La tregua y el colmillo

La luz del hospital no era blanca, era cruel.

Valery yacía en la camilla con la mano vendada, el antebrazo inmovilizado y la piel más pálida de lo normal, como si la noche todavía le mordiera las venas.

Sus ojos, sin embargo, permanecían serenos, demasiado serenos para alguien que se había disparado con plata.

Respiraba despacio, con una disciplina que rozaba lo inhumano.

Jacob estaba sentado a su lado, encorvado, ojeroso, con las manos entrelazadas hasta ponérsele los nudillos blancos.

No sabía dónde poner la mirada, si en la venda, en el gotero, en el suelo limpio… o en la boca de Valery.

El monitor marcaba un ritmo constante.

Beep. Beep. Beep.

Como un latido prestado.

—Fue… raro —dijo el médico al revisar la venda, frunciendo el ceño mientras ajustaba la cinta con dedos firmes—, pero afortunado.

Jacob levantó la cabeza, con un salto incómodo en el estómago.

—¿Raro cómo? —preguntó, y su voz le salió demasiado ronca, como si llevara horas tragándose arena.

El médico señaló la herida
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