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El aire en la gran residencia del Alfa siempre había olido a pino, a tierra mojada y al aroma dominante de Gideon. Para Vanya, aquel olor había sido sinónimo de hogar y refugio durante siete largos años. Había sacrificado el nombre de su propia estirpe, sus títulos y las ricas tierras del norte para consolidar el imperio de la manada Colmillo de Plata.
Ella no era una loba común.
Vanya era una Alfa de nacimiento, descendiente directa de una de las familias más antiguas, poderosas e influyentes del mundo de los lobos. Su sola presencia exigía respeto, y su belleza era una leyenda en todos los territorios. Una belleza letal, limpia de artificios.
Jamás había necesitado maquillaje.
Su piel perfecta, sus facciones afiladas como navajas y sus imponentes ojos de un azul tan profundo como el océano ártico la hacían parecer una diosa de la guerra caminando entre mortales.
Había sido la Luna perfecta.
La estratega brillante.
La guerrera indomable.
La mujer que permanecía al lado de Gideon cuando las guerras amenazaban con destruirlo todo.
Y la compañera que curaba sus heridas después de cada batalla.
Un esposo que, físicamente, parecía su contraparte perfecta.
Gideon era un Alfa atractivo, poderoso y admirado. Poseía un cuerpo moldeado por años de combate, una mandíbula firme y unos ojos color avellana que alguna vez habían ardido de deseo cada vez que la observaban.
Juntos eran la imagen del poder.
La pareja que todos admiraban.
Los gobernantes que habían convertido a Colmillo de Plata en una de las manadas más fuertes del continente.
Habían construido un imperio.
O al menos eso creía ella.
Hasta aquella noche.
Vanya regresó de las fronteras un día antes de lo previsto. Una tormenta invernal había obligado a suspender parte de la inspección militar, así que decidió volver a casa sin avisar.
Desde el momento en que cruzó las puertas principales de la residencia, algo le pareció extraño.
El silencio.
No era un silencio normal.
Era un silencio preparado.
Artificial.
Los corredores estaban vacíos.
No había guardias.
No había sirvientes.
Ni siquiera los centinelas que normalmente vigilaban los accesos privados del Alfa.
Aquello era un error táctico imperdonable.
O una orden directa.
«Algo no está bien.» La voz de Sura resonó dentro de su mente.
La enorme loba plateada caminaba inquieta por el espacio mental que compartían.
«Lo sé.» respondió Vanya mentalmente.
«No.» Sura mostró los colmillos. «No lo sabes. Hay algo aquí.»
Vanya frunció el ceño.
Los instintos de Sura rara vez se equivocaban.
Continuó avanzando por el corredor principal mientras la sensación de inquietud aumentaba con cada paso.
Entonces lo percibió un olor.
Al principio fue apenas un rastro.
Después se volvió imposible de ignorar.
No era únicamente el aroma familiar de Gideon.
Había algo más, algo dulce, intenso, provocador.
El olor de otra loba.
El corazón de Vanya se contrajo.
«Déjame salir.» rugió Sura.
«Mantén el control.» respondió Vanya.
«Hay una hembra en nuestra cama.»
«Todavía no sabemos nada.»
«Yo sí.» gruñó la loba. «Y no me gusta la respuesta.»
Vanya ignoró el impulso asesino de su compañera.
Necesitaba pruebas.
Necesitaba ver.
Subió los últimos escalones y se detuvo frente a las enormes puertas de roble de los aposentos privados.
El aroma escapaba claramente por las rendijas.
Ya no quedaba espacio para las dudas ni para las excusas.
Algo dentro de ella comenzó a romperse.
Pero mantuvo el rostro impasible.
Los Alfas no se derrumbaban.
Los Alfas resistían.
Apoyó una mano sobre la madera, respiró profundamente y empujó.
El pestillo de bronce saltó con violencia.
La puerta se abrió de golpe.
La escena que apareció ante sus ojos fue un impacto demoledor.
Durante un instante el tiempo pareció detenerse.
El aire abandonó sus pulmones.
Su corazón olvidó cómo latir.
Y el mundo que había construido durante siete años comenzó a derrumbarse.
Gideon estaba en la cama.
Su cama.
La cama que compartían desde el día en que habían unido sus vidas bajo la bendición de la Diosa Luna.
Y sobre él, enredada entre las sábanas de seda oscura, estaba Tamara.
La hija del anciano Eldric.
Una Beta.
Una mujer que durante meses había fingido respeto mientras compartía reuniones, celebraciones y comidas junto a ella.
«Voy a matarla.» rugió Sura.
«No.» respondió Vanya.
«¿No?» dijo Sura
«Todavía no.» respondió Vanya.
«¿Qué más necesitas ver?» Pregunto Sura.
Por primera vez, Vanya no tuvo una respuesta.
Porque frente a ella estaba la prueba de una traición que apenas comenzaba.
Y aún no sabía que aquella noche no solo perdería a su esposo.
También estaba a punto de perder su hogar, su posición, sus tierras y todo aquello por lo que había luchado durante siete años.







