el peso de una verdad insoportable. El viento no soplaba: acechaba. Se deslizaba por los pasillos de piedra con una intención casi depredadora, apagando las antorchas con soplos gélidos y susurrando secretos antiguos entre las grietas de los muros; palabras que deberían haber quedado enterradas en el polvo de los siglos.Y, sin embargo, alguien lo hizo.El rey Aldric avanzaba solo por las entrañas de su propio castillo. A esa hora, la for
CAPÍTULO 46EPÍLOGO PARTE 2: LA SEMILLA DE LA MONTAÑALEYLA(Seis meses después de la Batalla de Vargheim)La paz en Vargheim es, por fin, una realidad sólida, aunque siempre vigilada por el filo de nuestras hachas. Arandhia, sin embargo, se ha sumido en un silencio sepulcral que me inquieta más que el rugido de cualquier batalla. Mi padre, el rey Aldric, no ha caído. Al contrario, se ha atrincherado en su trono de mármol frío, gobernando con una mano de hierro que ha asfixiado cualquier rastro de alegría en su reino. Los informes de nuestros informantes son claros: Aldric ha convertido su palacio en una fortaleza de desconfianza, castigando con la muerte a cualquiera que ose mencionar mi nombre o la existencia de Vargheim. Sigue allí, ostentando una corona manchada de traición, tejiendo en las sombras una red de odio que, estoy segura, intentará lanzarnos encima tarde o temprano. Su silencio no es paz; es el acecho de un lobo viejo que espera que bajemos la guardia.Pero son las no
Último capítulo