Mundo ficciónIniciar sesiónLas palabras del Alfa del norte quedaron suspendidas en el aire helado, compitiendo con el aullido de la ventisca. Vanya no vaciló. A pesar de tener frente a ella a la leyenda que hacía temblar las fronteras del sur, mantuvo la daga plateada en alto, con el cuerpo tenso y listo para reaccionar a cualquier movimiento en falso.
Alek la observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Sus ojos dorados, cargados con el peso de una autoridad indiscutible, se desviaron por un instante hacia los dos cazadores del Páramo Gris que permanecían de rodillas sobre la nieve, tiritando no por el frío, sino por el terror que inspiraba su presencia.
—Largaos —ordenó Alek. Su voz no fue un grito, sino un gruñido bajo y vibrante—. Si vuelvo a encontraros asaltando a los desterrados en los límites de mi territorio, vuestras cabezas adornarán las picas de mi campamento.
El líder de los cazadores y su rastreador no necesitaron escuchar el aviso dos veces. Se levantaron con movimientos rápidos, recogieron las armas de sus compañeros caídos sin atreverse a mirar a Vanya y desaparecieron entre la densa bruma blanca de la tormenta en cuestión de segundos.
Vanya volvió a clavar su mirada azul en el colosal guerrero, sin relajar un solo músculo.
—Has dispersado a mis presas —dijo ella, con una calma gélida—. Todavía no había terminado con ellos.
Alek soltó una carcajada corta y áspera, un sonido rudo que rompió la tensión del desfiladero. Los enormes lobos negros que lo rodeaban se mantuvieron en perfecta formación, observando a Vanya con una mezcla de curiosidad y respeto animal. Habían visto a cientos de exiliados cruzar esa línea; la mayoría caía de rodillas suplicando clemencia. Esta mujer sangraba, estaba sola y los desafiaba.
—Habrías terminado con ellos, no tengo dudas de eso, Vanya de la Casa Auren —respondió Alek, dando un paso al frente de manera pausada—. Pero el frío del páramo habría terminado contigo unas horas después. Nadie sobrevive a una tormenta de nivel cuatro en el desfiladero sin un refugio. Ni siquiera una estratega militar tan renombrada como tú.
Vanya arqueó una ceja, asimilando la información. Que el Alfa de los Colmillos Negros conociera su nombre y su reputación significaba que el norte no estaba tan aislado del sur como Gideon y el Consejo querían creer. Sus redes de espionaje eran eficientes.
—¿Me has estado rastreando? —preguntó.
—Mis patrullas vigilan cada roca de este territorio. Cuando la ex-Luna de Colmillo de Plata cruza la frontera a pie, sin escolta y tras un juicio que olió a traición hasta en mis tierras, es mi deber como Alfa saber qué clase de peligro camina por mis dominios.
«Vanya...», la voz de Sura resonó en su mente, más calmada pero alerta. «Su lobo, Kael, nos está observando desde el plano espiritual. No hay hostilidad en él... hay reconocimiento. Sabe lo que le hicimos a Gideon».
«Mantente atenta, Sura», respondió Vanya de inmediato. «Los Alfas soberanos nunca hacen nada por cortesía. Todo es un tablero para ellos».
Vanya bajó lentamente la daga, pero no la guardó en su cinturón. La mantuvo paralela a su pierna, lista para un contraataque.
—Ya has visto lo que querías. ¿Vas a matarme, a aprisionarme, o a dejar que la tormenta haga tu trabajo? —desafió ella, sosteniendo la imponente mirada dorada del hombre.
Alek sonrió sutilmente, revelando la punta de sus colmillos. Admiraba la falta de miedo en sus ojos. Se cruzó de brazos, dejando que el viento meciera sus pieles oscuras.
—Si quisiera matarte, ya serías comida para mis lobos. Si quisiera dejarte morir, no habría bajado personalmente a este desfiladero —Alek hizo una pausa, y su mirada se volvió extraordinariamente afilada—. Sé lo que pasó en la corte de Gideon. Sé que falsificaron tu sello y entregaron las tierras de la Casa Auren a la Manada del Sur para cerrar un tratado cobarde. Y sé... que tú misma rompiste el lazo de apareamiento y lo hiciste arrodillarse antes de marcharte.
Vanya apretó los dientes, sintiendo un leve eco del vacío en su pecho, pero su rostro no mostró debilidad.
—Gideon es un ladrón. Y Colmillo de Plata pagará por lo que ha hecho —sentenció ella.
—Precisamente por eso estoy aquí —dijo Alek, dando otro paso hacia adelante, reduciendo la distancia entre ambos hasta quedar a menos de un metro. Su calor corporal era inmenso, un contraste brutal con el aire congelado—. Colmillo de Plata ha sido una espina en el costado del norte durante generaciones. Con las tierras de la Casa Auren en manos de la Manada del Sur, las rutas comerciales de los Colmillos Negros están amenazadas. Gideon es un idiota arrogante, pero tú... tú construiste su ejército. Tú conoces cada pasadizo de su fortaleza, cada punto débil de sus defensas y las debilidades de sus comandantes.
Vanya comprendió la jugada al instante. La estratega en su interior encajó las piezas del tablero con una velocidad asombrosa. Alek no buscaba una prisionera; buscaba un mapa, una mente militar capaz de desmantelar el imperio que ella misma había ayudado a alzar.
—Quieres mi mente —concluyó Vanya, con una sonrisa fría.
—Quiero tus planes de guerra, Vanya. Y tú quieres un ejército para recuperar lo que te fue arrebatado y arrancar la cabeza de los traidores —Alek extendió una mano grande, curtida por las batallas y cubierta por un guante de cuero pesado—. Te propongo un pacto de sangre. Refugio, comida y el mando de una de mis divisiones de asalto en el norte. A cambio, me darás la estrategia para aplastar a Colmillo de Plata cuando llegue el momento.
Vanya miró la mano extendida del Alfa. Era una alianza peligrosa; los Colmillos Negros eran temidos por una razón, y su cultura era mucho más salvaje y despiadada que la del sur. Pero en su situación actual, sin recursos, despojada de sus títulos y con una promesa de sangre que cumplir con su loba, no tenía otra opción si quería sobrevivir y reclamar su herencia.
«Acepta, Vanya», gruñó Sura, con una vibración de pura expectación salvaje. «Kael y Sura quieren ver arder el trono de Gideon. Vamos a darles la guerra que se merecen».
Vanya envainó finalmente la daga plateada en su cinturón. Estrechó la mano de Alek con un agarre firme, desprovisto de cualquier atisbo de duda. Al contacto, una chispa de energía elemental pareció recorrer la piel de ambos, un reconocimiento místico entre dos líderes de pura sangre.
—Tenemos un pacto, Alek —declaró Vanya, con los ojos azules brillando con una luz letal—. Pero que quede claro algo: Gideon me pertenece. Su vida es mía.
Alek amplió su sonrisa, una expresión de pura satisfacción depredadora.
—No esperaba menos de ti, ex-Luna. Bienvenidos al norte.
El Alfa de los Colmillos Negros se dio la vuelta y emitió un silbido corto. Al instante, los enormes lobos de la formación abrieron paso. Alek comenzó a caminar de regreso hacia la densa tormenta, y Vanya, ajustándose la capa ensangrentada sobre los hombros, avanzó a su lado, internándose de lleno en el territorio de los monstruos del norte. Su caída había terminado; su ascenso acababa de comenzar.







