Mundo ficciónIniciar sesiónValerius "El Verdugo" es el Alfa de la Manada de Hierro, un hombre cuya arrogancia solo es superada por su poder. Para consolidar su linaje, organiza la "Subasta de las Lunas", donde busca a la loba genéticamente más perfecta. Pero la envidia de su hermano, Caspian, lo cambia todo. Caspian droga a Valerius y sustituye a la elegida por Sia, una joven de talla baja que ha vivido marginada y que aceptó el trato por la desesperación de salvar a su madre enferma.
Leer másEl mármol del salón principal devolvía un brillo que lastimaba los ojos, la superficie estaba tan pulida que parecía un espejo diseñado para amplificar la vanidad de quienes lo pisaban. Valerius caminó por el centro de la estancia con la barbilla en alto, sus botas de cuero pesado marcaron un ritmo monótono, un eco de autoridad que rebotaba en las paredes de piedra tallada. Cada paso suyo era una orden silenciosa de sumisión. Vestía una casaca de terciopelo azul noche con botones de plata que se tensaba contra sus hombros anchos, una prenda que dictaba su rango sin necesidad de palabras. Su sola presencia era capaz de agotar el oxígeno del lugar. Él sabía que era el centro del universo de todos los presentes y esa certeza alimentaba en él una arrogancia que le supuraba por los poros. Se detuvo frente a la hilera de mujeres que aspiraban a ocupar el trono a su lado, sus ojos recorrieron las figuras con el mismo interés con el que un carnicero evalúa el ganado.
—Mírenme —ordenó Valerius. Su voz rugió con una potencia que hizo que varias candidatas bajaran los hombros, fue un movimiento involuntario de miedo que él detectó de inmediato. Él recorrió la fila con ojos lentos, esa mirada evaluadora dispuesta a destruir a cualquiera con solo una mínima expresión. Diez mujeres de los linajes más puros del norte esperaban su veredicto. Todas ellas vestían sedas blancas y joyas de familia que valían fortunas, pero para Valerius solo eran mercancía defectuosa que no lograba despertar su interés. —¿Esto es lo mejor que las manadas aliadas enviaron? —preguntó Valerius al Gran Anciano, quien permanecía transpirando por los nervios de manera evidente—. Huelen a ambición barata y a perfume de flores muertas. Ninguna de estas hembras tiene el fuego necesario para parir a mi heredero. Solo veo cáscaras vacías envueltas en tela fina. —Alfa, por favor —suplicó el Anciano, retorciendo sus dedos—. Sara, de la Manada del Norte, posee una pureza de sangre que ha sido preservada por siglos. Sus rasgos son la perfección misma de nuestra especie. Sus ancestros fueron... —No me hable de sus ancestros —le interrumpió Valerius con una mueca de asco—. Los muertos no me sirven para engendrar vida. Hábleme de su esencia, si es que tiene alguna debajo de esa capa de maquillaje. Me aburre su perfección de manual. Es una copia de una copia de una copia. Valerius se acercó a Sara. La mujer mantuvo una sonrisa ensayada que no llegó a sus ojos claros, una expresión mecánica que él consideró patética. Valerius se inclinó sobre su cuello y aspiró. La fragancia de la loba era una mezcla de jazmín y talco, algo demasiado estudiado, demasiado limpio. —Jazmin y talco —susurró Valerius cerca de su oído, no como un cumplido, sino como un insulto—. ¿En serio usas jazmín y talco para ocultar que tu sangre es tan rala como el agua? Eres un adorno de estante, Sara. Y yo no colecciono porcelana. Quedas rechazada. Es más, tú y todas las demás, quedan rechazadas. Esta subasta terminó. Largo de mi palacio. —¡Alfa, no puede deshacer los tratados de esta forma! —gritó el padre de una de las jóvenes, un hombre que veía sus sueños de poder desvanecerse. —Puedo hacer lo que me dé la gana porque este suelo es mío —replicó Valerius. Se giró para salir del salón, harto de la servidumbre de los ancianos y del olor a incienso que le causaba una migraña punzante—. Caspian, encárgate de que estas decepciones se larguen. Me duele la cabeza de oler tanta mediocridad acumulada en un solo cuarto. Caspian, el hermano menor de Valerius, asintió con una sonrisa que no auguraba nada bueno: detrás de su gesto se ocultaba una malevolencia que Valerius, en su soberbia, siempre pasaba por alto. Mientras el caos se desataba en el salón de honor, Sia entró al palacio por la puerta de servicio, ajena a la tormenta política que acababa de estallar. Ella no vestía sedas, sino un vestido de algodón gris que le quedaba un poco corto y ajustado, una prenda gastada por el uso constante y el jabón áspero. Su estatura era notablemente más baja que la de cualquier loba promedio, una diferencia que la hacía sentir como un insecto caminando entre gigantes de piedra. No tenía marcas de manada en la piel; era una paria, una loba sin lazo alguno que sobrevivía en los suburbios de la capital, donde el aire sabía a humo y a desesperanza. —Traigo el tónico para el primer ministro —le dijo Sia al guardia de la entrada. Su voz tembló, y sus ojos permanecieron fijos en el suelo—. Es urgente. Mi madre lo preparó con las últimas hierbas de la cosecha. Por favor, solo quiero entregar esto y retirarme. —Pasa rápido, rata —contestó el guardia con una carcajada—. No toques nada o te cortaré los dedos. Sia apretó la pequeña caja de madera contra su pecho, sintiendo las vetas de la madera bajo sus dedos sudorosos. Sus pensamientos volaron hacia el hospital de caridad donde su madre descansaba. El tratamiento era costoso, una suma que ella nunca vería junta en su vida, y el pago por esta medicina era su última oportunidad para mantener funcionando los pulmones de la mujer que le dio la vida. Sia caminó por los pasillos laterales, pero el diseño caprichoso del palacio la confundió. Un error de dirección la llevó a una galería abierta que daba directamente al salón principal. Se detuvo detrás de una columna de granito, con el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. Vio a Valerius. El hombre era una montaña de prepotencia, una fuerza de la naturaleza que parecía disfrutar del dolor ajeno. Vio cómo trataba a las candidatas, cómo las descartaba con un simple movimiento de mano. Sintió una mezcla de asco y miedo. Ese hombre decidía el destino de todos con un capricho alimentado por su propio ego. En el salón, Valerius se alejó de las mujeres con un gesto final de repugnancia. Caspian se movió hacia las sombras de la galería, justo donde Sia intentaba retroceder para no ser vista. Ella dio media vuelta para correr, buscando la seguridad de los pasillos de servicio, pero su frente chocó contra el comienzo del abdomen duro de Caspian. El hombre la sujetó por los hombros como si de un insecto se tratara y con una fuerza que le arrancó un gemido de sorpresa y dolor. —Vaya, vaya —murmuró Caspian, mientras sus ojos recorrieron el cuerpo de Sia con una curiosidad retorcida—. ¿Qué hace una paria tan pequeña en los pasillos reales? Hueles a medicina y a pobreza, pero tienes una mirada que no coincide con tu ropa. Hay algo... salvaje en ti. —Suélteme, por favor —suplicó Sia. La fortaleza que solía mostrar en las calles de la ciudad desapareció ante el contacto del lobo—. Solo soy una mensajera. Mi madre está en el hospital y necesito el pago por esta medicina. Solo quiero irme de aquí. Caspian le arrebató la caja de madera de las manos con un movimiento brusco. La dejó caer sobre la piedra fría y la aplastó con el tacón de su bota. El frasco de cristal se rompió dentro de la caja y el líquido oscuro manchó la piedra, desprendiendo un olor a hierbas amargas. Sia soltó un grito de agonía emocional, cayendo de rodillas frente a los restos de su única esperanza. —Tu medicina ya no vale nada, pequeña paria —dijo Caspian con una voz que era puro veneno—. Pero tu presencia aquí sí. Mi hermano acaba de rechazar a diez lunas perfectas porque dice que no tienen fuego. Llegaste en el momento justo. Creo que tú tienes suficiente desesperación como para quemar a un Alfa. Continúa...Los hilos de humo negro ascendieron desde las rendijas del suelo y treparon por las columnas del salón del trono. Afuera, el ejército de no-muertos se desplegó por completo en los patios coloniales del palacio. La Manada de Hierro intentó organizarse en medio de la penumbra para el asedio final, pero la impasibilidad que Valerius demostró al pie de la tarima chocó de inmediato contra la impulsividad de su hijo adolescente. Leo entró al salón a pasos rápidos, con el sable de su abuelo desenvainado y las placas de la armadura real mal ajustadas sobre su pecho recién ensanchado. Tenía manchas de lodo y hollín en el rostro. —Las defensas del portón no van a aguantar —le soltó Leo a su padre, con un tono de voz que subió de volumen por la prisa—. Los soldados tienen miedo, padre. Ven que los monstruos se levantan después de recibir los hachazos y tiran los escudos. Si no sales ahora a mostrarles que el ex Alfa sigue con vida, van a abandonar el muro en cinco minutos. Déjame llevar la reser
El gran salón del trono se extendía como una caverna de granito gris, estaba iluminado apenas por los destellos rojizos que la tormenta proyectaba a través de los ventanales altos. Las alfombras coloniales y los estandartes con el emblema de la Manada de Hierro colgaban de las paredes como trapos olvidados. Sia entró al recinto pisando los pedazos de yeso que seguían cayendo del techo, manteniendo la vista fija en la túnica de terciopelo de Valerius, que se movía con una regularidad exasperante hacia el asiento de piedra real. El ex Alfa se detuvo junto a la tarima del trono, pero no se sentó. Apoyó la mano izquierda sobre los relieves del reposabrazos, mientras con la derecha sostenía el sable corto que reflejaba la penumbra del lugar. —No deberías estar aquí, Sia —le dijo Valerius, sin girar la cabeza. Su voz plana rebotó en las columnas de piedra—. El aire en este salón se está volviendo espeso. El flujo de energía que emite tu vientre está llamando a las cosas que caminan en el p
El eco de la voz del Rey de las Sombras se disipó en las paredes de la habitación, pero dejó un rastro de ceniza negra que cayó sobre las alfombras. La figura de humo se retiró del ventanal y se mezcló con la neblina que cubría los patios. La oscuridad afuera cobró una densidad absoluta; el cielo perdió cualquier rastro de nubes y se transformó en un manto liso que sepultó al palacio de la Manada de Hierro en una penumbra total. El viento dejó de silbar y dio paso a un silencio pesado que solo interrumpían los ruidos distantes de las armaduras en los pasillos inferiores.Valerius bajó el sable corto de manera lenta. Sus manos ya no tenían el temblor de la fiebre ni el calor de la batalla. Su rostro no mostraba expresión alguna lo que a Sia le causó una molestia profunda en el pecho. El ex Alfa se dio la vuelta, acomodó la tela desgarrada de su túnica de terciopelo y caminó hacia la puerta de la habitación sin dirigirle una sola mirada a la joven Regente. Su paso fue firme, plano, desp
Valerius observó a su hijo modificado por la energía del Cristal con la misma impasibilidad con la que había dictado la sentencia de muerte de Caspian. Sus ojos oscuros recorrieron la nueva estatura del adolescente, los hombros anchos que apenas cabían en la túnica rota de lino y la firmeza de sus piernas sobre las losas de granito. No hubo orgullo en su rostro, ni la sorpresa que a cualquier padre le habría quebrado el pecho al ver la infancia de su primogénito robada en un pestañeo. Solo había una aceptación fría, casi matemática.—Tu lugar está en la línea de defensa, no cazando fantasmas en el bosque —le respondió Valerius, y su voz profunda sonó como el eco de un pozo vacío—. El Cristal te dio la fuerza física, Leo, pero no la experiencia de los fosos de combate. No vas a arriesgar el linaje de la Manada de Hierro en una salida impulsiva. Te quedarás en el patio de armas y coordinarás a los oficiales que queden vivos después de la limpieza.Leo dio un paso hacia adelante. El pare
Último capítulo