El Páramo Gris no perdonaba los errores, y mucho menos la debilidad.Para el tercer día de marcha, la tormenta del norte se había desatado con toda su furia. El viento aullaba entre las formaciones rocosas, levantando cortinas de nieve que reducían la visibilidad a apenas unos metros. Vanya avanzaba con paso mecánico, envuelta en su capa militar desgastada. Cada respiración quemaba sus pulmones como fragmentos de vidrio, y el frío calaba hasta sus huesos, pero la estratega en ella se negaba a ceder. Su mente seguía cartografiando el terreno, buscando patrones, refugios, cualquier ventaja táctica contra el clima.El vacío en su pecho, donde antes solía latir el lazo de apareamiento, ya no dolía. Se había congelado, transformándose en un pozo de fría determinación.«Alguien nos sigue», la voz de Sura rompió el monótono zumbido del viento. La loba ya no estaba herida; el exilio y la crudeza del páramo habían despertado sus instintos más primarios. «Tres... no, cuatro rastreadores. Viento
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