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CAPÍTULO 4: Los monstruos del norte

El Páramo Gris no perdonaba los errores, y mucho menos la debilidad.

Para el tercer día de marcha, la tormenta del norte se había desatado con toda su furia. El viento aullaba entre las formaciones rocosas, levantando cortinas de nieve que reducían la visibilidad a apenas unos metros. Vanya avanzaba con paso mecánico, envuelta en su capa militar desgastada. Cada respiración quemaba sus pulmones como fragmentos de vidrio, y el frío calaba hasta sus huesos, pero la estratega en ella se negaba a ceder. Su mente seguía cartografiando el terreno, buscando patrones, refugios, cualquier ventaja táctica contra el clima.

El vacío en su pecho, donde antes solía latir el lazo de apareamiento, ya no dolía. Se había congelado, transformándose en un pozo de fría determinación.

«Alguien nos sigue», la voz de Sura rompió el monótono zumbido del viento. La loba ya no estaba herida; el exilio y la crudeza del páramo habían despertado sus instintos más primarios. «Tres... no, cuatro rastreadores. Viento abajo. Saben que estamos aquí».

Vanya no alteró su ritmo de caminata. Llevaba horas sintiendo esa sutil vibración en el suelo, el crujido casi imperceptible de la nieve compactada a la distancia. Los desterrados del Páramo Gris eran conocidos por ser cazadores implacables; guerreros expulsados o supervivientes de clanes caídos que poseían un control absoluto sobre sus habilidades y que asaltaban a los recién desterrados para quitarles lo poco que traían antes de que el frío los matara.

«¿Quieres que los embosquemos?», preguntó Sura, enseñando los colmillos en el plano mental.

«Todavía no», respondió Vanya, deslizando una mano enguantada dentro de su capa para afianzar el pomo de la daga de plata que Tyler le había dado. «Los cazadores se vuelven descuidados cuando creen que su presa está agotada. Dejemos que se acerquen».

Vanya desvió su camino hacia un desfiladero estrecho, flanqueado por altas paredes de piedra oscura que cortaban parcialmente el viento. Era una trampa perfecta, un embudo donde la superioridad numérica perdía su valor. Avanzó unos metros y luego, fingiendo un tropiezo por el cansancio, se apoyó contra una roca, bajando la cabeza.

El cebo funcionó.

Casi de inmediato, cuatro siluetas emergieron con total fluidez de la neblina de nieve. Eran hombres corpulentos, de miradas afiladas y calculadoras, vestidos con pieles gruesas bien cuidadas y armados con hachas de mano. Su postura era militar, coordinada; no había locura en ellos, sino una fría y despiadada disciplina de cazadores de la estepa.

—Vaya, vaya... ¿qué tenemos aquí? —siseó el que parecía el líder, un macho robusto con una cicatriz que le dividía el labio superior y ojos tan agudos como los de un halcón—. Una delicada loba de ciudad, recién expulsada del nido. Mira esa capa, muchachos. El tejido es fino. Debe tener oro encima.

Vanya no se movió. Mantuvo la respiración agitada, simulando una debilidad que estaba muy lejos de sentir.

—Déjanos la bolsa y la capa, preciosa, y tal vez te permitamos seguir tu camino en paz —se burló otro, dando un paso al frente mientras desenvainaba un puñal largo con movimientos limpios y precisos, demostrando un control perfecto de sus reflejos.

«Ahora», ordenó Vanya.

En un movimiento tan rápido que pareció difuminarse con la nieve, Vanya se impulsó hacia adelante. No hubo un rugido, no hubo advertencia. Su entrenamiento militar se impuso con una precisión quirúrgica.

La daga de plata brilló bajo la luz gris del cielo. Antes de que el segundo cazador pudiera reaccionar o usar la fuerza de su lobo para bloquearla, Vanya se deslizó bajo su guardia y le hundió el metal directamente debajo de la mandíbula, atravesando el paladar hasta el cerebro. El macho cayó como un saco de piedras, muerto antes de tocar el suelo.

—¡Maldita sea! ¡A las armas! —rugió el líder, reaccionando al instante.

Los tres restantes se lanzaron sobre ella de manera coordinada, flanqueándola con una estrategia impecable. Pero Vanya ya se había movido. Utilizando el cuerpo del primer caído como escudo, bloqueó el hachazo de uno de ellos, giró sobre sus talones en un quiebro perfecto y cortó los tendones de la corva del segundo con un revés de su daga. El guerrero colapsó sobre la nieve, apretando los dientes para contener un grito de dolor mientras intentaba mantener la guardia.

El líder intentó taclearla utilizando el peso bruto y la velocidad de su rango. Vanya esquivó el impacto directo, pero la fuerza del golpe rozó el hombro de su capa, obligándola a rodar por el suelo congelado. Se puso de pie instantáneamente, ignorando el impacto, con la daga en posición de defensa y su respiración perfectamente controlada.

«A la izquierda», le advirtió Sura.

El cazador herido en los tendones intentaba levantarse usando su fuerza licántropa para compensar la lesión, pero Sura tomó el control parcial de las extremidades de Vanya por un segundo. Con una patada ascendente reforzada por la potencia de su loba, Vanya le partió el cuello al guerrero con un crujido seco.

Quedaban dos. El líder y un rastreador más joven que ahora la observaba con una profunda cautela. La supuesta "presa fácil" acababa de ejecutar a dos guerreros entrenados en menos de un minuto, sin perder la compostura ni un solo instante.

—¿Quién... quién demonios eres tú? —gruñó el líder, reajustando el agarre de su hacha y adoptando una postura defensiva. Sus instintos le advertían que la mujer frente a él poseía un rango militar idéntico o superior al suyo.

Vanya enderezó la postura. A pesar de la nieve que cubría su cabello y la sangre ajena que manchaba su rostro, su porte seguía siendo el de una soberana en el campo de batalla. Sus ojos azules brillaron con una autoridad aplastante.

—Soy el peor error que habéis cometido —dijo ella, y su voz cortó el viento con más fuerza que el hielo.

Antes de que los guerreros pudieran reorganizarse para un segundo asalto, un sonido sordo y pesado retumbó en la entrada del desfiladero. Un aullido profundo, tan masivo que hizo vibrar las paredes de piedra y congeló el movimiento de los cazadores, resonó a través de la tormenta.

No era el aullido de un lobo común. Era el llamado de un depredador Alfa puro, pero con una frecuencia oscura, salvaje y ancestral. El rugido de una bestia legendaria que reclamaba su territorio.

El rastreador más joven detuvo su avance de inmediato, bajando el arma y adoptando una postura de sumisión militar.

—No... ellos no —susurró el líder, cuya expresión de seguridad se desvaneció por completo—. Los Colmillos Negros... están aquí.

De la densa bruma blanca de la tormenta, comenzaron a materializarse siluetas. Eran enormes. Lobos del tamaño de caballos de guerra, de pelajes oscuros como el carbón y ojos de un color dorado incandescente que cortaban la niebla. No se movían como salvajes desorganizados; avanzaban en una formación táctica perfecta, cerrando cada salida del desfiladero con una disciplina impecable. Una unidad militar de élite nacida de los mitos del norte.

La manada que Colmillo de Plata usaba para asustar a sus soldados. Los monstruos del norte.

Del centro de la formación, el lobo más grande de todos —una bestia colosal con cicatrices de guerra que cruzaban todo su lomo negro— avanzó a paso lento. Su mera presencia aplastaba el aire, obligando a los dos cazadores sobrevivientes a hincar una rodilla en el suelo en señal de absoluto respeto ante el Alfa supremo de esas tierras.

El enorme lobo negro detuvo su marcha a pocos metros de Vanya. Sus ojos dorados, inteligentes y cargados de una violencia contenida, se clavaron en ella. Inspeccionó los cuerpos de los guerreros caídos a sus pies y luego volvió a mirar a la mujer que permanecía en pie, con la daga ensangrentada en la mano y la barbilla en alto, negándose a mostrar un solo rastro de temor.

«Vanya...», murmuró Sura dentro de su mente, con un tono que mezclaba la alerta máxima con una profunda e inesperada fascinación animal. «Él es Kael... el gran lobo negro del norte. Siento su poder... es el Alfa de Alfas de estas tierras».

El colosal lobo negro comenzó a cambiar. Sus huesos crujieron y sus músculos se reorganizaron en una transición fluida, perfecta y majestuosa que demostraba un control absoluto sobre su bestia. En segundos, un hombre alto, de hombros anchos, cabello oscuro salpicado de nieve y facciones talladas en piedra se alzó frente a ella. Vestía una armadura de cuero pesado y pieles oscuras. Su mirada dorada seguía fija en Vanya, evaluándola con la precisión de un estratega que reconoce a otra líder.

El hombre miró la daga militar de Colmillo de Plata en la mano de Vanya, y luego detalló el sello de la Casa Auren que aún decoraba el broche desgastado de su capa. Una sonrisa lenta y afilada, que mostraba unos colmillos pronunciados, apareció en su rostro.

—Una Luna desterrada que sabe cómo usar los dientes —su voz era un barítono profundo que pareció hacer eco en el pecho de Vanya—. Qué interesante.

Vanya no bajó el arma. Sostuvo la mirada del soberano del norte con una audacia inquebrantable.

—¿Quién eres? —demandó ella, manteniendo la voz firme.

El Alfa dio un paso al frente, ignorando por completo a los cazadores que permanecían arrodillados en la nieve. El viento agitó su capa oscura mientras respondía, revelando una fuerza que rivalizaba con la de cualquier imperio del sur.

—Soy Alek, Alfa de la Manada de los Colmillos Negros —declaró, y sus ojos brillaron con una luz peligrosa—. Y tú estás en mis dominios, Vanya de la Casa Auren.

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