Mundo ficciónIniciar sesiónEl Salón del Mapa era una estancia de piedra ruda, iluminada por el resplandor violento de grandes braseros que proyectaban sombras alargadas sobre los muros. El aire estaba cargado con el olor a cuero húmedo, hierro y la intensa mezcla de feromonas de los guerreros más letales del norte.
Uno a uno, los líderes de las divisiones de los Colmillos Negros habían entrado, ocupando sus lugares alrededor de la gran mesa de piedra. Estaba Thorin, un licántropo anciano cubierto de cicatrices que lideraba la infantería pesada; y Kaelen, el jefe de los rastreadores, un macho de movimientos felinos y ojos perspicaces. Branka ya estaba allí, de pie en el extremo opuesto, con los brazos cruzados y una expresión que prometía desatar una tormenta al menor descuido.
Vanya permanecía al lado de Alek. Había limpiado la sangre de su rostro, pero la rigidez de su uniforme del sur y el broche de la Casa Auren seguían intactos. No pretendía disfrazarse de norteña; quería que supieran exactamente quién los iba a guiar hacia la victoria.
—Ya estamos todos, Alfa —anunció Thorin, su voz sonando como piedras arrastradas por un río—. ¿Por qué hemos convocado un consejo de emergencia en medio de la peor ventisca del ciclo? Y más importante... ¿qué hace la ex-Luna de nuestros enemigos presidiendo la mesa?
Un murmullo de aprobación recorrió a los presentes. Las miradas de sospecha se clavaron en Vanya.
Alek dio un paso al frente, apoyando sus enormes manos sobre el borde de la mesa. La luz dorada de sus ojos destelló con una advertencia silenciosa que aplacó los murmullos de inmediato.
—Vanya de la Casa Auren ya no pertenece al sur —declaró Alek, y su barítono profundo acalló el crujido de las brasas—. Ha sellado un pacto de sangre conmigo. A partir de este momento, es nuestra Comandante Estratega. Sus ojos ven las debilidades que nosotros hemos ignorado, y su mente nos dará el sur. Escuchadla.
Branka soltó un bufido cínico, dando un paso hacia el mapa.
—Con todo respeto, Alfa, un pacto de sangre no borra siete años de historia. Esta mujer lideró las defensas que detuvieron nuestro avance en el Valle de las Lágrimas hace tres inviernos. Mis guerreros recuerdan sus tácticas. ¿Cómo sabemos que esto no es una elaborada treta de Gideon para infiltrar a su mayor mente militar en el corazón de la Fortaleza de Hielo?
Vanya no dejó que Alek respondiera. Se inclinó sobre la mesa de piedra, apoyando las yemas de sus dedos sobre los relieves tallados, y clavó sus ojos azules directamente en la comandante.
—Si Gideon tuviera la capacidad cerebral para diseñar una estrategia de esa magnitud, Branka, yo no estaría hoy aquí —dijo Vanya, con una calma gélida que cortó la tensión—. Gideon es un Alfa que lidera con los músculos, no con la cabeza. Su arrogancia lo ciega. Cree que porque soy mujer, mi valor terminó cuando se rompió nuestro lazo. Cree que sin mi apellido o mi rango, soy una muerta de hambre en el páramo. No tiene idea de que su peor enemigo no es el invierno del norte... soy yo.
«Bien dicho», rugió Sura en su mente, paseándose con orgullo. «Enséñales quién manda en el tablero».
Vanya golpeó con fuerza una de las piezas de madera que representaba las cavernas heladas del este, atrayendo la atención de todos los comandantes, incluido el escéptico Thorin.
—Vamos a atacar donde duele, y vamos a hacerlo ahora, mientras celebran mi destierro —continuó Vanya, barriendo el mapa con la mirada—. Branka tiene razón en algo: la Manada del Sur se está movilizando para ocupar las tierras de mi familia. Gideon cree que tiene el control, pero ha dejado desprotegido el Paso de la Serpiente.
Kaelen, el jefe de los rastreadores, frunció el ceño, acercándose al mapa.
—El Paso de la Serpiente está bloqueado por glaciares subterráneos, estratega. Es imposible cruzarlo con una división sin que el hielo colapse y nos sepulte a todos. Es un suicidio táctico.
—Lo es para quienes no conocen los secretos de la Casa Auren —replicó Vanya con una sonrisa afilada—. Mi padre construyó túneles de ventilación reforzados con vigas de hierro enano debajo de esos glaciares hace dos décadas. Las entradas están ocultas bajo alta magia rúnica que solo la sangre de mi linaje puede activar. El hielo exterior es solo una fachada. Podremos cruzar con trescientas unidades ligeras en menos de cuarenta y ocho horas.
Los comandantes se miraron entre sí, asombrados. La información era oro puro. Ninguno de los mapas del norte poseía ese nivel de detalle sobre las defensas del sur.
—¿Y cuál es el objetivo final de infiltrar esa fuerza? —preguntó Thorin, la sospecha en su voz dando paso a una genuina curiosidad militar.
—Cortar el suministro de la Fortaleza de Colmillo de Plata —explicó Vanya, moviendo tres fichas oscuras alrededor del castillo de Gideon—. El setenta por ciento del grano y las provisiones de Gideon provienen de los silos del este, los mismos que ahora están desprotegidos. Si tomamos los silos y saboteamos los pozos de agua internos mediante las rutas subterráneas, Colmillo de Plata quedará sitiada desde dentro. El hambre y la paranoia harán el trabajo por nosotros. En dos semanas, Gideon se verá obligado a sacar a su ejército a campo abierto para buscar suministros... y allí es donde la caballería pesada de los Colmillos Negros los masacrará.
El silencio que siguió a la explicación fue absoluto. Branka miraba el mapa, buscando desesperadamente un fallo en la estrategia, un cabo suelto, pero la lógica de Vanya era perfecta, implacable y destructiva. Era un jaque mate planificado antes de que el enemigo siquiera moviera su primera pieza.
Alek miró a sus comandantes, una sonrisa de orgullo depredador extendiéndose por su rostro.
—¿Alguien tiene alguna objeción a la estrategia de nuestra comandante? —preguntó el Alfa, con voz retumbante.
Ninguno de los líderes se movió. Thorin golpeó su puño contra el pecho, seguido de Kaelen. Finalmente, tras un instante de duda que pareció eterno, Branka imitó el gesto, apretando los dientes.
—Que así sea —sentenció Alek—. Kaelen, prepara a los rastreadores. Thorin, selecciona a los trescientos mejores guerreros ligeros para el paso subterráneo. Vanya... tú liderarás la vanguardia junto a mí.
—No esperaba menos —respondió ella, enderezando la postura.
«Kael está ansioso por correr a tu lado en la batalla», murmuró Sura, transmitiendo una vibración cálida e intensa que recorrió la espina dorsal de Vanya. «El lobo negro reconoce nuestro fuego».
«Concéntrate, Sura», pensó Vanya, aunque sus ojos se encontraron por un segundo con la intensa mirada dorada de Alek. «La verdadera diversión está por comenzar».
Vanya miró una última vez la figura que representaba el palacio de Gideon en el mapa. El tablero estaba dispuesto. Las piezas del norte se movían bajo su mando, y muy pronto, el Alfa que la había traicionado aprendería el verdadero costo de subestimar a la Luna que él mismo había desterrado.







