Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa rabia me invade.
Mi pecho arde, me nubla la vista, me obliga a respirar más rápido, más fuerte. Todo mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Intento lanzarme contra él. No lo pienso. No mido consecuencias. Solo quiero alcanzarlo, golpearlo, arrancarle esa maldita calma de la cara. Pero me sujetan antes de lograrlo. Manos firmes, entrenadas, me atrapan por los brazos. Dedos duros que se clavan en mi piel, inmovilizándome como si no fuera más que una muñeca de trapo. Forcejeo, pero es inútil. Son más fuertes. Siempre lo son en este lugar. —Tu prometido envió un espía a mis filas —dice Víctor, con esa voz baja que no necesita elevarse para imponer autoridad—. Y le demostraré por qué soy el mejor líder de la mafia. Su tono no es de enojo. Es peor. Es de certeza, de seguridad. —Matenlo. Dice y el sonido del seguro del arma salta, corta el aire como una sentencia. Corro hacia él. No sé cómo me suelto. Tal vez me descuidaron un segundo. Tal vez la desesperación me dio una fuerza que no sabía que tenía. Solo sé que mis piernas reaccionan y mi cuerpo se lanza hacia adelante. —¡Déjelo ir, por favor! —le suplico, la voz quebrándose antes de que pueda controlarla—. Tiene familia… una esposa… hijos. Las palabras salen atropelladas, torpes, pero sinceras. Porque en ese instante no importa que hacia, No importa de qué lado esté. Es una vida. Y eso debería ser suficiente. Víctor suspira. Como si lo aburriera. —Suplica por su vida. Ni siquiera lo pienso. Caigo de rodillas frente a él. El impacto contra el suelo es seco, pero no lo siento. Solo siento la humillación extendiéndose por mi pecho, clavándose en mi orgullo. Aun así, bajo la cabeza. Porque ninguna vida debería compararse con el orgullo. Porque si tengo que arrastrarme para salvar a alguien quien está en estas circunstancias por mi.… lo haré. Pero Víctor se enfurece. Lo veo en el cambio casi imperceptible de su expresión. En cómo su mandíbula se tensa, en cómo sus ojos se endurecen volviendolos más oscuros. Con una mirada sus hombres me levanta bruscamente del brazo. El dolor es inmediato, punzante. Me obliga a ponerme de pie sin suavidad, sin cuidado. —Nadie puede conmigo —dice sujetándome del mentón, obligándome a mirarlo—. Entiéndelo. Está demasiado cerca. Puedo sentir su aliento, ver los pequeños detalles de su piel, la frialdad absoluta en sus ojos. No hay duda, no hay titubeo. Él cree cada palabra. Y eso es lo más peligroso. En ese momento, uno de sus hombres se acerca. Es el que parece ser su mano derecha. Siempre está a su lado, siempre en silencio, observando más de lo que habla. —Señor, el fiscal general accedió a una videollamada con usted. Solo quiere ver a su hija. Ya aseguramos de que no puedan rastrear la señal. Es seguro. Un leve cambio en el ambiente y siento un alivio cuando el guardia guarda su arma nuevamente. —El papi está desobedeciendo las reglas por su hija —dice una voz conocida. Lorena aparece. Y como siempre, lo hace como si el mundo fuera un escenario y ella la protagonista. Está vez lleva un vestido rojo de cuero que se ajusta a su cuerpo como una segunda piel. Cada paso suyo es calculado, cada movimiento diseñado para llamar la atención. Su cabello cae perfectamente sobre sus hombros, sus labios pintados con precisión. Es provocadora. Y lo sabe. Víctor hace un gesto. —A la camioneta. No hay discusión. No hay preguntas, miro por última vez al policía que liberan, siento un alivio. Camino rápido hacia la salida, pero ellos toman la delantera. Me detengo un rato al salir, el aire cambia. Es más frío, más abierto, pero no más seguro. Nunca es más seguro. Pero cuando veo la camioneta abierta… me detengo. Víctor ya está sentado dentro. Lorena también. La escena es casi absurda. Él relajado, dominante incluso en reposo. Ella inclinada ligeramente hacia él, invadiendo su espacio como marcando territorio. —No subiré con ellos. Le digo sin pensar al guardia que siempre anda con Víctor a dónde el vaya. La mirada de Víctor es suficiente para que me metan a las malas. No dice nada. No necesita hacerlo. Me acomodó a su lado guardando la distancia. El interior de la camioneta huele a cuero, a tabaco, a algo más oscuro que no logro identificar. Me siento rígida, alerta. El queda sentado enmedio. Durante todo el trayecto no deja de acariciar la pierna de Víctor. Sus dedos se mueven despacio, deliberadamente, como si cada roce fuera un mensaje. Él no la detiene. Tampoco la alienta abiertamente. Solo… lo permite. Intento ignorarlos. Fijo la mirada en la ventana. En las luces que pasan rápidas, en las sombras que se alargan y desaparecen. Me concentro en respirar, en no pensar. Pero ella empieza a susurrarle al oído. —Hoy quiero estar sola contigo —dice con voz seductora—. No te compartiré con nadie… quiero todo para mí. Aprieto los dientes. Siento cómo la rabia regresa, lenta pero constante. —He sido una buena chica —continúa—. Y lo sabes. Su tono es dulce, pero hay algo calculado en él. Algo que me irrita profundamente. Luego se inclina más hacia él. —Estoy muy caliente… tócame. Eso es demasiado. —Ya dile que sí —digo con fastidio, girando finalmente hacia ellos—. Ya me tiene harta con su voz chillona. No sé qué es peor, lo que dice o cómo lo dice. Los dos me miran. Lorena, furiosa. Sus ojos se encienden, su expresión se deforma en una mezcla de odio y sorpresa. Víctor… Medio sonriendo mientras enciende un puro. Como si todo esto fuera entretenimiento. Como si yo fuera parte del espectáculo. Tomo una botella de agua que está en el asiento. La destapo. Y sin pensarlo dos veces… se la vacío en la cara a Lorena. El silencio dura apenas un segundo. Luego ella grita. Un grito agudo, lleno de rabia, mientras intenta lanzarse sobre mí. —¡Lorena! La voz de Víctor la detiene en seco mientras el mira dónde el agua le salpicó en el traje. —No te rebajes a sus niñerías. Lorena tiembla de rabia. El agua gotea por su cabello, arruina su maquillaje, empapa su vestido. Su respiración es agitada, contenida a la fuerza. —Te escuché decir que estabas caliente —le digo con tranquilidad, cruzándome de brazos—. Solo intenté ayudarte echándote agua. Sus ojos podrían matarme. Pero no se mueve. Porque él lo dijo. Soy la primera en bajar cuando la camioneta se detiene. Necesito aire. Espacio. Distancia. Pero al levantar la mirada… me quedo completamente sorprendida. El mundo parece detenerse por un instante. El nombre del lugar. Mi padre ha intentado encontrarlo durante años. Un sitio del que solo se habla en rumores. En susurros. En advertencias. Un lugar donde, dicen, las reglas dejan de existir. Donde el poder se muestra sin máscaras. Donde ocurre lo peor del mundo de la mafia. Y ahora… Estoy frente a él.






