La luz del hospital no era blanca, era cruel.
Valery yacía en la camilla con la mano vendada, el antebrazo inmovilizado y la piel más pálida de lo normal, como si la noche todavía le mordiera las venas.
Sus ojos, sin embargo, permanecían serenos, demasiado serenos para alguien que se había disparado con plata.
Respiraba despacio, con una disciplina que rozaba lo inhumano.
Jacob estaba sentado a su lado, encorvado, ojeroso, con las manos entrelazadas hasta ponérsele los nudillos blancos.
No sabí