Sutiles amenazas

Plata, pensó sin mover un músculo. Antes me habría quemado hasta el hueso.

Un cosquilleo incómodo recorrió sus dedos, nada más.

Dolor manejable y controlable.

La sangre de Jacob… La idea la atravesó con una mezcla de gratitud y alarma. Me ha alimentado demasiado bien.

—Solo hago lo necesario —respondió, y el tono fue humilde, mientras obligaba a su pulso a no delatarla. Sus ojos se quedaron un segundo en las manos de Edgar, en cómo servía.

Edgar rió con suavidad.

—Eso es lo que dicen los que en realidad controlan todo.

Jacob soltó una risa nerviosa, y por un momento pareció una escena normal.

Valery probó el primer bocado.

El sabor la golpeó como un puñetazo.

Ajo.

Mucho ajo.

La lengua le ardió; el fuego le bajó por la garganta y se encontró con la herida reciente como si alguien le echara sal a una quemadura abierta. La presión en el pecho fue inmediata, un dolor agudo, íntimo.

Sus dedos se tensaron bajo la mesa, y sus uñas se clavaron en su palma.

Edgar la observó.

Jacob no notó nada
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