Mundo ficciónIniciar sesiónJacob jamás imaginó que una noche marcaría el inicio de su condena. Lo que presenció dos años atrás —una mujer devorando a su amigo como una criatura de pesadilla— lo dejó traumado… y solo. Nadie le creyó. Nadie, excepto ella. Ahora, en medio de una ciudad helada, se reencuentra con Valery, una mujer misteriosa, hermosa y envolvente. Lo que él no sabe es que ella es Alexandria, la misma criatura que lo persigue en sueños... y en silencio. Ella debía devorarlo. Pero encontró algo más: un amor puro, como el que creyó perdido para siempre. Y con él, una antigua esperanza: la posibilidad de dar vida. Pero en el mundo de los vampiros, amar a un humano es traición. Y el precio por romper las reglas… siempre se paga con sangre.
Leer más“Tennessee Whiskey” en la versión rasgada de Chris Stapleton llenaba la sala. La guitarra lenta y el órgano suave palpitaban en los altavoces, envolviendo el ambiente con una calidez casi etílica, como si cada nota destilara bourbon añejo.
Mason se dejó caer en el sofá, los ojos entornados, mientras la voz grave acariciaba el aire y los violines de fondo ascendían, tensos, hasta rozar el techo.
Entonces apareció la figura que hacía que todo aquel blues cobrara sentido, Alexandria, emergiendo de la penumbra con el ritmo lánguido de la canción susurrándole al deseo.
Se despojó del abrigo de lana, y la prenda resbaló por sus hombros.
Su vestido negro mínimo, abrazaba un cuerpo de líneas imposibles; la piel blanquísima, casi luminosa parecía cincelada en mármol nocturno.
Cabello rubio ceniza cayendo como velo de tinta, ojos azul hielo que hipnotizaban, labios de un carmesí que prometía el fin del mundo.
Ella se sentó a horcajadas sobre él, deslizándole las manos por la clavícula, por un instante, Mason sintió que su cuerpo entero era un altar y Alexandria, la diosa oscura que venía a reclamarlo.
Mason cerró los ojos, embriagado por el momento.
No vio cómo la pupila de ella se ensanchaba hasta devorar el iris ni el instante en que un fulgor plateado, apenas contenido, centelleó en la comisura de unos colmillos ávidos.
Al otro lado en la habitación Kyra empujó a Jacob sobre la cama de invitados.
Su aliento olía a ginebra y mentol.
Kyra lo empujó contra la cama y, sin darle respiro, empezó a besarle el cuello.
—Mmm… ¿ves? Sabía que lo querías —susurró ella, arañándole el torso allí donde la camisa se abría.
Jacob endureció la mandíbula. Su cuerpo reaccionó, pero su mente no.
—Kyra… espera un segundo —dijo Jacob, inclinando ligeramente el rostro, con la respiración entrecortada, no de deseo, sino de una incomodidad que le arañaba la nuca.
Ella se detuvo apenas un segundo, no por obediencia, sino por curiosidad, sus labios iban rozando su piel todavía húmeda por el sudor del bar.
—¿Para qué esperar? —sus dedos bajaron directos a su cinturón—. No viniste aquí a hablar, ¿cierto?
El sonido de la hebilla sacudiéndose le golpeó el pecho.
Jacob la tomó de las muñecas, firme.
—Para. En serio —su voz tembló apenas, como si la culpa le empujara desde dentro. La piel de Kyra, tan caliente y cercana, solo le recordaba lo fría que se había vuelto su relación con Miranda.
Kyra lo miró, incrédula.
—¿Qué te pasa? —le rozó el pecho con el cuerpo, presionándolo aún más—. Estabas muy dispuesto hace un momento.
Él tragó saliva.
La voz de Miranda repicó en su cabeza como un martillo.
¿De veras vas a probar que no soy la única infiel en nuestra relación?
Jacob apartó la mirada, tenso.
—Esto… no se siente bien —admitió—. Es demasiado rápido.
Kyra entrecerró los ojos.
—Oh, por favor, no seas aburrido ahora —dijo Kyra, rodando los ojos mientras se apartaba apenas un paso, sus manos aún descansaban en su cintura como si esperara que él regresara por voluntad propia.
—Necesito aire —dijo él, retrocediendo—. Solo eso. —Su voz salió baja, tensa; una mano se llevó al pecho como si necesitara despegar de allí el peso de la culpa.
Ella chasqueó la lengua y cruzó los brazos, clavándole una mirada afilada.
—Claro. Vete. Haz lo que quieras —añadió, girando el rostro con un gesto teatral, aunque la molestia le tensaba los labios.
Pero Jacob ya se escabullía hacia la puerta, con el pulso inquieto y un mal presentimiento creciendo en el fondo del estómago.
Jacob avanzó sin encender luces; la penumbra le ofrecía un anonimato frágil.
Al fondo, la nevera lucía un brillo metálico, un faro tenue en mitad de la oscuridad.
Pero su codo golpeó un jarrón de cristal tallado, en el intento de atraparlo se rompió y un pedazo le mordió la palma izquierda, y de inmediato la sangre brotó en un hilo caliente.
—Demonios… —murmuró, apretando la herida.
Desde el sofá llegó un suspiro húmedo, seguido de un chasquido viscoso que heló el aire.
Cuando Jacob alzó la vista y distinguió, en el penacho azabache de la penumbra, una silueta arrodillada sobre Mason.
La falda negra subía como sombra líquida; el cuello del hombre pendía ladeado, abierto por una hendidura que chispeaba rojo oscuro.
La mujer alzó el rostro y el mundo se fracturó para Jacob.
Labios manchados de carmín y sangre fresca; venas azuladas surcando las sienes; ojos donde el azul se oscurecía, devorado por un abismo negro.
Entre los labios emergían colmillos largos como agujas de marfil.
—¿Alexandria? —exhaló, sin saber si ese era realmente el nombre de aquella cosa.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal, haciéndole temblar las rodillas.
Quiso dar un paso atrás, pero sus piernas no respondieron, una parálisis helada lo aferraba al suelo, como si la mirada de aquella criatura hubiera arrancado su voluntad desde las raíces.
Ella no contestó.
Aspiró, y su pecho se arqueó con el aroma de la sangre que manaba de la mano herida de Jacob.
El resonar de su pulso retumbaba en las paredes, un tambor ancestral que desataba algo primitivo en ella.
Alexandria solo sonrió.
Plata, pensó sin mover un músculo. Antes me habría quemado hasta el hueso.Un cosquilleo incómodo recorrió sus dedos, nada más.Dolor manejable y controlable.La sangre de Jacob… La idea la atravesó con una mezcla de gratitud y alarma. Me ha alimentado demasiado bien.—Solo hago lo necesario —respondió, y el tono fue humilde, mientras obligaba a su pulso a no delatarla. Sus ojos se quedaron un segundo en las manos de Edgar, en cómo servía.Edgar rió con suavidad.—Eso es lo que dicen los que en realidad controlan todo.Jacob soltó una risa nerviosa, y por un momento pareció una escena normal.Valery probó el primer bocado.El sabor la golpeó como un puñetazo.Ajo.Mucho ajo.La lengua le ardió; el fuego le bajó por la garganta y se encontró con la herida reciente como si alguien le echara sal a una quemadura abierta. La presión en el pecho fue inmediata, un dolor agudo, íntimo.Sus dedos se tensaron bajo la mesa, y sus uñas se clavaron en su palma.Edgar la observó.Jacob no notó nada
La luz del hospital no era blanca, era cruel.Valery yacía en la camilla con la mano vendada, el antebrazo inmovilizado y la piel más pálida de lo normal, como si la noche todavía le mordiera las venas.Sus ojos, sin embargo, permanecían serenos, demasiado serenos para alguien que se había disparado con plata.Respiraba despacio, con una disciplina que rozaba lo inhumano.Jacob estaba sentado a su lado, encorvado, ojeroso, con las manos entrelazadas hasta ponérsele los nudillos blancos.No sabía dónde poner la mirada, si en la venda, en el gotero, en el suelo limpio… o en la boca de Valery.El monitor marcaba un ritmo constante.Beep. Beep. Beep.Como un latido prestado.—Fue… raro —dijo el médico al revisar la venda, frunciendo el ceño mientras ajustaba la cinta con dedos firmes—, pero afortunado.Jacob levantó la cabeza, con un salto incómodo en el estómago.—¿Raro cómo? —preguntó, y su voz le salió demasiado ronca, como si llevara horas tragándose arena.El médico señaló la herida
Lo dijo sin pestañear, y por dentro se odió por usar el amor como argumento. Porque era cierto y, al mismo tiempo, era una trampa.Jacob frunció el ceño, confundido.—Eso… Eso no prueba nada —susurró, y su voz tembló entre miedo y deseo. Como si una parte de él quisiera creerla con desesperación.Valery lo observó un segundo, y entonces tomó una decisión.No con calma.Con desesperación fría.—Ven —dijo, girando hacia la cocina.Jacob dudó, pero la siguió.La casa parecía más oscura en el trayecto; el aire se enfriaba a medida que se alejaban del cuarto.La cocina los recibió con un blanco helado.Valery abrió un cajón y sacó un bulbo de ajo.El papel crujió bajo sus dedos.Jacob frunció el ceño.—¿Qué estás haciendo…? —preguntó, y el estómago se le revolvió antes de tiempo.Valery lo miró a los ojos, sosteniendo el ajo como si fuera un arma distinta.—¿Quieres pruebas? —su voz fue un filo.Jacob sintió un escalofrío.—Valery…Ella peló un diente, lento. El olor se levantó inmediato,
El silencio no era silencio, era un zumbido espeso que se pegaba a las paredes, a la piel, a los pulmones.Valery lo observó, quieta con el cuerpo muy recto. Su rostro parecía de mármol bajo la luz tenue, pero sus ojos demasiado atentos no lo eran.Sus dedos se quedaron a mitad de un movimiento que quería ser consuelo. Está temblando. No por frío, sino por lo que hizo… Por lo que vioY, aun así, otra voz dentro de ella susurraba: Y por ti.—Jacob… Cálmate —murmuró, con voz baja, como si hablar fuerte pudiera despertar algo peor—. Estás en shock.Extendió la mano, apenas, y la detuvo en el aire.Quería tocarlo. Pero el instinto, más viejo que cualquier ternura, le recordó la frontera, no cuando él tiembla así; no cuando el miedo lo vuelve un animal salvaje también.—¿Cómo sabías lo de las balas de plata? —Jacob clavó la mirada en ella, duro; la palabra “sabías” cayó como sentencia y su pulso le golpeó en la garganta—. ¿Cómo?Valery sostuvo la mirada sin parpadear.Si le digo todo, lo
Y por primera vez… Jacob contraatacó.Con una maniobra desesperada, logró meter la mano entre sus cuerpos forcejeando, y sacó el arma que Valery le había insistido en llevar.Con dificultad, la colocó apuntando hacia arriba, directamente al estómago del atacante, presionando el cañón contra la carne fría del sujeto.El monstruo bajó la mirada hacia el arma, y por un instante sus ojos brillaron con un humor oscuro, luego soltó una risa baja, burlona, como si la idea de ser amenazado por un humano con un arma fuera un mal chiste.—¿En serio crees que eso va a detenerme? —susurró con voz cargada de desprecio, enseñando sus colmillos en una sonrisa cruel—. Esto no es una película.Jacob no respondió.Solo disparó.El estruendo retumbó entre las paredes del callejón como un trueno liberado.La bala de plata penetró el cuerpo del sujeto como una chispa divina en una tormenta maldita, el chillido que siguió no fue humano, fue un alarido de ultratumba, como si la criatura gritara con siglos de
Metros más adelante subió al primer taxi que vio y le pidió al conductor que la llevara a casa.En todo el camino, los pensamientos la devoraban.Tal vez no debí aceptar este compromiso... Tal vez fui demasiado rápida, demasiado humana... Sus manos temblaban sin poder controlarlo, o tal vez eran sus propios dedos, tan fríos como su corazón en ese instante. Los humanos... Siempre traicionan. Siempre vuelven al pasado. Una parte de ella gritaba que estaba exagerando, que no había visto nada definitivo, pero otra, más oscura y antigua, susurraba que ya había vivido suficientes siglos como para saber lo que significaban esas miradas.Y esa parte era cruel, porque conocía el dolor de ver a un amor desvanecerse entre las manos sin poder hacer nada.Valery tenía el rostro desencajado, sintiéndose más perdida que nunca.¿Qué estoy haciendo? Esto no soy yo. Estoy dejando que el miedo gobierne mis decisiones, que la inseguridad destruya algo que apenas empieza. El pensamiento la golpeó con fuerz
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