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CAPÍTULO 2: La caída de una Luna

El silencio que siguió a la apertura de la puerta fue tan denso que pareció absorber el aire de la habitación. Vanya permaneció inmóvil en el umbral. Su mirada azul recorrió lentamente la escena frente a ella, registrando cada detalle con una precisión casi cruel, tal como su entrenamiento como estratega le había enseñado. Las sábanas revueltas de seda, la piel desnuda de Gideon, el perfume de Tamara impregnando el aire, las marcas recientes sobre el cuello de la Beta y las copas de vino vacías sobre la mesa. Todo.

Aquella noche los detalles le gritaban una verdad imposible de ignorar: la habían traicionado. No por accidente, no por debilidad, ni por una equivocación de una noche. Aquello había sido fríamente planeado, preparado y calculado.

«Voy a arrancarle el corazón», gruñó Sura en su mente. La enorme loba plateada caminaba de un lado a otro dentro de su conciencia, enseñando los colmillos y arañando las paredes de su cordura. «Voy a despedazarla delante de todos».

«No», respondió Vanya con una calma gélida.

«¿Por qué seguimos hablando?» rugio Sura.

«Porque todavía no lo entendemos todo». Respondio Vanya

Sura soltó un rugido mental que hizo vibrar sus sienes. «Yo entiendo suficiente».

Por primera vez en muchos años, Vanya estuvo tentada a darle la razón a su loba.

Gideon abandonó la cama con una tranquilidad insultante. Ni miopía, ni pánico; ni siquiera intentó justificarse o cubrirse. Aquello fue lo que más caló en su orgullo. No fue la traición en sí, ni la humillación de la escena, sino la absoluta falta de remordimiento en el rostro del Alfa. Era como si ella ya no importara, como si siete años construyendo un imperio juntos no hubieran significado nada, como si la mujer que había liderado sus ejércitos fuera apenas una pieza reemplazable.

A su lado, Tamara se cubrió superficialmente con una sábana de seda negra y fingió bajar la mirada en un gesto de sumisión. Pero Vanya vio la verdad a través de la máscara. Captó el leve brillo de victoria en sus ojos, la comisura de sus labios tentada por la satisfacción. La Beta estaba disfrutando cada segundo, y eso la convertía en algo mucho más peligroso que una simple amante: era una usurpadora.

—¿Qué significa esto, Gideon? —preguntó finalmente Vanya. Su voz salió tranquila. Demasiado tranquila. Era la calma del ojo de un huracán.

Gideon sostuvo su mirada, enderezando los hombros.

—Significa que todo cambia.

Vanya no respondió. Esperó. Sabía perfectamente que los hombres arrogantes siempre terminaban hablando demasiado cuando se sentían acorralados por el silencio. Gideon nunca había sido una excepción.

—Durante años creí que podríamos seguir adelante —continuó él, cruzando los brazos—. Pensé que el problema se resolvería con el tiempo.

—¿Qué problema?

Los ojos avellana de Gideon se endurecieron, perdiendo cualquier rastro de la calidez que alguna vez simuló tener.

—No me has dado un heredero.

La habitación quedó en un silencio sepulcral. Durante un instante, incluso el rugido de Sura se detuvo en seco. Vanya sintió una punzada de incredulidad antes de que la rabia —lenta, fría y peligrosa— comenzara a correrle por las venas.

—¿Eso es lo que vas a decirme? —preguntó, con una sonrisa amarga apareciendo en sus labios—. ¿La verdad es que vas a culparme a mí? Ambos sabemos que los sanadores de la corte concluyeron que ninguno de los dos tenía problemas para concebir. Jamás me responsabilizaste por eso, Gideon. Es más, hace apenas tres meses me dijiste que la descendencia no te importaba si me tenías a mí.

Gideon guardó silencio, apretando la mandíbula. Tamara desvió la mirada hacia el suelo, pero no había vergüenza en ella, sino cálculo. En ese microsegundo, Vanya lo comprendió todo: aquella excusa del heredero ya había sido preparada de antemano. No era una razón real, era una narrativa política. Una mentira conveniente diseñada para justificar ante el Consejo lo que vendría después.

«Miente», gruñó Sura.

«Lo sé». Respondió Vanya

«Entonces mátalo». Rugio Sura

«Todavía no. Hay algo más aquí». Respondió Vanya

Gideon caminó hacia un escritorio de roble situado junto a la ventana. Sobre la superficie de madera descansaban varios documentos que no deberían encontrarse en sus aposentos privados: sellos oficiales, mapas de fronteras y contratos de tierras. La atención de Vanya se desplazó hacia ellos e inmediatamente algo dentro de ella se tensó al reconocer un patrón de cera dorada. Su sello. El sello de la Casa Auren.

La sangre abandonó su rostro.

—¿Qué has hecho?

Gideon sonrió. Aquella sonrisa fue peor que encontrarlo en la cama con otra mujer, porque estaba llena de una fría codicia geopolítica.

—Lo necesario para asegurar el futuro de Colmillo de Plata.

Vanya ignoró el peligro, se acercó al escritorio y tomó el documento superior. El mundo pareció inclinarse bajo sus pies. Era un tratado territorial, uno que involucraba las tierras ancestrales de su familia. Sus tierras. Su herencia legítima. Las fronteras que su padre le había confiado y que ella había jurado proteger con su vida. Los documentos estaban firmados, sellados y autorizados... utilizando su insignia personal falsificada.

Durante varios segundos, la estratega en ella quedó muda, asimilando el golpe. Pasó las páginas una a una con una calma aterradora.

«Nos robó», murmuró Sura. La loba ya no rugía; ahora sonaba profundamente herida. «Nos utilizó todo este tiempo».

«Sí», respondió Vanya en su mente, apretando el papel hasta arrugarlo.

Gideon apoyó una mano sobre el escritorio, adoptando una postura de falsa diplomacia.

—La Manada del Sur exigía compensaciones para firmar el armisticio de este invierno.

—Y les entregaste mis tierras ancestrales para salvar las tuyas —siseó ella.

—Las tierras ya no eran tuyas, Vanya. Le pertenecen a la manada que lidero.

Aquellas palabras rompieron el último hilo de respeto y civilidad que quedaba en ella. Cualquier lazo emocional del pasado quedó pulverizado.

—Eres un ladrón —la voz de Vanya fue apenas un susurro, pero la carga de amenaza fue tal que incluso Gideon dio un paso atrás de forma instintiva. El Alfa sabía de lo que ella era capaz en un campo de batalla.

—Ten cuidado con tus palabras —advirtió él, tratando de recuperar el control—. Estás en mis aposentos.

—¿O qué? ¿Me matarás? —La temperatura de la habitación pareció descender varios grados—. No me obligues, Gideon. No necesito obligarte a nada. Ya me has demostrado exactamente la clase de cobarde que eres.

Por primera vez, la incomodidad y el miedo cruzaron el rostro del Alfa. Duró apenas un segundo, pero ella lo vio. Vanya comprendió que, a pesar del robo y la traición, él todavía le temía a su mente, a su influencia y a su capacidad para destruirlo desde dentro.

Fue entonces cuando la puerta de la habitación volvió a abrirse de par en par. Cinco guardias de la élite entraron con las espadas desenvainadas. Vanya los reconoció de inmediato: eran hombres que habían luchado bajo su mando directo, guerreros que habían compartido raciones con ella en el barro y que habían jurado lealtad a los dos Alfas. Ahora, ninguno de ellos era capaz de mirarla a los ojos. El peso de la culpa y la vergüenza flotaba en el aire. La traición estaba mucho más extendida de lo que había imaginado.

Detrás de la guardia, emergió una figura anciana y encorvada apoyada en un bastón de ébano: el Consejero Eldric, el padre de Tamara. El verdadero arquitecto de la conspiración. Una sonrisa reptiliana cruzó sus labios arrugados al ver a Vanya acorralada.

—Luna Vanya —dijo el anciano, con una reverencia cargada de sarcasmo.

—No me llame así —escupió ella.

Eldric arqueó una ceja, mirando de reojo a su hija, quien ya se colocaba una bata de seda sobre los hombros con aire de suficiencia.

—Tiene razón. Supongo que mañana por la mañana, ese título dejará oficialmente de pertenecerle. El Consejo ya ha sido convocado.

«Voy a matarlo», rugió Sura, arañando el control de Vanya. «Prométemelo, Vanya. Prométeme que beberemos su sangre».

Los ojos azules de Vanya se clavaron en el anciano, grabando cada arruga de su rostro en su lista negra.

«Lo prometo», respondió a su loba.

Por primera vez en toda la noche, Sura guardó silencio, satisfecha. Ambas sabían que aquella promesa se cumpliría, sin importar cuánto tiempo tomara, cuánta sangre fuera necesaria o cuántos enemigos tuvieran que caer para reclamar lo que era suyo.

La guerra acababa de comenzar, y los traidores aún no comprendían el error que acababan de cometer al dejarla con vida.

La escolta la condujo fuera de los aposentos privados. El trayecto hacia las profundidades de la residencia fue una marcha silenciosa a través de pasillos desiertos, vaciados a propósito para evitar que el grueso de la manada presenciara el arresto de su Luna. Eldric había calculado cada detalle: los sirvientes fieles habían sido confinados a sus cuartos y las patrullas regulares reubicadas en las fronteras exteriores.

Vanya fue recluida en la celda de alta seguridad en el sótano de la fortaleza, un espacio de piedra ruda custodiado por runas de contención licántropa que adormecían los sentidos de Sura, sumiendo a la loba plateada en un letargo forzoso.

Allí pasó las siguientes doce horas, sentada en un camastro de madera, en la más absoluta oscuridad. No durmió, no lloró y no desesperó. Utilizó cada minuto de su encierro para repasar mentalmente los mapas, las defensas de la fortaleza y los nombres de los consejeros que habrían sido comprados por el oro de Eldric. No estaba sufriendo un cautiverio; estaba planificando una campaña desde las sombras.

Cuando las antorchas finalmente volvieron a encenderse al pasillo exterior y las pesadas cerraduras de hierro crujieron, Vanya supo que el escenario político estaba listo. La farsa del juicio iba a comenzar.

Dos guardias abrieron la reja y le indicaron que saliera. Vanya se puso en pie, se sacudió el polvo de su ropa militar con parsimonia y, manteniendo la barbilla en alto a pesar de los grilletes, caminó con paso firme hacia el Gran Salón, lista para enfrentar el tribunal de hienas que pretendía juzgar a una reina.

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