Mundo ficciónIniciar sesiónEl ascenso hacia los dominios de los Colmillos Negros fue una prueba de resistencia que habría quebrado a cualquier licántropo común. A medida que se internaban en las tierras altas del norte, las llanuras congeladas daban paso a una cordillera de picos afilados y desfiladeros cubiertos por glaciares milenarios. El aire aquí arriba era tan escaso y frío que cada bocanada se sentía como inhalar agujas de hielo.
Vanya caminaba al flanco de Alek, manteniendo un ritmo constante que se ganaba las miradas de reojo de los guerreros de la escolta. No había pedido descanso, no había flaqueado, y la rigidez de su postura dejaba claro que, aunque fuera una desterrada, caminaba por derecho propio y no como una prisionera.
«Su manada es fuerte, Vanya», observó Sura, vigilando a los enormes lobos negros que flanqueaban el sendero. «No huelen a la autocomplacencia de Colmillo de Plata. Cada uno de estos guerreros está listo para matar o morir en cualquier segundo».
«Es el norte, Sura», respondió Vanya mentalmente, analizando las posiciones de los centinelas camuflados entre las rocas de las alturas. «Aquí, el que se relaja se congela o es devorado. Es el ambiente perfecto para forjar un ejército sin fisuras».
Tras varias horas de marcha forzada, la tormenta comenzó a amainar, revelando la imponente estructura que dominaba el valle oculto entre las montañas.
La Fortaleza de Hielo se alzaba ante ellos como una extensión natural de la propia montaña. Sus muros exteriores estaban construidos con bloques colosales de piedra oscura sellados con capas de hielo perenne, haciéndolos prácticamente indestructibles frente a los arietes o la artillería convencional. No tenía la arquitectura adornada ni los lujos estéticos del palacio de Gideon; este lugar era una máquina de guerra hecha fortaleza. Fosos naturales de grietas profundas, torres de vigilancia con balistas pesadas y una sola entrada accesible a través de un puente levadizo de madera reforzada con hierro.
La estratega en Vanya memorizó cada ángulo, cada ángulo muerto y cada ventaja defensiva. Su mente militar no podía evitarlo: era perfecta.
Al cruzar las enormes puertas de hierro, el bullicio de la manada los recibió. Cientos de lobos de físicos imponentes se movían por el patio de armas. Había herreros forjando armas de metal oscuro, guerreros entrenando con hachas pesadas sobre la nieve y rastreadores revisando mapas de piel curtida. Al notar la entrada de su Alfa, todos detuvieron sus labores de inmediato, hincando una rodilla o golpeando sus puños contra el pecho en un saludo militar perfecto.
Sin embargo, el silencio se extendió cuando las miradas se posaron en Vanya. El broche dorado de la Casa Auren en su capa y sus ropas del sur eran un contraste evidente. Los murmullos comenzaron a correr entre las filas.
—¡Alfa! —una voz fuerte y femenina cortó el aire.
Una mujer de cabello rapado a los lados, cicatrices de garras en los brazos y una mirada tan afilada como un puñal se adelantó, deteniéndose frente a Alek. Llevaba la insignia de comandante de los Colmillos Negros. Su mirada recorrió a Vanya con un desprecio inmediato.
—Branka —saludó Alek, deteniendo su marcha—. Reporte de las fronteras.
—Los espías confirman que la Manada del Sur está movilizando tropas hacia los límites de la Casa Auren, tal como sospechábamos —informó la comandante, antes de clavar sus ojos en Vanya—. Pero lo que me preocupa ahora es qué hace esta cosa del sur en nuestro hogar. ¿Hemos empezado a recoger la basura que Gideon desecha?
La tensión en el patio se elevó a niveles críticos. Vanya dio un paso al frente de inmediato, quedando cara a cara con Branka. No necesitó invocar el poder de una Luna; su sola postura militar y la frialdad de sus ojos azules hicieron que la comandante tensara la mandíbula.
—Si tus espías fueran tan buenos como tu boca, sabrías que no fui desechada, Branka —siseó Vanya, con una voz que resonó en el patio como un golpe de espada—. Yo misma rompí el lazo y dejé al Alfa de Colmillo de Plata de rodillas en su propio trono. Y si vuelves a llamarme basura, te demostraré por qué fui yo quien planeó cada victoria militar que tu manada tanto temía.
Branka soltó un gruñido, sus ojos brillaron con el dorado de su loba y amagó con llevar la mano al hacha de su cinturón.
«Déjame arrancarle los ojos», gruñó Sura, ansiosa por una pelea que validara su posición en el norte.
«Espera», contuvo Vanya. «Si la ataco ahora, parecerá una rabieta. Hay que ganarse el respeto con territorio y estrategia, no solo con sangre».
Antes de que las armas se desenvainaran, Alek dio un paso entre ambas. Su aura de Alfa supremo se expandió de golpe, un peso invisible tan sofocante que tanto Branka como los guerreros de alrededor bajaron la cabeza instintivamente. Incluso Vanya sintió la presión, pero obligó a sus hombros a no ceder.
—Suficiente —sentenció Alek, mirando fijamente a su comandante—. Vanya está aquí bajo mi protección y mediante un pacto de sangre. A partir de hoy, tiene el rango de Comandante Estratega del Norte. Su palabra en el mapa de guerra tiene el mismo peso que la mía. ¿He sido claro, Branka?
La comandante apretó los puños, tragándose la furia. Miró a Vanya una última vez con pura promesa de violencia antes de golpear su pecho.
—Sí, Alfa.
—Lleva a los heridos a la enfermería y convoca a los líderes de división en el salón del mapa en una hora —ordenó Alek, dando por terminada la disputa.
El Alfa se giró hacia Vanya, indicándole con un gesto que lo siguiera hacia la torre central de la fortaleza. Caminaron a través de pasillos de piedra iluminados por antorchas, donde el frío exterior disminuía gracias a enormes hogueras que ardían en los rincones.
Finalmente, llegaron a los aposentos del consejo. En el centro de la habitación, una mesa gigantesca de piedra contenía un mapa tridimensional tallado a mano de todo el continente. Estaban representadas las montañas del norte, el Páramo Gris y, con un detalle minucioso, los valles fértiles y las fortalezas de Colmillo de Plata y la Casa Auren.
Alek se apoyó contra el borde de la mesa, fijando sus ojos dorados en ella.
—Bien, estratega —dijo el Alfa, con una sonrisa desafiante—. El pacto está sellado. Mi manada cuestionará tu presencia hasta que les des una victoria, y Branka buscará cualquier excusa para ver si cometes un error. Muéstrame que tu mente vale el riesgo de tenerte aquí. ¿Por dónde empezamos a destruir a Gideon?
Vanya se acercó a la mesa. Sus dedos enguantados se posaron sobre la figura tallada que representaba el palacio donde había vivido los últimos siete años. El vacío en su pecho se llenó por completo de una adrenalina táctica.
—Gideon es un Alfa poderoso en lo físico, pero predecible en lo militar —comenzó Vanya, y una sonrisa fría y calculadora transformó su rostro—. Cree que el invierno congelará las rutas del norte y que estará seguro detrás de los muros de Colmillo de Plata mientras absorbe las tierras de mi familia. No espera un ataque hasta la primavera.
Vanya desplazó su dedo desde la fortaleza de Gideon hacia un desfiladero oculto en las montañas del este, un paso que la mayoría consideraba intransitable durante las tormentas.
—Aquí —señaló ella, mirando a Alek con una intensidad letal—. Hay un paso subterráneo utilizado por los antiguos mineros de la Casa Auren. Si movemos una división ligera de tus Colmillos Negros a través de las cavernas de hielo, podemos flanquear sus líneas de suministro antes de que la Manada del Sur termine de consolidar sus tropas. Les cortaremos el alimento, los aislaremos en su propia casa y obligaremos a Gideon a salir a campo abierto... donde tus lobos los destrozarán.
Alek observó el punto señalado en el mapa y luego miró a Vanya. La luz de las antorchas reflejaba el brillo dorado en sus ojos, pero esta vez no era solo instinto depredador; era pura admiración ante la mente maquiavélica de la mujer que el sur había cometido el error de desterrar.
«Kael está complacido», murmuró Sura, con un ronroneo vibrante en la mente de Vanya. «Ese Alfa sabe que contigo tiene la llave para gobernar el continente».
Alek se enderezó, golpeando la mesa con el puño.
—Prepara los mapas detallados y las rutas de las cavernas, Vanya. En una hora se lo presentaremos a los comandantes. Si tu plan funciona, el sur recordará por qué nunca debieron despertar a los monstruos del norte.







