Plata, pensó sin mover un músculo. Antes me habría quemado hasta el hueso.
Un cosquilleo incómodo recorrió sus dedos, nada más.
Dolor manejable y controlable.
La sangre de Jacob… La idea la atravesó con una mezcla de gratitud y alarma. Me ha alimentado demasiado bien.
—Solo hago lo necesario —respondió, y el tono fue humilde, mientras obligaba a su pulso a no delatarla. Sus ojos se quedaron un segundo en las manos de Edgar, en cómo servía.
Edgar rió con suavidad.
—Eso es lo que dicen los que en